Carlos Acosta y los clásicos

Carlos Acosta y los clásicos

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  • Acosta es un bailarín que interpreta un ballet clásico, un palo de flamenco o una rumba de cajón. Foto: Nancy Reyes
    Acosta es un bailarín que interpreta un ballet clásico, un palo de flamenco o una rumba de cajón. Foto: Nancy Reyes

Si París, la Ciudad Luz, bien vale una misa

El primer bailarín y coreógrafo Carlos Acosta merece una crónica, dedicada especialmente a destacar su magistral actuación en las obras clásicas que la naciente compañía Acosta Danza, jerarquizada por uno de los cinco mejores bailarines del orbe, llevara a las tablas de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso durante dos fines de semana.

Acosta es un bailarín que interpreta —con indiscutible excelencia artístico-profesional— un ballet clásico, un palo de flamenco o una rumba de cajón. De eso no le asiste la más mínima duda a quien ha tenido el privilegio de verlo bailar, en escenarios nacionales o foráneos, El Lago de los Cisnes, Giselle, Carmen o los ritmos afrocubanos en la obra Tocororo. Fábula cubana, estrenada en 2003 en el Coliseo de La Habana Vieja, y posteriormente, en varios teatros extranjeros, donde incursionara exitosamente en el complejo campo de la coreografía; y en consecuencia, la obra estuvo nominada al Premio Oliver de Teatro, en la categoría de Logro en Danza.

Carlos Acosta combina en Diana y Acteón saltos espectaculares que caracterizan la coreografía y el estilo de pas de deux, —con elegancia, pulcritud y virilidad—(componente personográfico esencial de Changó, deidad del panteón yoruba), y la delicadeza inherente a la técnica académica en que se estructura el ballet clásico.

Por otra parte convence al público que bailar no es solo dominar al pie de la letra los recursos técnico-interpretativos aprendidos en el aula, los ensayos, la barra o el proscenio, sino también proyectar emociones, sentimientos y vivencias que configuran la personalidad básica de ese mestizo único e irrepetible, el cual deviene su expresión legítima de nuestro delicioso ajiaco criollo, que según el sabio don Fernando Ortiz, decano de las ciencias antropogénicas de Cuba, alimenta —¡y de qué forma!— al bailarín como artista y ser humano único e irrepetible.

No creo necesario continuar emborronando cuartillas para que el lector llegue a la conclusión de que Carlos Acosta es —sin duda— un verdadero semidiós afrocubano, el cual se ha consagrado en cuerpo, mente y alma al desarrollo de las disímiles manifestaciones del arte danzario, tanto caribeño como universal.

Esa es —entre otras que harían interminable esta crónica— la razón fundamental que explica por qué los amantes del arte de las puntas ovacionaron hasta la extenuación las funciones protagonizadas por ese talentoso bailarín, tocado por el ángel lezamiano de la jiribilla.