Apuntes al margen de la crítica

Apuntes al margen de la crítica

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  • La crítica es el ejercicio del criterio.
    La crítica es el ejercicio del criterio.

Poneos de pie para decir el lema: la crítica es el ejercicio del criterio. Viendo así las cosas estaríamos “unánimemente” de acuerdo. Pero el asunto es que tiene que haber ejercicio, tiene que haber criterio, tiene, al fin, que haber crítica.

Y es lo que no hay la mayoría de las veces, aunque nos pasen gato por liebre o —más contextualizado— “pollo por pescao”,la crítica no es oficio de escritores frustrados aunque a veces frustre a los escritores. Es —a verdad de Pero Grullo , una ciencia—. Y como tal se ajusta a leyes, principios y reglas y a un corpus teórico imprescindible en su práctica concreta.

Una multitud de reseñistas nos acosan. Salvo excepciones, bien honrosas por cierto, nos colman de adjetivos a veces casi que improperios, reseñistas transcriptivos, laudatorios, socios de cumbancha, simplistas o impresionistas. Un par de cuartillas, en el mejor de los casos, igual a cincuenta pesos, deducido el cobro de la ONAT. Y nadie se pone bravo. Pero el lector jamás se empatará con la bola.

Son lo que le han cogido la vuelta al negocio y didactismo escolar mediante, reduccionistas, compasivos, paternalistas y —¡Guárdenos Dios de ellos!—metatrancosos y faltos de disensión se convierten de hecho en escritores frustrados, en críticos frustrados y me apunto en el listado de los pecadores.

Porque la crítica, es otra cosa, (¿especie en vías de extinción?) análisis estructural de un texto, ensayo, estudio, reseña, nota al margen, prólogo o comentario, comoquiera que le llamemos ha de estar signado por el propósito sacrosanto de orientar al lector más que de legitimar la obra.

Quizás habríade moverse como un pecioen las distancias entre el autor y su obra y entre las de la obra y el lector definitivo. Explorando la aventura, sin revelar necesariamente los ocultos designios propios del gran misterio que mueve al escritor. Dicen que Gabriel García Márquez declaró que la tanta interpretación de Cien años de soledad casi le impidió escribir El otoño del patriarca.

El argentino Abelardo Castillo, quien fuera director de la revista El escarabajo de oro y Premio Casa de Las Américas en 1961, sostenía que no se podía ser un gran crítico sin sustentar una poética, esa zona de algo más vasto que es la estética y que ha de partir inexorablemente de una concepción total del mundo. Dicho así, tal aserto podría provocar escalofríos. Lo cierto es que es que la crítica, sean cuales fueran sus formulaciones, ha de tener un especial destinatario: el potencial lector de la obra y ha de estar acorazada no solo por el herramental teórico sino por el más estricto apego a la ética.

El crítico tiene que volver a ser un ser temible, al menos entre los escritores, para bien de los lectores y de aquellos mismos en última instancia. La crítica tiene que preceder a la promoción y trazar sus derroteros en intensidad y alcance.

Y en este camino, bien valdría la pena que se reevaluaran los preceptos de premios legitimantes tales como el de la Crítica y el Nacional de Literatura.

 A principios de octubre la Asociación de Escritores de la UNEAC organizó a través de su Sección de Crítica Literaria y Ensayo, un Encuentro Nacional de Crítica Literaria. Quizás el término nacional fue demasiado pretensioso, solo representaban a pocos territorios del país, con sus quehaceres y visiones, yescasamente escritores y críticos de un par de provincias.

El evento, organizado y moderadopor la doctora Luisa Campuzano, toda una autoridad incuestionable en tales avatares, fue sin duda un importante intento en el examen de los desafíos. Sin embargo, a pesar del bien balanceado programa final y la presencia de un buen número de importantes profesionales, no logró enteramente los propósitos de “debatir y polemizar”, según rezaba el programa del encuentro.

Problemas organizativos (el principal: tiempos topes para la exposición de las ponencias) impidieron que se intercambiaran ideas contrapuestas, se disintiera, se polemizara —ya se sabe que no hay verdades absolutas— y la mayor parte de las veces las sesiones transcurrieron como en un maratón. De manera que esa parte consustancial, que en ocasiones se vuelve más interesante que una exposición leída desde la mesa, brilló casi siempre por su ausencia.

El Encuentro Nacional de la Crítica, de cualquier forma, con muchos más aciertos que desaciertos, ha de quedar como un buen punto de partida urgido por continuidades imprescindibles y ojalá que en próximas ediciones cuente además con la presencia necesaria de decisores de las instituciones culturales, que salvo la presencia de Zuleika Romay, presidenta del Instituto Cubano del Libro, no estuvieron presentes en el cónclave para oír y tomar la temperatura de uno de los procesos imprescindible de la literatura en el país: su crítica.