Body Art o las serpientes se amilanan

Body Art o las serpientes se amilanan

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  • Alberto Garrandés cierra la piel para que el cuerpo se realice, se alce a un grado donde las sensaciones no la tocan.
    Alberto Garrandés cierra la piel para que el cuerpo se realice, se alce a un grado donde las sensaciones no la tocan.

Antes de Endimión, el juego con el cuerpo son múltiples palabras que rebosan, florecen sobre la piel. Para la piel, el cuerpo no es su realidad. Quizás una idea unitiva que está al alcance de otra cosa. El arte corporal, con su realidad inventada, no juega con el cuerpo sino con la piel.

Hay solo una manera de mencionarla, y es utilizando la lengua con doble empuje. Decir: la piel, tiene un erotismo propio, una fatiga muscular, cierta ambivalencia, pues no se sabe a quién (o a qué) pertenece.  

Y es la piel aquello en la metamorfosis, el juego y los encubrimientos. Cuando pasamos el rotulador escribiendo sobre la piel, no dañamos la integridad del cuerpo. El cuerpo es invencible. Lo que se profana, perforando, lamiendo, escupiendo, no es el cuerpo sino todo el terreno capaz de interactuar.

Body Art (Letras Cubanas 2014) de Alberto Garrandés (A. G.) no es un catálogo de abismos sobre el cuerpo como tal pudiese parecer; sino narraciones sobre la piel. Donde es el motivo y el encuentro. En cada espacio narrativo encuentras rasgos que sitúan al lector en la intimidad de la piel, su olor.

La piel asume la escritura, ella realiza la trama del lienzo. De acuerdo a su tono, su pigmento, A. G. escoge y punza sin violencia pero con cejo. A cada paso, a cada milímetro que atraviesa, para llegar al cuerpo, la piel se va malhumorando. La piel se ensortija cuando la escritura tensa tanto que puede confundirse: la piel deja de existir bajo la grafía.

Estas narraciones entintadas de pasajes eróticos, pulsantes de una realidad que asume A. G. para sobreexponer lo profundo, buscan quizá una reflexión donde el derredor está desmontándose. Los personajes, a veces con rostros, a veces mascarados, juegan a los movimientos estridentes. Su lectura se vuelve paciente, porque no sobra nada en la piel.

Con esos movimientos se tejen las historias. En la medida que nos internamos o penetramos, se van destejiendo. Al principio de Body Art, las tres primeras narraciones (Body Art, Matheson & Co., Los labios de Norah Jones) están tan juntas que uno se olvida del aviso de la portada y cree estar en algo más cercano a la novela.

No es hasta El inquilino de los parques que el tono necesariamente trueca de lo denso a lo lúdico. Un parpadeo a la figura del payaso que Juan (protagónico de esta historia que roza la realidad mediada por surrealismo), básicamente, tratando de salvar a la mujer-limonero, tratando de “arreglarle la piel de árbol”, se descubre inútil. El payaso en tanto máscara, poseedor de la creación de lo falso, a Juan, curador de árboles, le parece extravagante y prefiere arriesgarlo todo por esta joven defendida por un padre sin mucho más que huir despavorido. El inquilino de los parques es una sorpresa que nos delata una piel a punto de eternizarse, convertirse en limonero, dejar detrás su cuerpo, el sexo, el animal.

Si en el género es difícil la sorpresa, más aún lo es la inocencia. Más aún cuando, en Body Art, la inocencia va perdiendo su piel en cada trazo.

Es verdad, que luego la reflexión dispone de un tiempo mayor de lectura donde agradaría más ver “velocidad del retozo”, embates corporales sin mediación intelectual. Un “retozo” cuerpo a cuerpo, más animal —si se pudiera decir. Narración que no instigue tanto con los percances que suceden al interior de la mente. Ya que el tiempo se agranda por una necesidad de la piel, que también se transforma y regresa a su estado original. La densidad regresa también para aposentarse y a la altura donde el cuerpo es arte, y el arte intensifica el trazo, se hace inaccesible.

Alberto Garrandés cierra la piel para que el cuerpo se realice, se alce a un grado donde las sensaciones no la tocan.

Si en el degradado del “cuerpo-escritura” de la portada y las imágenes interiores se amplía esa noción del cuerpo como objeto que asume su identidad en el trazo, es la piel la base de todo su lenguaje. La piel inmudable, que será “lavada”, limpiada en el regreso a su original coloratura.

Es importante notar que la escritura sobre la piel permite una redondez imposible de alcanzar en otro espacio. La monumentalidad, deformación, irritabilidad, tez, vellosidad, el desconcierto de la piel, la hacen irrepetible.

Luego, quedan los pormenores al entrar en el “territorio del sexo”. La amplitud que A. G. propone sobre el performance íntimo cuando trata de alcanzar zonas aprehendidas en la meditación. Ciertamente Body Art continúa la estela en estilo y fuerza de la escritura corporal de Alberto Garrandés, pero es que esta vez no es el punto la acrobacia que puede realizarse, ni sus permutaciones, ni sus ausencias, sino una certeza de legado, una impresión de testamento.