Cartografiar la Nación: la crítica literaria en La Gaceta de Cuba

La Gaceta de Cuba, 55 años

Cartografiar la Nación: la crítica literaria en La Gaceta de Cuba

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  • Portada de uno de los primeros números de la revista de 1963. Foto: Internet
    Portada de uno de los primeros números de la revista de 1963. Foto: Internet

En Cuba, las revistas culturales son el medio de expresión más acabado de la especialización periodística cultural. Dada su periodicidad: mensual, bimestral, no están sujetas a la urgencia del diarismo, y debido al espacio y la mayor cantidad de páginas que poseen, permiten publicar géneros periodísticos más extensos que implican investigación y profundidad, como el ensayo y la crítica literaria.   

En la tradición literaria cubana, las revistas y suplementos literarios, desde sus inicios a finales del siglo XVIII, ocuparon un importante lugar en la consolidación de la literatura insular, el periodismo, la crítica literaria y con ello, la conformación de la nacionalidad. Aunque numerosas y diversas, en su mayoría estas publicaciones tuvieron una existencia breve, como evidencian los estudios de Antonio Bachiller y Morales, Ambrosio Fornet, Juan Marrero y Cira Romero; la investigación de Cintio Vitier La crítica literaria y estética en el siglo XIX, y el Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica, editado bajo la guía de Zaida Capote, por el Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo.    

El propio Cintio Vitier en 1969, se refería a “críticos buenos, y aún excelentes dentro del marco de su época”, como el Padre Don José Agustín Caballero, Justo de Lara, Domingo Del Monte, Enrique Piñeyro, Rafael M. Merchán, Enrique Sanguily, Manuel de la Cruz, Enrique José Varona. Pero destacaba a José Martí “como el único gran crítico que hemos tenido. Su definición, la más profunda y audaz que conozco, ha sido generalmente olvidada: «Amar: he aquí la crítica». (...) La crítica cubana ha solido ignorar ese doble movimiento”.[1]

El inicio del siglo XX, a partir de la segunda y tercera décadas, introdujo las vanguardias en la crítica nacional. Al respecto añade el propio Vitier: “La generación de la Revista de Avance hizo un notable esfuerzo por enseriar ensayísticamente la crítica literaria y pictórica. (...) Orígenes eludió el polemismo secular, practicando una crítica de raíz poética, que sin embargo provocó nuevas tormentas. En los primeros años de la revolución, avivándose fermentos anteriores, irrumpió una crítica generacional, tan agresiva como inútil. Después, las aguas cogieron su nivel y la crítica, siempre expuesta a corrientes confusas, se reorganiza con mayor seriedad y sentido constructivo”.[2].

Desde su surgimiento, el 15 de abril de 1962, La Gaceta de Cuba se perfiló en la especialización periodística en temática cultural como una revista de la UNEAC que, utilizando un término del mexicano Arturo Azuela, podríamos definir como “revista institucional”[3] y que, a la vez, según Norberto Codina, “ejerce cierta autonomía en la selección de sus temas y autores, pero está vinculada a una institución, y por ello le debe correspondencia orgánica”.[4]   

Sería el poeta Nicolás Guillén, presidente de la UNEAC, el primer director de la revista, lo que acentúa su carácter institucional. Aunque el desempeño de otras labores le impedían a Guillén ocuparse realmente de la dirección, permaneció frente a La Gaceta... hasta 1986, cuando sería dirigida por un Consejo de Redacción integrado por León de la Hoz, como Jefe de Redacción, Francisco López Sacha y Senel Paz. Precisamente, eran los jefes de redacción los que llevaban el peso de la misma.

El primero de ellos fue el periodista y escritor Lisandro Otero y le sucederían, en 1965, Jaime Sarusky, hacia 1968, Manuel Díaz Martínez, y a partir de 1969, este importante puesto lo ocuparía el poeta y periodista Luis Marré, quien lo asumiría en los próximos dieciocho años. Posteriormente, en 1988 ostenta la dirección de la revista el poeta y ensayista Norberto Codina; mientras que, a partir de 1991, ocuparía el cargo de Jefe de Redacción, el filólogo, novelista y periodista Leonardo Padura, y desde 1995, se encuentra en ese puesto el escritor Arturo Arango.

Desde su fundación, La Gaceta de Cuba sobresale como guía y ventana del acontecer cultural del país, siendo una de las publicaciones más importantes de su tipo en Cuba surgida, añade Codina, “como le correspondería por su naturaleza misma, con la dinámica de contribuir a animar el clima cultural de una sociedad en plena transformación, donde acciones y contradicciones se multiplicaban entre escaramuzas ideológicas o preferencias intelectuales cotidianas.”[5]. Esta revista es deudora de importantes publicaciones cubanas como Orto, Revista de Avance, Nuestro Tiempo, Orígenes, Ciclón y Lunes de Revolución.

Esta “revista de arte y literatura” —como estableció en un determinado momento el rótulo de su portada— ha prestado atención a lo más importante de la creación de los escritores y artistas cubanos. Además, recalca Codina, “sistematizó en sus páginas una línea editorial que ya se venía anunciando a finales de los 80: la presencia de la cultura cubana, sobre todo la literatura, gestada fuera de los límites geográficos de la Isla”,[6] ofreciendo una visión integradora de la cultura nacional.   

En estos primeros tiempos, la revista hizo frente a la desaparición del suplemento Lunes de Revolución. Incluso existe relación en lo relativo al diseño y los colaboradores de ambas publicaciones: muchos de los autores que escribieron para Lunes... continuaron haciéndolo en La Gaceta de Cuba.

En el primer número de la revista, llamada entonces “periódico de letras, artes y espectáculos” —era la publicación más periódica con que contaba la UNEAC, el otro órgano era la revista UNIÓN, con frecuencia trimestral—, encontramos el siguiente editorial, que establece una especie de política hacia los colaboradores y marca estrecha concordancia de estos con el proceso revolucionario cubano:

El periódico que hoy aparece no está hecho por un grupo para un grupo, ni responde a capillas o sectas, ni será coto cerrado a quienes no fueron Congresistas[7] ayer, ni figuran hoy en las listas de Asociados de la Unión: en él se puede —y diríamos debe— colaborar todo el que se sienta en posesión de facultades para hacerlo, y más si su obra está enderezada por el camino de la definitiva y sagrada victoria. (...) Esta revista, esta Gaceta es también una trinchera, no solo para poder resistir, sino para avanzar hacia una patria libre, dispuestos a la muerte, pero también seguros de vencer.[8]

A solo pocos meses de su fundación, La Gaceta de Cuba muestra los primeros indicios de su interés por la situación del periodismo nacional, en particular el quehacer crítico, cuando publica en una edición especial[9] el artículo de Graziella Pogolotti titulado “Qué es la crítica”. Allí, además de realizar un breve bosquejo histórico de la tradición crítica cubana, Graziella vislumbra algunas de las problemáticas que implicaría aplicar de manera forzada, en la crítica y en la cultura en general, la concepción filosófica de la realidad desde una perspectiva meramente idealista, cuestiones que aflorarían luego en aspectos relacionados con el llamado sociologismo vulgar, la relación forma-contenido, la búsqueda de un obligatorio “mensaje”, o de características “decadentes” y “burguesas” en las obras, etc. Según Graziella, en el texto publicado en las páginas de La Gaceta de Cuba:   

“Los críticos marxistas emplean un método científico que tiene en cuenta la teoría marxista del arte. El análisis sitúa la obra en su ambiente, el de una sociedad viva en su proceso de transformación. Las obras de arte verdaderamente significativas expresan una época determinada, a través del poder creador del escritor o del pintor. “El arte”, dijo Marx, “es la más alta alegría que el hombre se ofrece a sí mismo”. Pero es también un medio eficaz que tiene la sociedad de tomar conciencia, un espejo en que se reflejan las inquietudes del momento y la aparición de nuevos ideales”.[10]

En estos momentos fundacionales, en que la publicación sale de imprenta quincenalmente, y tomando como pie los criterios expuestos por Graziella Pogolotti, surge la sección “La Crítica”, como el primer interés concreto de La Gaceta... de crear una sección periodística dedicada a recoger trabajos críticos sobre diferentes expresiones artísticas, como cine, literatura, plástica, música, etc. Entre sus colaboradores iniciales se encontraban José Rodríguez Feo, José Lezama Lima y Virgilio Piñera, entre otros.

En esta década La Gaceta... sería, además, escenario de fuertes y necesarias polémicas en el ámbito intelectual,[11] que influirían también en la creación crítica, como la sostenida entre Blas Roca y Alfredo Guevara en 1963: por una parte, los seguidores del realismo socialista, de la teoría del arte como conocimiento reflejo y del rechazo a toda experimentación de las formas expresivas; y por otra, los que objetaban el culto a la personalidad y todo tipo de condicionantes estéticas, mientras estaban a favor de un arte que no renunciara a las conquistas de las vanguardias. Al año siguiente continuaron esta discusión en sus páginas: Juan J. Flo, Jorge Fraga y Tomás Gutiérrez Alea. Además, cabe mencionar la polémica sostenida en la revista, en 1964, entre José A. Portuondo y Ambrosio Fornet, y en 1966, entre los escritores Jesús Díaz y Ana María Simo, en relación con Ediciones El Puente y su vínculo con la política.  

En 1969, la Revolución cubana había cumplido su primera década y, asegura Víctor Fowler, “es tal la cantidad de sucesos que la temporalidad pareciera dislocada, como si se vivieran dos vidas a la vez; de hecho es lo que ocurre, pues imaginación, realidad y memoria han quedado seccionadas en un antes que se extiende hasta el origen de los tiempos y un ahora que se prolonga hacia la infinidad de lo futuro.”[12]

En este marco, entre los meses de julio de 1969 y mayo de 1970, y ante los asideros de la crítica literaria en el país, La Gaceta de Cuba somete a un selecto grupo de críticos, que generalmente escribían en la revista, un cuestionario sobre el género que practican, que, en cierto sentido, viene a ser un balance a la vez que un trazado de futuras pautas. La encuesta, con el nombre “Sobre la crítica”, evidenciaba la preocupación de la revista por la crítica, su concepto, el estado actual, el papel que ocupaba, la relación con el creador, la formación de nuevos críticos y las condiciones actuales del país para establecer el ejercicio de la crítica.  

Para Federico Álvarez, en la encuesta realizada por La Gaceta de Cuba entre 1969 y 1970, una de las clave del problema de la crítica en Cuba —nótese que inicialmente se plantea la existencia de una problemática o insuficiencia en el ejercicio crítico nacional— estaba en que “la generación de críticos —cuatro nombres fundamentales polarizados en el marxismo (Portuondo y Marinello), y el trascendentalismo (Lezama y Vitier)— o no ejercen ya o lo hacen casi exclusivamente sobre la literatura cubana de siglo XIX.”[13]

Cuestión no menos cierta si analizamos las obras y las temáticas en este período de los críticos antes mencionados: Cintio Vitier publicó en 1958 su clásico Lo cubano en la poesía y no sería hasta 1971 cuando publica Crítica sucesiva. También en 1958 aparecería el último libro de ensayos de José Lezama Lima en estos años: Tratados en La Habana. En el propio 1969 publica La expresión americana. La obra de Juan Marinello, autor del controvertido texto Conversación con nuestros pintores abstractos, se desarrolla mayormente en la primera mitad del siglo; en 1973 escribiría Creación y Revolución. De la misma manera, José Antonio Portuondo centra sus investigaciones en la literatura y la historia del siglo XIX, aunque en la década en que La Gaceta... realiza la encuesta, publicó, entre otros libros, Bosquejo histórico de las letras cubanas (1960), Estética y revolución (1963) y Crítica de la época y otros ensayos (1965).

Para Juan Marinello, quien se apropia de una frase del húngaro Georg Lukács citada por Álvarez, el problema fundamental está en la imposibilidad de mantener el ejercicio crítico “al nivel de la ideología general”, como todavía pudo ser en el siglo XIX. Según Marinello “pertenecemos a una época de particularización del conocimiento, al tiempo que de expansión de la ciencia marxista”, de ahí que “nuestra indigencia crítica posee, por lo dicho, raíces universales y causas específicas; y si no debe haber sosiego para superar evidentes manquedades, ha de darse espacio para imaginar un cambio milagroso”.[14]

Marinello acuña aquí un término que caracterizaría el ejercicio crítico de entonces y que vendría a ser estigma posterior de la crítica cubana: la “indigencia crítica” de Marinello sería retomada en futuras encuestas y entrevistas como uno de los juicios más fustigadores y pesimistas sobre la creación crítica en Cuba.  

Para José Antonio Portuondo, la causa del estado crítico de entonces es la formación de una conciencia social propia del sistema socialista: “La crítica en Cuba vive hoy un instante formativo en el que la falta de una definida y estable conciencia social —estamos en el undécimo año de construcción socialista—impide la integración plena de un género que requiere bases muy firmes para asentar en ellas los instrumentos de análisis.”[15]

Según Graziella Pogolotti, pese a los enormes cambios realizados por las instituciones culturales-educativas de la Revolución, “ha faltado un eslabón, el del desarrollo de un pensamiento crítico coherente, enriquecido por el debate”.[16]

Para Rine Leal, el reconocido investigador y crítico teatral, “lo que no existen son condiciones para la crítica. Mientras su practicante no sea profesional, no cuente con condiciones, ni información o intercambio, viajes y becas de estudio, en una palabra, con elementos de estudio, no podrá hacer la parte que le corresponde, o por lo menos, lo hará de manera imperfecta”, y agrega una pregunta tan inquietante entonces como ahora: “Cada época tiene su crítica, pero ¿qué sabemos en Cuba de la crítica de nuestra época?”.[17]

Por su parte, Cintio Vitier no comparte el desdén en que suele tenerse a nuestros críticos. La crítica es “en principio, dos cosas: iluminación de la obra desde la obra misma, y, después, toma de partido frente a ella”.[18] A lo que añade, en parte coincidiendo inicialmente con lo planteado por Portuondo:  

“En cuanto a nuestros días, la multiplicidad y urgencia de las tareas en que estamos empeñados, dificultan la concentración necesaria para estos menesteres. A pesar de ello, aunque con vacíos lamentables y en forma generalmente apresurada y discontinua, se mantiene el hilo conductor. Debe tenerse en cuenta, además, que buena parte de la creación producida desde el 59 se resuelve en crítica del pasado y que el proceso revolucionario (incluso respecto de sí mismo) es de esencia crítica. Sumidos vitalmente en ella, es natural que la crítica exclusivamente literaria o artística pase a un segundo plano”.[19]

Segundo plano que se evidenció de manera palpable en La Gaceta... a lo largo de las siguientes décadas, cuando desaparece la sección fija para el pensamiento crítico y este viene a ensamblarse dentro del diapasón temático de la revista, sometido además a inconvenientes de carácter no siempre artístico-literarios.   

Víctor Fowler, al analizar, tiempo después, los resultados de la mencionada encuesta, señala:

“Por variados que sean los ángulos para el abordaje del problema, concuerdan todos en que existe; también en que es, quizás, demasiado temprano para esperar a que se solicite de inmediato. La esperanza es depositada en las instituciones educativas, en especial la universitaria, y se considera que el vacío presente será llenado por las nuevas generaciones de graduados; la combinación de dicha juventud con la intensificación a nivel de la sociedad del conocimiento del instrumental teórico-analítico del marxismo habrá de propiciar un salto cualitativo dentro del género”.[20]

Años después de la encuesta de La Gaceta de Cuba, en el trabajo titulado “La crítica literaria en la Revolución”, el narrador y ensayista Abel Prieto se refiere a los nuevos graduados universitarios que “encuentran un clima mucho más favorable para el ejercicio de la crítica: los desvelos, prejuicios y controversias que enturbiaron las aguas del período anterior, han desaparecido o pasado a planos secundarios. (...) La presencia de esta generación ha permitido hablar con optimismo de una ‘reserva crítica’, que protagonizará un salto cualitativo y cuantitativo de la crítica literaria nacional”.[21]

Para Prieto, lo avizorado, y de lo que dependía entonces el futuro estado de la crítica, es un mundo estable en donde hayan sido creadas las condiciones para que el ejercicio crítico se transforme en estudio y análisis, es decir, donde nada distraiga la interpretación adecuada de los textos.

En el artículo, Abel Prieto realiza un balance de lo sucedido en esa primera década que hizo hablar a Marinello de una “indigencia crítica” en nuestros estudios sobre literatura: “Con la excepción de un pequeño grupo de críticos que contaban con una formación marxista anterior al triunfo revolucionario, la inmensa mayoría de los escritores que abrazaban con entusiasmo la causa del socialismo no estaba preparados teóricamente para ejercer una crítica marxista”.[22]

Para Fowler:

“…en el reverso de la crisis se encuentra la posibilidad de ver con mayor claridad y hoy, tras la desaparición del sistema socialista, sabemos que mucho de lo más relevante alcanzado por los estudios literarios de la época no fue alimentado por la estética marxista o apeló a interpretaciones libres unas veces, y otras hasta heréticas del legado de los clásicos. Esto como primera contra-anotación. Como segunda, y a mí juicio todavía más importante, valdría señalar que los textos literarios son mundos ellos mismos y que no hay garantía alguna en que esta o aquella formación filosófica automáticamente conlleve a una mayor o menor comprensión del hecho literario; a riesgo de ensayar una perogrullada, la literatura —aunque la refleje— no es equivalente a la lucha política.[23]

Fowler denota algunos de los aspectos, advertidos por Graziella Pogolotti en 1962, que lastraron el periodismo y el ejercicio crítico de entonces, tanto en La Gaceta de Cuba como en otras publicaciones de su tipo, como el utilitarismo, la imposición de una estética marxista y la instrumentalización de estos para asuntos ajenos a la creación y más cercanos a la conducción de la literatura en función de otros intereses. La etapa conocida como Quinquenio Gris se reflejaría en La Gaceta de Cuba y cambiaría, a su vez, el papel de la la crítica y de la propia revista en esa etapa, pero esas ya son ideas para futuros textos y reflexiones.

Notas:

[1] Cintio Vitier: Obras 4, Crítica 2, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, p. 138.

[2] Ibídem, p. 140.

[3] Norberto Codina: Caligrafía rápida, Pinar del Río, Colección Fausto, Ediciones Loynaz, 2006, p. 94.

[4] Norberto Codina: Monólogo de un revistero. La Gaceta de Cuba: algo de su historia más reciente, La Letra del Escriba, 2014, nro. 131, pp. 5-6.

[5] Ídem.

[6] Ibídem, p. 95.

[7] El texto se refiere al Congreso que daría pie a la fundación de la UNEAC, en agosto de 1961.

[8] La Gaceta de Cuba, La Habana, nro. 1, año 1, 15 de abril de 1962.

[9] La Gaceta de Cuba, La Habana, año 1, edición especial, diciembre de 1962, p.13.

[10] Graziela Pogolotti (Comp): Polémicas culturales de los 60, La Habana, Letras Cubanas. 2007, p. 55.  

[11] Ídem.

[12] Víctor Fowler: “Bodas de Cenicienta y Tántalo: metacrítica en Cuba”, en La Gaceta de Cuba, 2000, nro. 1, p. 15.

[13] La Gaceta de Cuba, nro. 75, p. 27.

[14] La Gaceta de Cuba, nro. 78, p. 28.

[15] Ibídem, p. 10.

[16] La Gaceta de Cuba, nro. 82, p. 25.

[17] Ibídem, p. 26.

[18] Cintio Vitier, Ibídem, p. 138-139.

[19]Ídem.

[20] Víctor Fowler, Ibídem, p. 15-16.

[21] Citado en Víctor Fowler, Ibídem, p. 15-16.

[22] Ídem.

[23] Víctor Fowler, Ibídem, p. 16.