Afrodita, luz de la danza

Afrodita, luz de la danza

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  • Afrodita, ¡Oh Espejo! en el Gran Teatro de La Habana el pasado fin de semana. Fotos: Miguel Moret
    Afrodita, ¡Oh Espejo! en el Gran Teatro de La Habana el pasado fin de semana. Fotos: Miguel Moret

Mucho se habla de la danza como manifestación capaz de despertar emociones sin igual, dominar los sentidos y dejar en las pupilas ese hálito esperanzador que nos hace soñar despiertos. La compañía de Danza Contemporánea Rosario Cárdenas con su estreno Afrodita, ¡Oh Espejo!, el pasado fin de semana, en el Gran Teatro de La Habana hizo fe al propósito anterior.

El espectador viaja, siente en una especie de presagio el relato puesto ante sus pupilas. Las historias forman parte de una intención mayor: revelar los lazos que unen vidas y pueblos, más allá de las distancias. El palpitar milenario de la vida, el deseo y la religiosidad surgen como elementos imperantes en la obra. La divinidad toma cuerpo de mujer.

Afrodita, diosa de Chipre, junto a las deidades cubanas Ochún y Yemayá se unen en el proscenio con una fuerza auténtica y lúdica, conquistan amores, traen desengaños, furias y suspensos. En su condición de féminas inundan el escenario de erotismo y placeres consumados con la virtud de los mortales.

Varios sucesos se entretejen con fino trazo: Adonis conquista a Afrodita; Apolo en una furia pasional lo deja sin vida; Dionisos (hijo de Zeus, quien representa la viña y el vino) con embriaguez total crea, en un místico ambiente, una gesta de placeres, donde los involucrados se dejan arrastrar por el éxtasis de los cuerpos.

En un mordaz acto de pasión, Changó y Oggún pelean por Ochún, quien prefiere la independencia como destino. Hechos que ofrecen pruebas de la universalidad de lo real maravilloso.

En la obra, los protagonistas forman parte del cuerpo de baile y viceversa; despliegan una savia de energías como solo la danza sabe hacerlo y dejan la imperiosa necesidad de profundizar en la historia de dos islas con mucho más en común de lo que aparentan.

La banda sonora ––como se anunció anteriormente––  estuvo a cargo del maestro Frank Fernández, razón para no perderse Afrodita, ¡Oh Espejo!

Otra vez, el Gran Teatro fue testigo de una pieza singular, cargada de imágenes sensuales. No hay duda: Rosario Cárdenas tiene una forma peculiar de concebir y apropiarse del escenario. No en vano sorprende, deleita. Esta vez no fue la excepción, quedé complacida.