Carlos Enríquez: un artista rebelde

Aniversario 120 de su natalicio

Carlos Enríquez: un artista rebelde

  • Campesinos felices (1938). Detalle
    Campesinos felices (1938). Detalle

Su pincel, más que pintar, pareciera dejar caricias embarradas de óleo sobre una tela blanca y desnuda. Los colores se mezclan en trazos medio difusos y curvilíneos que captan el aura de una historia, un paisaje, una identidad, un país… Así es la obra de Carlos Enríquez, uno de los artistas cubanos más representativos en la Isla, quien naciera el 3 de agosto, unos 120 años atrás.

Corría 1900 y vería por primera vez, en su natal Zulueta, las tonalidades de un mundo que perpetuaría luego, en su obra plástica.

Carlos, estudia comercio en EE.UU., pero al final de su carrera toma clases de pintura en Pennsylvania. Para entonces, no solo se enamora más del arte, sino de una artista norteamericana, Alice Neel, a quien conociera en dichos talleres y luego se convirtiera en su esposa durante algunos años.

De vuelta Cuba, en 1925 se incorpora junto a otros jóvenes al movimiento Modernista en la nación antillana. Colabora con la prestigiosa Revista de Avance y presenta su trabajo en algunas exposiciones.

Alterna su estancia, con periplos de viajes por Nueva York y algunos países de Europa. En ellos aumenta y actualiza sus saberes el talentoso villaclareño, para llegar a forjar su propio estilo, al que denominara “criollismo” o “romancero guajiro” y en el cual emplaza la mayoría de sus creaciones.

Dentro de las mismas, llegan a destacar los elementos estilísticos propios característicos de su originalidad, así como la ruptura con cánones de su tiempo en cuanto a la forma de expresión.

Pero el pintor es capaz de trascender lo rural-costumbrista para enfocarse en la crítica sobre la adversa situación en los campos de la nación y los males que aquejaban al campesinado en la tierra que lo vio nacer.

Elabora una fina denuncia sobre la pobreza en estos ambientes de la Cuba de la primera mitad del siglo XX, cargada de elementos sutiles como la ironía. Quizás, uno de los ejemplos más idóneos que defienden esta afirmación, sea el cuadro Campesinos felices (1938), donde transmite la miseria de una familia a través de la evidente precariedad de las condiciones de su hogar, sus cuerpos y rostros.

Sus óleos llegaron a ser polémicos y controvertidos entre algunos contemporáneos, quienes los tacharon de poseer «un fuerte contenido político y un desacostumbrado uso del desnudo». En varias ocasiones, las temáticas o formas abordadas le costaron negativas de presentaciones u opiniones negativas.

Pero Carlos era un vanguardista, un rebelde incansable y continuó liberando sus ideas a pesar de ello. Para la década de 1940, ha alcanzado su máxima madurez artística. Ha plasmado Primavera bacteriológica, Crimen en el aire con guardia civil, Virgen del Cobre, Combate, su emblemático Rapto de las mulatas y muchos otros singulares bocetos.

En la mayoría, es clara la afilada o sutil denuncia social, pero también la simbología patriótica nacional (Paisaje criollo y Detalle de la muerte de Martí, Dos Ríos). Busca la manera de darle especial atención a la mujer, exponiendo la belleza de su cuerpo desnudo, pero también la muestra insumisa, valiente, coqueta, orgullosa de sí misma y de sus atributos.

Nos regaló una amplia visión pictórica de su tiempo, de nuestro pasado, escribió tres novelas y fue impulsor de la evolución de la plástica nacional del siglo anterior.  

De Enríquez escribiera el intelectual cubano José Antonio Portuondo «…fue uno de los más talentosos renovadores de la plástica cubana y, entre ellos, el amante más fiel y constante de la tierra cubana y sus criaturas, de sus leyendas, costumbres, en las cuales está la raíz de un auténtico arte cubano».

A 120 años del natalicio del pintor, este 3 de agosto, es justo y grato homenajearlo, echar un vistazo a sus cuadros y mantener vivo su legado en nuestra memoria como un importante ingrediente de ese inmenso “ajiaco” que conforma la idiosincrasia y cultura del país.

Carlos Enríquez sigue ahí, rígido en las paredes del Museo Nacional de Bellas Artes, está ilustrando numerosos libros y revistas, está en los buscadores de internet, en la Historia, pero sobre todo en la mente colectiva de su pueblo, que lo recuerda y rinde tributo en este aniversario, convencido, como él, de la máxima martiana de que “Honrar, honra”.