Creado en: noviembre 28, 2021 a las 01:24 pm.

Muengo, un duende cienfueguero

Cienfuegos, en cuyos alrededores surgió el mito del duende travieso./Foto tomada de Internet

El viejo guajiro, todo lo enojado que se puede estar, vaga por el potrero.

–¡Pasarme esto a mí! ¡A mí, que en mis ochenta años he cuidao a los animales más que a mí mismo! Y ahora Batallón, mi mejor buey, no aparece ni en los centros espirituales –refunfuña, y agrega:

–Con lo bueno que es ese buey. Hay que ver cómo obedece cuando yo le grito: “¡Condenao, coge el surco, Batallón!”.

Pero ahora el noble animal no aparece. Y él está seguro de haberlo dejado amarrado junto a la cerca de piedra, allí donde la yerba verdeaba. Y continúa rezongando:

–Yo sé lo que va a pasar. Le van a echar la culpa a mi celebro. Que si ya no soy el mismo de antes. Que si tengo algo fastidiao adentro del coco, porque mis venas están como bejucos de monte. Yo, que tengo el celebro como el de un niño recentino, y lo demás es habladuría de gente sin oficio ni beneficio, que no saben ni de la misa la media. Que digan lo que quieran, pero esto de Batallón extraviao… ¡es cosa de Muengo!

Presentemos al personaje

Ese Muengo —o Muenco, como también lo llaman— es presencia de larga historia en la comarca cienfueguera.

Dígase que el tal Muengo no es —como nosotros— un ente de carne y hueso. No. Él es un duende campestre, que se esconde en las cercas de piedra y en las ruinas de los antiguos ingenios azucareros.

Como sus homólogos europeos, gusta de jugar bromas a los mortales y le place esconder los animales que se encuentran pastando. Otra de sus bromas preferidas consiste en agregarle agua a la leche.

El folklore cienfueguero lo representa con dos ojos tan unidos que vienen a caer dentro de una misma órbita, y los cubre un párpado común. Sus grotescos dedos están unidos por una membrana, como la de los patos.

Tiene una sola oreja, pues la otra la perdió en alguna pelea de la cual no se guarda memoria. Por algo, en el habla popular cubana, se llama muengo o muenco a la persona o el animal carente de una oreja.

También le falta una pierna, y tal amputación tiene su historia. Se cuenta que fue sorprendido mientras llevaba a cabo su treta de adulterar la leche. Conducido al cepo, mientras se preparaba su ejecución, él mismo se cercenó una pierna para quedar libre y huir dando saltos.

Claro, los íntegros, honradísimos lecheros de la comarca explicaban cualquier anomalía en su producto como resultado de las travesuras de Muengo. Lo cual provocó que los vecinos de Cienfuegos, en una época, obligasen a los lecheros a trasladarse hasta la ciudad para que las vacas fueran ordeñadas en presencia de los compradores, por aquello de que vista hace fe y que lo mejor del mundo es ser incrédulo como Santo Tomás.

¿Origen del personaje?

Pero… ¿de dónde sale este duende que en la comarca cienfueguera anda causando desconciertos y estragos?

Se conocen dos versiones en cuanto a su procedencia.

Según algunos, Muengo ya le dio dolores de cabeza a los indocubanos pobladores de aquel paraje, que llamaban Jagua.

Muengo se refugiaba en lagunatos, rocas y arrecifes y, cuando alguien lo molestaba, podía librarse de su hostigador lanzándole una enorme cascada de agua que brotaba de sus ojos, nariz y boca.

Se dice que robaba a los indios la nutritiva yuca.

Otra variante hace llegar a Muengo de donde mismo vinieron a Cuba desde las gallinas y el limonero hasta las primeras mujeres no aborígenes: las Canarias, o Islas Afortunadas –como las nombraban los antiguos.

Dicen que Muengo vino en calidad de regalo, traído por una bruja isleña para obsequiárselo… claro está que a un lechero.

Despedida, con una sospecha

Comadres y compadres: ¿recuerdan ustedes el principio de esta croniquilla, donde les presenté al viejo guajiro que angustiado buscaba a su buey, Batallón?

Según él, Muengo se lo había escondido.

Pero yo sospecho que mejor sería que, en lugar de al duende, se remitiese a su vecino, delincuencial matarife muy amigo de lo ajeno.

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