Céspedes visto por un bayamés

Céspedes visto por un bayamés

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Céspedes
  • Durante la presentación. Foto tomada de la Oficina del Historiador de la Ciudad
    Durante la presentación. Foto tomada de la Oficina del Historiador de la Ciudad

Un Carlos Manuel de Céspedes, no de mármol ni de bronce, sino un hombre de carne y pálpitos, anudándose la corbata frente a un turbio espejo.  Un hombre instintivo y refinado que supo interpretar los mandatos de su hora y traducirlos en acción, así ven los ojos de Evelio Traba, joven narrador bayamés, al Padre de la Patria, que late en más de 500 páginas de la novela El camino de la desobediencia recién presentada.  Es una obra, donde palpita la descripción del hombre a través de emociones en la prosa, devolviéndonos a un ser mucho más vivo y real que el que muchos conocemos.

Comenzó a escribir en el ya lejano o cercano 2011, según el presentador, en los mismos pasillos que recorriera el Carlitos de párvulo, donde se incrustaron las primeras palabras del prócer, y donde el llanto de los hermanos que le siguieron fue clave para forjar una familia donde más de dos decenas de miembros se sumaron a la contienda libertaria que arengó e inició el primogénito de don Chucho y doña Francisca en 1868.

Al amparo del rebenque,  el retrato de Céspedes, que dicen pierde el estatismo en horarios precisos para inspirar a poetas y oradores, el último reloj y numerosas prendas, se escribieron las primeras 300 cuartillas de la novela cuya primera edición cubana acaba de salir de la imprenta gracias a la sensibilidad y olfato del Doctor Rafael Acosta de Arriba, quién arropó como padrino tierno la obra y la presentó al mecenas que finalmente haría realidad el sueño: el Doctor Eusebio Leal Spengler, y su equipo de la Editorial Boloña encabezado por el joven y no menos sabio director-editor Mario Cremata Ferrán.

El texto, presentado en el Aula Magna del Colegio Universitario de San Gerónimo de La Habana, tiene vasos comunicantes con la historia, no pretende ser un diccionario de cronologías personales, y si un testimonio donde vibren los personajes que oscilaron en torno al protagonista.

El gran público conoce al Céspedes de la Demajagua, dando libertad a sus esclavos, o al de San Lorenzo, ya cegato por la edad y solo por la maldad de quienes le depusieron como presidente, pero viril y enérgico para empuñar su arma y contrarrestar al enemigo numeroso que le persigue aún en el confinamiento a que lo relegan los malos cubanos.

Menos son los que saben del elegante y natural varón seductor, del docto políglota y del voraz lector de cuanto volumen filosófico o científico apareciera en su época, autor él mismo de elevada poesía y estremecedora dramaturgia. Animador de la cultura local, de tertulias y compositor musical, sin dejar de estudiar agrimensura, y cuanto permitiera entender la sociedad y el ser humano circundante.

Unas páginas sin dudas que dejarán circular entre cubanos y humanos a un Carlos Manuel mucho más admirable, más terrenal en días de turbulencia política y acechante desmemoria. Un Céspedes fundador de pueblo, quizá, del decir de Acosta de Arriba, el primero y más autentico homenaje desde la cultura cubana  en el cercano bicentenario.