Cuentos sin pudor. Palabras de presentación

Cuentos sin pudor. Palabras de presentación

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Ediciones UNIÓN
  • Durante la presentación. Foto: Luis Bruzón
    Durante la presentación. Foto: Luis Bruzón

Durante mucho tiempo la voz de las mujeres estuvo silenciada. Por muchos años la expresión de sus cuerpos, de sus apetencias, de sus sentimientos, debió ser acallada; otros hablarían por ella. La medicina, el psicoanálisis, la ciencia, la filosofía, la religión… nunca ella, o casi nunca. Desde los albores de la humanidad hasta hoy, a medida que el matriarcado fue perdiendo espacio, a medida que las desigualdades creadas por el excedente productivo iban creciendo, las mujeres vieron su espacio constreñido a lo íntimo. Una intimidad susceptible de ser expresada, pero cuyo testimonio permaneció ignorado o fue borrado de la memoria social (al menos se intentó borrarlo). Los cuerpos femeninos debieron ser disciplinados para hacerse redituables al nuevo orden, a medida que avanzaba el progreso científico y se iba estableciendo el dinamismo económico: el “tráfico de mujeres” estudiado y definido por Gayle Rubin, ocupó el lugar de la libertad.

Son los cuerpos sin voz de la publicidad, de la pornografía tradicional, los cuerpos circulantes de la prostitución y hasta del matrimonio. Con sus exigencias de belleza, de disponibilidad, de higiene, de renuncia, también. Por eso un libro como este se antoja inesperado. Porque, a pesar de todo lo que hemos conseguido a nivel de competencias profesionales, de participación social y política, de derechos públicos, las mujeres seguimos expuestas al juicio ajeno que piensa que la feminidad proviene de una disminución de la humanidad. De una pérdida de la voz o fingimiento de mudez (“Calladita te ves más bonita”). De un control sobre los propios deseos en espera de satisfacer los deseos del otro. De la disposición a servir a los demás antes que a una misma.

Sin embargo, la historia de las mujeres (y de su escritura, claro está) da cuenta de múltiples gestos de rebelión, de desacato, de rebeldía. Esos cuerpos sin voz cuchichean, conspiran, gozan a solas, luchan por sus derechos. A menudo, incluso juegan con la imagen dada de la mujer, con la más convencional feminidad, para torcer el camino y llegar a la libertad.

El libro que Ediciones UNIÓN presenta hoy puede leerse en esas múltiples encrucijadas de la historia, de la cultura, de las relaciones de género. Los cuentos de Lourdes de Armas son la expresión de esos debates sobre la feminidad. Narradas en su mayoría en primera persona, y también en su mayoría por un personaje femenino, las historias que cuentan exponen esos múltiples contextos del ser mujer en Cuba hoy. La pérdida del amor a causa de la emigración; la añoranza de perderse de un mundo opresivo y cuya escasez de medios anula la capacidad de imaginar un espacio de realización; las socorridas tretas para sortear los inconvenientes laborales; el inevitable encuentro con la mezquindad ajena; los malentendidos inevitables de una relación en ciernes; la dificultad para asumirse como “perfecta casada”; el duelo obligado entre la religión católica y el placer carnal; la pericia demostrada para complacer, el aprendizaje de ser atractiva; la docilidad, la confirmación (a menudo irónica) de la propia incompetencia; la revuelta contra el dictum del temor obligatorio.

Herederas de las putas, de las brujas, de las curanderas, de las artesanas, de las conspiradoras, las protagonistas de estos cuentos narran sus experiencias en primera persona. Eligen hablar con voz propia, con el lenguaje simple y cotidiano que no alcanza a negar, sin embargo, la capacidad de imaginar y crear. Estas son mujeres no solo con voz, sino con proyectos propios. Mujeres que eligen su propio camino, que hacen trampa, que reconocen sus apetencias, que hablan con desparpajo, sin vergüenza, sin ambages, sin pudor.

Por: Zaida Capote Cruz