Creado en: febrero 26, 2022 a las 09:42 am.

Rancaño y sus maravillas

Ernesto Rancaño. Imagen tomada del Facebook del artista.

Por Fidel Díaz

Iba y regresaba con el cubo, como un loco, ignorándome aunque de cuando en cuando me echara un vistazo paternal de “no te impacientes” por encima de sus lentes de Yepeto. Tomaba su brocha gorda, la mojaba bien y luego lanzaba sobre el lienzo zarpazos y zarpazos desparramando un agua que variaba su tonalidad en cada viaje. Se alejaba, miraba como chorreaba aquello y se perdía a mezclar colores.

— No puedo estar con ella ni sin ella.

Fue lo único que dijo como a la séptima ronda, lo cual profundizaba mi inquietud: ¿cómo sacar una mujer de aquel embarrotillo? Era evidente una angustia en ese ir y venir de fiera enjaulada pero en el óleo no había otra cosa que no fueran capas y más capas de tinte como si un mortal cualquiera decidiera darle a su cuarto incontables manos de pinturas diferentes.

De no tratarse de él hubiera sospechado una broma-performance, pero tratándose, se hacía evidente mi ignorancia del tema en cuestión y me quedaba una sola alternativa: descifrarle un sentido. En ello me iba la existencia.

— Quiero hacer un danzón.

Soltó, quizás a la veintena de vueltas y con un pícaro esbozo de sonrisa, como para apuntar que me tenía presente o, más: que seguía el curso de mis reflexiones.

Ya a esas alturas yo había tramado algo parecido a una teoría: anda cazando una textura. Esto del danzón tenía un sabor entre elegante y melancólico: ese bailar en un ladrillito de mis abuelos (él con su batahola dril cien y su pelo engomado; ella de collares y abanico). En mi adolescencia trataba de ocultarlo — mis amigos habrían dicho que era un cheo — , pero siempre me ha parecido que el erotismo más sublime es un danzón: lento y cadencioso: una mano que se alza rozando la palma de la mano de la pareja (donde un mínimo encogimiento de los dedos es una caricia colosal) y la otra donde termina la cintura al borde de su cadera; una presión imperceptible y ya me abraza su aliento; sólo falta que sus ojos se empinen apenas cinco grados para el total delirio.

Pero el Ranca no empuña pincel alguno: sigue a brocha gorda, por lo que no habrá sutilidad por el momento.

— Una vieja pared descascarada, para asomarme a una ventana y verla saludando amorosa para siempre.

Ahora no me miraba. Me lo decía con timidez, como algo que tenía que soltarme más para no estallar que para hacerme entender.

Cuando caía la tarde estaba sentado en la escalerita de la puerta estudiando penetrante, casi satisfecho, lo que yo no sentía en aquella extraña dispersión de tonalidades. Empezaba a aliviarse: no a curarse; pero aliviarse su amor era bastante. ¡Qué milagrosa es la creación! Uno tiene algo adentro y se desboca por objetivarlo como si en ese rito se expulsara un drama que va tornando en bálsamo una espina. Hacer que los demás disfruten de un dolor muy personal, remonta al creador por encima de sí mismo: qué importa lo que sufra si he sacado de ello, como el mago de su sombrero, la belleza. Pero eso ocurrirá esta madrugada cuando logre asomarse un bufón cascabelero a la risa de una luna caprichosa que no sabe alumbrar la poesía. Ahora es, todavía, un ser abatido por lo inexpugnable de una pared que acaba de inventar. Y una muchacha se abanica, altanera, esperando que él llegue con cierta timidez, haga una reverencia y le diga dulcemente:

— Permiso; ¿me permite una pieza?

Ella asiente con la cabeza y extiende su mano, van al centro del salón y rompen las primeras pinceladas de Rancaño y sus maravillas. Entonces, de un pestañear a los suspiros, el torbellino se desata y, de ahí, va a la deriva danzante por el mar: caen las ropas del alma, promesa a promesa, y, a lo lejos, la voz de Silvio susurra desgarrada quédate, para poder vivir sin llanto. Pero ella no hará la voz segunda y es por eso que caigo de esa canción a las tres y tanto de la madrugada. Tengo la guitarra (¿o es una mandolina?) entre las manos buscando mi danzón o el final del suyo, pero no sale música alguna y me impaciento. Necesito el contacto del sereno. Me asomo a la ventana y respiro profundo: me da el aroma de luna y, en efecto, aparece ella al centro de la calle, vestida de reina — tiene que ser de reina porque llevo el sombrero de picos con cascabeles en sus puntas. A esta hora no puede haber nadie más en este lienzo. Nos miramos y quedamos congelados: estoy al borde de la existencia definitiva; lo último que llego a sentir es el cosquilleo en la nuca por los pelos del pincel — acaso un retoque — y como lejano, tras la descascarada pared, el suspiro del pintor tembloroso: fatigado pero pleno, y un crujir a mis pies que supongo la firma. Se ha cumplido, para todas las vidas su profecía:

— No estarás conmigo ni sin mí.

Te vi pasar

Al Ranca

Te vi pasar ajena a la embriaguez

de aquellas tempestades minuciosas:

yo me asomaba al vino de tu rosa

y tú me saludabas sin llover.

Te vi pasar sin otro amanecer

no entiendes los helechos que hay en mí

ya sé que no hay remedio a este vagar:

no puedo estar contigo ni sin ti.

Me tengo que escapar pero no sé

hacia donde llevar lo que no fui

lanzo huellas de mar a la pared

buscando la textura que sentí

No te puedo raptar pero tal vez

desde el pincel encuentre una ventana

donde un trinar me absuelva la mañana

y tú pierdas por fin la inmediatez

Te vi pasar como algo que no fue

como si no dejaras nada atrás

pero nadie está libre de su ayer:

somos lo que hemos sido en los demás

Te vi pasar y no vas a volver

pero el tiempo me sabe a cada cual

por eso ahora te acabo de inventar

dejando tu poema en otra piel.

Tomado de El Caimán Barbudo: https://medium.com/el-caim%C3%A1n-barbudo/ranca%C3%B1o-y-sus-maravillas-c30d96edfe4f

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