Burda españolada e interesante drama finlandés

Burda españolada e interesante drama finlandés

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Medios audiovisuales y radio, series
  • Ocho apellidos catalanes, de Emilio Martínez-Lázaro.
    Ocho apellidos catalanes, de Emilio Martínez-Lázaro.
  • Reina Cristina, dirigida por Mika Kaurismäki.
    Reina Cristina, dirigida por Mika Kaurismäki.

Existe, al parecer, en cada país chistes asociados al comportamiento de las personas de las distintas regiones geográficas, los cuales —infundada su razón en la mayoría de los casos—, en no escasas ocasiones vienen teñidos de posiciones discriminatorias, por no decir racistas o exclusivistas. Quizá porque siempre he pasado de eso, y me da igual que los seres humanos provengan de Pinar del Río o de Ciudad del Cabo, pues no hay verdad más grande en este mundo que todos somos iguales, repelo tanto producciones como Ocho apellidos catalanes (2015), cuya columna argumental se basa en la explotación hasta el infinito de tales estereotipos.

Puerilidad en la concreción de arquetipos convertidos en malas caricaturas y nulo sentido del riesgo son los dos peores defectos de Ocho apellidos catalanes, estreno fílmico del verano de agosto.

Ante el avasallador porcentaje de entradas vendido en la Península con Ocho apellidos vascos (2014), la secuela de Emilio Martínez-Lázaro no hubo de esperar prácticamente nada. De nuevo el duelo de localismos, la confrontación regional, el cliché bastardo de “eres así porque eres de allí” como suerte de rampa humorística de gags que solo tienen una base genésica compartida, sin otro asidero dramático, y por ello naufragan en tropel; pero ahora peor porque todo se atraganta mucho más que en la original o en, digamos por ejemplo, la película Bienvenidos al Norte.

Hay par de elementos realmente hilarantes, sí, en la comedia de Martínez-Lázaro: el personaje de Doña Rosa María Sardá en su ensoñación de una República de Cataluña independiente y la mofa a los hipsters, descarnada pero juguetonamente fruiciosa. Lo demás es el calco al carbón de la probada fórmula comercial, trasladada hace poco a la televisión —por si no bastara—, mediante la serie cómica Buscando el norte.

Mucho más tirada al costado peor del ozorismo que al berlanguismo, Ocho apellidos catalanes responde, sea oportuno anotarlo, a un patrón de comedia populista cuyo único mérito es funcionar en taquilla como respuesta de cuatro días a la avalancha de Hollywood.

Cristina de Suecia según Mika Kaurismäki

Tarzán fue la primera película que le llevó a ver su padre, a los cuatro años. Pero, afortunadamente, Mika Kaurismäki no se dejó influenciar por el modelo de representación hegemónica en una filmografía incluyente de heterodoxos filmes de ficción y documentales para, antes bien, evocar a través de esta a sus sí reverenciados directores fineses como Valentin Vaala, Risto Jarva, Matti Kassila, Mikko Niskanen o Nyrki Tapiovaara.

El realizador de Hermanos, Mamá África y Vesku de Finlandia ha cristalizado en Reina Cristina (The Girl King, 2015), de estreno en Cuba este agosto, una experiencia cinematográfica inscrita en el tono y la cuerda de las biografías fílmicas europeas, sin los melindres habituales del mainstream hollywoodense, la cual pone en cámara a un personaje subyugador.

La monarca incorporada por Malin Buska —dicho personaje, lo más notable de la obra— atrae en virtud de su misma indefensión y de la dicotomía que se establece entre su capacidad intelectual —buscó su razón en Descartes, con quien mantuvo una amistad de algún modo entrevista en la película, pese a algunos yerros históricos— y su incapacidad para ostentar el poder (aunque le cabe el mérito de haberle ubicado el punto final a la Guerra de los 30 Años entre católicos y protestantes), según el entendido de una época y un país cervalmente patriarcales y de hábitos casi primitivos en parte de un pueblo alejado del saber por los monarcas precedentes, incluido el padre de Cristina.

El relato sopesa la soledad e incomprensión de la jovencísima reina, de forma complejamente sencilla. De igual modo, su relación homoerótica con la condesa Ebba Sparre y las dudas de fe de quien pasa de las filas de Lutero a la confesión cristiana. Cristina de Suecia (1626-1689), muerta virgen en Roma a los 63 años, es una de las tres mujeres enterradas en el Vaticano junto a los Papas, así lo recuerda el filme en su epílogo.

El mayor de los Kaurismäki pespunta en Reina Cristina la agujereada trama vital de una mujer adelantada a su tiempo, presa del lógico choque con universos morales muchos escalones por debajo de ella, sometida a odios-resquemores-tensiones. Su largometraje difiere sobremanera, como era lógico esperar, de la visión norteamericana de los años 30 al servicio de Greta Garbo y dirigida por Rouben Mamoulian. El guion del canadiense Michel Marc Bouchard —quien también firmó una pieza para las tablas en torno al personaje— acentúa la tinta en temas vedados por las tijeras de Hays en tan tempranos tiempos, como el romance lésbico entre la reina adolescente y su querida condesa, convertida por ella en “compañera de cama”, suerte de eufemismo, o no, para proporcionar una terminología legal a aquella pasión, a la larga clausurada de cuajo por los nobles de la corte.