Bordando mi patria íntima

Bordando mi patria íntima

  • El lente infinito de Santiago Álvarez, desgranando su historia en blanco y negro frente al mar. Foto tomada de Internet
    El lente infinito de Santiago Álvarez, desgranando su historia en blanco y negro frente al mar. Foto tomada de Internet

Dicen que cada artista tiene sus demonios. Que la obra de arte aflora para intentar domeñarlos. Que insisten una y otra vez, que cabalgan en su lomo, que tiran de él. Ha querido el destino que esté cerca de unos y de otros, que añada fuego a los míos propios; que intente penetrarlos, escuchar sus susurros, adivinar fulgores.

En esos retos se me va yendo la vida.

En Guantánamo, en el oriente del oriente, en las confesiones de Florentina Boti, la hija del poeta de El mar y la montaña, la albacea celosa que hizo nacer al padre entre sus brazos. En una madrugada de aeropuerto solo para mí, con Fuló y el Niño Valdés, con el acuarelista del verso, que solo conocía un secreto para el éxito: estudiar, estudiar y estudiar.

En Aguilera Vicente, el padrazo, regalándome la lluvia que cae en Padre Pico en un grabado. Y en Waldo Saavedra, que hace navegar las olas de Caibarién en su propia cocina, que sueña un lienzo contra las soledades.

En Caridad Ramos, que detiene la inocencia en la cera, que me abraza contra la metralla. En una tarde con la vedette de Cuba, sin lentejuelas, mirando La Habana de verdes y de grises. En las frases de Adolfo Llauradó, el galán mas temible de la pantalla, el más tierno de los galanes.

En Berta, la pregonera, un Landaluze que te sale al camino, con sus yerbas del más allá. En Adela debajo del sombrero. En Manuel Montoya, el hacedor de muñecos, tela y papel para enfrentar al mundo. Y en Lilian Cala que me desanda con sus ojos de muñeco, que dejó prendido su duende en cada esquina.

En la voz de Rosalía Arnáez, envuelta en la milonga, siempre despojada de sí, alma contra la desmemoria. En Alicia, nuestra Alicia de las maravillas, bailando con las manos, bailando para la eternidad.

En el lente infinito de Santiago Álvarez, desgranando su historia en blanco y negro frente al mar. En Compay, Chan Chan universal, segundo de nadie, que me invita a su estreno de autor nonagenario. En Elena exultante,  Elena desbordada, la Burke pidiendo permiso para amar.

En Carilda, la novia de Matanzas, la gran dama de Tirry, enseñándome la poesía más allá del verso, en la punta del mapa, en puentes y pirámides. Y en Edelmira Palacios, gran dama de la radio, siempre lejos,  siempre cerca, con un corazón cubanísimo de arte y de folclor. 

En el Ogún eterno, Eduardo Rivero, las manos como relámpago, haciendo danzar a las estatuas. En Cos Causse, Quijote Negro, cimarrón ahorcado en el árbol más hermoso de la tierra.

En Teresa Melo, en los locos  que miran con fijeza y atraviesan las puertas imposibles. En Electo Siva y su Orfeón cantando a Lorca. En Dulce María Loynaz, con su cuerpo de lirio, con su mente de ceiba, cantándole a su Isla: “tenme siempre, náceme siempre”.    

De esos susurros, de esos fulgores he ido bordando mi patria íntima. De sus hilos renazco, resisto, me reinvento. Ellos son Cuba.