Bailando en Cuba: una reflexión necesaria

Bailando en Cuba: una reflexión necesaria

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  • Una de las riquezas musicales a rescatar en el programa será la figura de Enrique Jorrin.
    Una de las riquezas musicales a rescatar en el programa será la figura de Enrique Jorrin.

En la edición dominical del diario Juventud Rebelde, el escritor, crítico y periodista José Luis Estrada Betancourt, jefe de la página cultural de ese emblemático medio de prensa, entrevistó al talentoso realizador y director audiovisual Manuel Ortega, uno de los principales artífices del estelar programa dominical Sonando en Cuba,1 quien declaró que Bailando en Cuba tiene como objetivo fundamental, entre otros no menos importantes, rescatar para el pentagrama sonoro insular la ilustre figura del maestro Enrique Jorrín (1926-1987), creador del ritmo chachachá, que ha recorrido todo el orbe y ha colocado —en un lugar cimero— la música popular cubana. Tanto es así, que en México, D.F., hay dos peñas dedicadas a Jorrín: una del danzón, nuestro baile nacional, y otra del género musical creado por el ilustre violinista, compositor y director de orquesta pinareño.

En ese intercambio con mi colega Estrada Betancourt, Manuel expresó: «la competencia se realizará a partir de la música cubana, ciento por ciento, con ritmos de ayer, de hoy y de hace un tiempito atrás. Queremos seguir defendiendo lo nuestro [de lo que se han apropiado agrupaciones foráneas y han hecho suyo, porque] hay mucha música, muchos ritmos generados en Cuba que se explotan en el mundo entero, y nosotros no lo hacemos. Si es nuestra, ¿por qué entonces no potenciarla?».2

Con apoyo en esa declaración de principios formulada por el exdirector del espacio televisivo Conexión, me parece oportuno recordarle que si va a llevar a cabo la loable tarea de despertar —sobre todo en los más jóvenes— el interés por los ritmos genuinamente cubanos, que tanta gloria y prestigio le han dado a la mayor isla de las Antillas a escala internacional, y si es su deseo —no lo dudo— homenajear dignamente al insigne músico, tan cubano como universal, las orquestas Jorrín, América y Aragón, por solo citar las más representativas del formato charanguero, no deben estar ausentes en ese certamen de música popular bailable, ya que —según el maestro José Loyola, director de la Charanga de Oro— devienen las más genuinas intérpretes del danzón y el chachachá en la Isla de la Música. 

Por otra parte, si de géneros legítimamente criollos se trata, el son debe ser interpretado —sin objeción alguna— por los conjuntos Chapottín y sus Estrellas, Roberto Faz y Casino, caracterizados —fundamentalmente— por su excelencia profesional, que nadie —en su sano juicio— se atrevería a discutir o escamotear.

Los vigentes ritmos, que solo son hechos en Cuba, pero no representan —nada más lejos de la realidad— la música nuestra, sí requieren el concurso de esas agrupaciones que —al decir de los «expertos» o «decisores»— son las preferidas por los adolescentes y jóvenes cubanos. No tengo, ni en lo profesional ni en lo personal, nada en contra de ellas ni de los músicos que las integran, pero sí me considero un defensor a ultranza de las orquestas típicas, de jazz band y de los conjuntos soneros, que —todavía nadie ha sabido explicarme por qué— están invisibilizadas en nuestros medios masivos de comunicación (con honrosas excepciones, que las hay).

Hasta aquí, sugerencias al creador audiovisual Manuel Ortega, quien tendrá sobre sus hombros una gigantesca labor: resucitar y traer a los medios y a las pistas de baile esos ritmos olvidados o preteridos, y a esas orquestas y conjuntos que hoy duermen el sueño eterno en la rodilla de los dioses del Olimpo. ¡Ojalá que así sea!            

Nota

  1. Jesús Dueñas Becerra. Sonando en Cuba: un acontecimiento cultural. Disponible en: www.uneac.org.cu (Noticias)
  2. José Luis Estrada Betancourt. Lo bueno que se avecina. Juventud Rebelde. 11 de diciembre de 2016: p. 12 (Cultura) (Entrevista a Manuel Ortega)