Algún evaporado fin en la metáfora del camino

Algún evaporado fin en la metáfora del camino

El éxtasis proporciona el tema y la conveniencia determina la forma. Esta línea de Marianne Moore se verifica en el libro trillos/ precipicios / concurrencias  de Alfredo Zaldívar, donde hallamos una poesía diáfana que sabe de lo poderoso del arte de la sugerencia y la enumeración, y del peso de la enunciación. Yo el editor hubiera hecho un cuaderno con los «Trillos», y llegaría seguramente por una senda de misterio, sin dejar de ser segura, al camino:

             I

Ciento quince mil noches, amaneceres, días.

ciento quince mil tardes para llegar a esta

en que cada piedra bajo mi sombra

me revela el trillo en el que he estado

que me escogí o me escogió.      

¡Qué importa.

    II

La Habana era el camino.

Madrid, Viena, Chicago, Barcelona, Estocolmo.

Las amplias autopistas de sus aeropuertos.

Todas quedaron bajo los adoquines de esta

plaza.

Bajo las flechas de granito rojo

de granito negro

de granito blanco

de granito gris

de la Calle del Medio.

/Bajo esta recurrencia / aspiración / vereda. 

Como para Ann Carson, el destino es su cebo y el cebo es su destino, y el poeta en textos breves nos cuenta sobre la elección de una pertinencia, de un sitio en donde se confunden persona y ave, y habla una y otra vez de escenas truncas, de sucesos truncos:

/ pero los trenes se detienen siempre, los túneles se acaban en un punto donde no empieza nada y la música calla, y confiere  al silencio, al ruido, la mansedumbre ambigua de su espejo.

Donde está condenado / destinado a la soledad, a otro sitio, a la intemperie en el que su sino anterior es visto como fábula,  pues «uno se percibe a sí mismo persiguiendo lo fatal».  Así, henchido de esa búsqueda, transcurre esta sección del libro, la más portentosa, la que más nos seduce desde su lejanía en que atmósferas superpuestas y opuestas hacen el yo, hacen el poema, que para el autor también es, como para mí, la puesta en práctica o representación de un conflicto:

       XIX

Dejé la piedra /mi filantropía /abandoné mi estigma/ dejé el ave en su celda / y me fui libre 

¿Y qué hay del perfil de este camino? En él se dibuja el abandono de lo portentoso en busca de un trazo verdadero, es como una tristeza nunca privada de solemnidad y lucidez:

XX

Nunca pude escribir aquel poema

en aquella ciudad

a esa ciudad

como el esclavo que ha comprado su suerte

/ ¿Qué puedo hacer con ella?

/ ¿estoy libre de qué?/

¿salvo de qué? 

Y lo que lo retiene tiene algo o bastante de salvaje, e implica sacrificio, que es la poesía,  y a su vez, un destino por el que se intenta llegar a algo. Así comprende el poeta que están las pautas de la existencia en las pequeñas y en las grandes cosas:

XXIX

¿Debo seguirle la corriente al río

irme a jugar al mar

evaporarme

y no bajar porque si caigo

debo seguirle la corriente al río?

¿Desde cuándo esa lluvia

desde ese mismo cielo

sobre esta misma tierra

hacia ese mismo cielo

desde cuándo

cayendo?

¿Desde cuándo esas aguas

desde esta misma tierra

hacia ese mismo cielo

desde cuándo

subiendo?

Ciclo eterno que el hombre ha de beberse

Que tiene que beberse

/ y escupir

/ y sudar

/ y orinar

/ y beberse.

Ciclo del agua eterna

¿hasta cuándo? 

Y así encuentra quien escribe el sentido de la fuerza y la rebeldía, el sentido del sinsentido, el sentido de lo natural como centralidad y unidad:

     XXVIII

De dónde viene el agua

a dónde marcha

en dónde se encabrita

dónde pesa

en qué furnia del techo está su huella

dónde se yergue el don que la encamina.

De dónde viene el agua

a qué rumbo se entrega

a dónde luego va pauta y silencio

como deja su grave disonancia.

De dónde viene el agua vengo yo

pero no se encontrar

su impropio origen

ni hacia donde se esfuma.

/ no se irme con  ella.

Así es suyo algún evaporado fin en la metáfora del camino, que es «un niño que corre», «un blanco», «una vereda que no existe», conociendo la dicha de estar dentro.