De punta a cabo: reflexionar sobre nuestra identidad desde la danza

De punta a cabo: reflexionar sobre nuestra identidad desde la danza

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Acosta Danza, Carlos Acosta, identidad nacional
  • El joven director Carlos Acosta. Foto tomada de Radio Reloj
    El joven director Carlos Acosta. Foto tomada de Radio Reloj
  • Integrantes de la compañía danzaría. Foto tomada de Prensa Latina
    Integrantes de la compañía danzaría. Foto tomada de Prensa Latina

Cada vez resultan más interesantes las nuevas presentaciones de la compañía Acosta Danza. En la juventud de sus integrantes y en la de su experimentado director, se respira una voluntad firme de diferenciarse dentro del panorama danzario nacional. Entre sus objetivos está preparar y formar un repertorio propio; y apuntar a un resultado que progresivamente les sitúe en un orden jerárquico encomiable al mostrar dominio en una diversidad de lenguajes danzarios. Las sensaciones experimentadas por los bailarines en sus actuaciones y el enfoque artístico comunicativo hacia los públicos, están encaminados a acercarse a la pluralidad de sensibilidades e ideaciones en el mundo moderno de la danza, insertas en los matices de las vertientes actuales del arte. Crear desde una variedad de voces autorales dentro de esta compañía, es indicio de una concepción democratizadora, en abierta correspondencia con la época contemporánea.

El panorama expresivo del arte actual internacional, se torna deseoso de abrirse constantemente a explorar zonas conducentes a una amplitud mayor, porque el público se ha fraccionado y multiplicado, ofreciendo a la recepción un mayor mosaico de posibilidades, reclamando el derecho a percibir en las nuevas creaciones, no solo las inquietudes y aspiraciones de los coreógrafos, sino de acercarse a las demandas de las nuevas sensibilidades del público. Con la intención de ofrecer un arte dispuesto a seguir en su proyección esa nueva lógica de recepción comprometida y participativa que lo involucre emocional e intelectualmente.

Desde hace un tiempo, la antigua idea de encerrarse el arte en un determinado prototipo de público preferencial se ha ido desplazando a la capacidad de interesar a una gama más amplia de públicos, sin por ello implicar un descenso del rigor ejecutorio y cultural. El sujeto contemporáneo desde hace un tiempo atrás viene siendo atravesado por diversos intereses expresivos y de consumo artístico, incluso dispares, sin por eso crearse en él una crisis de conciencia en cuanto a su pertenencia y disfrute de gusto hacia uno u a otro campo artístico, siendo cada vez más plural en sus intereses culturales.

Ha surgido la idea, derivada de la práctica real, de un consumo múltiple del arte, que atraviesa sin conmoción ni crisis al propio individuo. Responde a ese condicionante de lo diverso despojado de contradicción interna, resultado de la promoción de nuevos caminos en la estética de la producción y la recepción de los valores artísticos. Se da a nivel del individuo, pero aún más al nivel macro de la cultura de una nación, cuyas segmentaciones de públicos no los hacen excluyentes de participar con satisfacción de proyecciones artísticas muy diferentes. Esa reunión en una misma persona de cruzamientos culturales variados es en la actualidad un hecho bastante común. No es un resultado circunstancial. Es el modo en que la espiritualidad contemporánea ha ido encontrando su propio camino diferenciador a consecuencia de empujes en los cuales se ven conducidos los individuos en esa dirección. Cobra protagonismo lo múltiple en estos tiempos —que a muchos molesta ser llamados posmodernos— como lo caracterizador de los tiempos que corren en el mundo. Todo intento de encaminarlo hacia una reducción estará condenado al fracaso, acá y en cualquier lugar donde se pretenda. 

En correspondencia con eso, la idea de identificación monolítica se ha desestructurado, abandonando esa visión reduccionista anterior por concebirse de una manera muy delimitada en sus aristas. Se ha tornado en su lugar cambiante, sin la fijeza de lo inamovible en su definición. Del mismo modo, a otra escala, la idea de identidad cultural de una nación se hace más quebradiza cuando se pretende hacerla circunscribir a un modo de ser dado que por estatismo deviene en una entelequia. Pretensión de cargarla de precisiones redondeadas porque en verdad, por el contrario, está necesariamente abocada a la no-fijeza, a la formación, renovación y cambio constante de su supuesta esencia. Lo inmóvil no es, ni será nunca, la más exacta formulación de la identidad, su cualidad distintiva per se. Parecería esto muy natural y fácil de ser reconocido por todos, pero no ocurre así en el día a día. De ahí que artistas esclarecidos expresen sus propias ideas, introduciendo notas disonantes al perfil de lo inmóvil, de la fijeza con la cual se anquilosa lo más genuino de la identidad cultural, la nuestra y en el modo de tratar a las demás. La cualidad más íntima de la identidad es la de ser mutante. Tal y como la mirada del niño en su camino a la juventud y la adultez observa los cambios de su imagen a largo plazo frente al espejo, mientras permanece la conciencia de su yo identificatorio en medio de la multiplicidad de cambios ocurridos en el transcurso temporal década a década.

Una identidad del Yo persistente, aun cuando en sus aspectos externos vaya cambiando de modo continuo, incluso sin darse cuenta en cada momento por lo sutil que resultan esos cambios operantes a largo plazo. A una nación no le es necesario mirarse constantemente al espejo, porque al igual que la persona, de hacerlo tan de continuo, establecería equívocamente como permanencia y fijeza lo que su naturaleza y dinamismo interno van modificando sucesivamente. Las naciones son siempre organismos mutantes. No necesitan constantemente volver una y otra vez sobre su modo de ser para afirmar su identidad. La cultura es performativa, huidiza, tendiente a escapar de una definición cerrada. Si se mira de un modo constante puede anclarse en ella y equívocamente creer que esa imagen de sí está abocada a ser constante. Con ello a querer perpetuar un modo de darse.

En cambio, cuando se asimila el dinamismo como la cualidad más inherente de la identidad, esa movilidad y cambio repercute en su modo de ser, de manifestarse en lo cultural. Será por consiguiente ese fluir lo que condiciona a la cultura el estar viva, no sujeta a la pereza, a la rigidez de lo inmóvil. En lo interno, la cultura de la sociedad de la cual es expresión se reordena en los cambios que la agitan como si estuviera movida por un hervor, un fluir burbujeante de formas y modos de expresión, cuya diversidad emergente instituye la riqueza dinámica de su identidad cultural. Esto es a nuestro juicio el vórtice de ideas creativas desde el cual, el bailarín y coreógrafo cubano Alexis Fernández (MACA) ha concebido su espectáculo danzario titulado De punta a cabo, para la compañía Acosta Danza. Desde el título proclama su proyección conceptual, arraigada con habilidad en la sabiduría de la cultura del habla popular cubana: la de apropiarse y no dejar fuera, la de incorporar, cuanto sirva de definición a la efervescente multiplicidad del ser de lo nacional.

Lo cultural es vía para definir en sentido amplio a la nación como la expresión de una polifonía, es decir, aquella donde las voces autorales y no autorales tienen personalidad por modesta que sea, con el derecho a mostrarse de una manera directa en su dimensión singular, sin mediación relatora de otros, por ser conciencias no reducibles a ser absorbidas pretensiosamente bajo supuestas abstracciones, sustractoras e inhibidoras de su auto-representatividad. Esas voces individuales están deseosas y necesitadas de dar a conocer su modo de comprender y de ser, sin por ello afectar a las demás entidades, porque el concierto global se logra mediante la concurrencia de todas las singularidades distintivas en los modos de expresarse. Acá, en esta pieza danzaria, se da en los modos de moverse los cuerpos en múltiples direcciones, preferentemente formando agrupaciones. Conservan sus voces individuales en sus privativos movimientos corporales en medio del torrente danzario de esas agrupaciones coreográficas. La simultaneidad y coexistencia de las voces corporales diferentes de los bailarines (en representación de sujetos), no impide la creación de conjunto de una partitura común, con el reajuste interno de las discrepancias en el sentido direccional de sus voces personales danzarias porque forman un conglomerado variable con un ordenamiento interno en cada momento, a pesar del aparente caos que supone articular lo disímil.

Al jugar MACA con el carácter semántico del referido paratexto “de punta a cabo”, establece una operatoria representacional, la de mediante el juego entre los bailarines, referirse creativamente muy en serio respecto a la naturaleza de la complejidad cultural de la nación y del consiguiente ser de las personas.

El intento de mostrar un panorama generalizado de la variedad de los modos de expresión danzaria de los jóvenes escenificados --coincidentes con las edades de los bailarines— de bailar literalmente “en punta” hasta cubrir un amplio espectro de modos danzarios populares callejeros, enuncia el amplio diapasón de los objetivos conceptuales de esta puesta.

Confieso que me pareció de escaso interés cuando la observé en la presentación realizada en una temporada anterior. Entonces no me movió escribir sobre ella. Hoy me propongo reconsiderar por completo esa impresión. Prueba de cuán diferente puede ser apreciada una pieza en distintos momentos aun por un observador crítico, pues las obras de arte reclaman una atención y serenidad de espíritu que trasciende el inicial rechazo o deslumbramiento provocado. Ambas posturas del juicio extremo, se tocan cuando no se abordan con un meditar a fondo en sistema. Por eso, ahora reconstruyo y fundamento mi visión e impresión inicial de la obra en aquel momento.

A nivel de las ideas donde se mueve esta pieza danzaria, la idea de mostrar una identidad cultural persistente como un modelo referencial obligado en la valoración de lo existente y en lo nuevo por surgir, se convierte en una trampa, en freno, pues se haría pasar por el tamiz de su aceptabilidad o no, de acuerdo a la correspondencia con lo instituido como identidad predeterminada que ha sido revestida como un constructo de valor permanente. A eso apunta, al introducir la imagen dominante del Morro de La Habana como un telón de fondo que permanece a lo largo de toda la puesta.

Se trata autoralmente por Alexis —a mi manera de interpretar la obra— la de poner en crisis de representatividad a la imagen de una identidad cubana concebida prácticamente inmutable. Ese es el móvil mayor que aquí le arrastra, su preocupación creativa central. Es elocuente en la imagen del Morro, el cual permanece simbólicamente inalterado en la escena como lo ha sido básicamente en su realidad física pese a los embates sufridos en el transcurso de su historia centenaria. Esa idea de lo detenido en el tiempo, nada cambiable frente al barrido histórico de la vida de las personas durante las épocas subsiguientes, es un signo de alto valor semántico. Su presencia connota no a la ciudad sino a Cuba en la función semiótica sustitutiva del signo. Aparece invariable la imagen casi hasta en su iluminación, denotando así una extrema fijeza. Su imagen resulta equivalente a la de un icono bizantino, es decir, a una imagen sacralizada, venerada por todos, según los dictados oficiales que pautan y norman los valores histórico-culturales de la nación. Imagen enaltecida a ser acatada en acto de fe pública.

El muro simulado escenográficamente del malecón actúa de límite separador, no como se acostumbra de frontera nacional. Sirve para separar a los bailarines de esa imagen iconográfica del Morro, como si esta imagen deviniera un muro, una pared de fondo que soporta una imagen convencionalizada, simbólica de lo identitario. Resulta una imagen-espejo en el cual supuestamente debemos vernos permanentemente, en buscar siempre acercarnos a la identificación que comanda. Se convierte a nivel conceptual en una imagen ontológica, metafísica, abstracta e inamovible, situada más allá de lo accesible al estar denotativamente separada por el muro y el mar. El muro del malecón refuerza esa construcción conceptual de cierre, de borde, de distancia inatrapable en su dominante omnipresencia. Frente a esta imagen que opera como absoluto identificatorio, se da espacialmente otra dimensión, la del lado interno del muro en el cual nos encontramos los bailarines y todos nosotros como espectadores.

En agudo contraste a lo invariable de aquella imagen persistente del Morro, se da una pluralidad de presentaciones y gestualidades de las individuales danzarias.  El vestuario funciona de modo altamente caracterizador, reforzando en sistema la multiplicidad de las imágenes individuales portadas por cada uno de los bailarines. El objetivo de la vestimenta creada con sumo acierto por el experimentado diseñador Vladimir Cuenca, a petición seguramente del coreógrafo, es dar esa imagen plural, pues sugiere esa infinitud de posibilidades expresivas de los bailarines en representación sociológica actual de los jóvenes cubanos. Las individualidades de sus vestuarios connotan personalidades definidas, no reducibles a una expresión visual unificada, esa propia con la cual se sienten a gusto e identifican personalmente. Tienden a lo diferente los detalles del vestuario, unido a la gestualidad y el movimiento corporal danzario de cada uno, a llevarse sueltas las prendas de vestir con un toque desenfadado, fresco, juvenil, sin jamás ser camisa de fuerza.

Es por demás muy significativo que este grupo numeroso de bailarines, hombres y mujeres, no se mueva aislado, fragmentado, desintegrado. Es un signo de las gentes reales, de la nación como tal. Unos se muestran más felices, otros más introspectivos, pero formando siempre movimientos coreográficos de conjunto, a la manera de agitadas olas. En modo alguno ofrecen alguna insinuación de uniformidad en ese bullicio de aspiración a la representación callejera de lo multiforme. Por momentos, los bailarines se engloban en acciones de pequeños grupos formando coreografías participativas Se mueven siguiendo la fuerza de una energía común, de acá para allá, espacialmente de “punta a cabo”, como su título refuerza, con las implicaciones conceptuales que arrastra consigo esa entrega a la excitante participación masiva del fluir dentro de la sociedad.  Lo genuinamente identitario de lo nacional se da en ese fluir constante, múltiple, indetenible del gesto corporal en la vitalidad inapagable que los anima en representación de semejanza metafórica a la compleja diversidad del universo social cubano. Los bailarines se mezclan constantemente. Al igual de las gotas del mar no pierden su condición singular al participar del todo plural.

Hay un viejo adagio del refranero que transita también por el pensamiento científico y filosófico de que, movimiento es cambio. Lo es en lo espacial y lo temporal de lo epocal. El movimiento es signo artístico de la intensa vida de la juventud nacional cuando este movimiento se agita y crea figuras coreográficas cambiantes. Esa es la imagen grupal ofrecida. En contraste con la inmutabilidad de la imagen del Morro, convertida en icono, en extremo posicionado como baluarte defensivo de la pureza de lo identitario al cual dado para contrastado en su postura incólume, ajeno, no participativo del agitado fluir de la vida; se queda fuera de la actividad que envuelve a todos. Esa imagen monumentalizada del baluarte defensivo da en la sobredimensión de su escala el peso ejercido por la fijeza petrificada, denotado por demás de manera retórica en la condición pétrea de sus muros y del peñasco rocoso sobre el cual se levanta.

Lo sonoro es usado como una matriz modélica de la cultura nacional. La imagen metafórica sugerida de la Bella Cubana, emblemática pieza musical de nuestro repertorio nacional, funciona de eje estructurador de la continuidad y permanencia axiológica de nuestro ethos cultural en los atributos asociados de belleza y cubanía. Aunque esta musicalidad se escucha acompañada de nuevas sonoridades, estas no la ocultan. Permanece audible detrás. Es cierto, adquiere algunos matices diferentes, sin embargo, permanece y puede perfectamente reconocérsele. Del mismo modo, la nación va transitando históricamente, reorganizando sus componentes culturales, mientras permanece una sedimentación, un sustrato esencial de su identidad.

La cultura es verdadera cuando articula su función preservadora y de cambio. Esa es la idea de fondo proclamada por esta obra. No es solo en lo fijado de la imagen cultural, porque eso resulta desgaste, muerte, inautenticidad. Los dos procesos, de preservación y cambio son igualmente necesarios. No han de verse separados. Los dos han de cabalgar juntos para la salud y beneficio de la cultura de la nación, en la dupla de continuidad y renovación. ¿Qué si no es la actitud de vanguardia en cualquiera de sus manifestaciones, no sólo artística, la cual decididamente da un paso renovador sobre lo instituido, sobrepasando lo convencional y envejecido, que fuera incluso legítimo en su tiempo, y adelanta a la nación a un camino e imagen renovada, sin olvidar sus raíces, enlazada profundamente a estas?

Lo persistente no ha de ser, sin embargo, demasiado absorbente de las energías necesarias a las nuevas ramas nacientes del árbol de la cultura y la nación. Tampoco se trata de convertir en cenizas lo antes logrado para erigirse en su nuevo camino. Es hacer que lo precedente sea simiente de nuevos frutos, sin freno a las nuevas etapas de la nación, porque ha de hacerse reverdecer incluso lo valioso de lo aun apagado y mustio, dando paso a las fuerzas afirmativas, renovadoras de la vida. El percibir un horizonte abierto, con un estadio de alcance y visibilidad mayor, es posible cuando las fuerzas del cambio se unen con lo precedente alcanzado y se encuentran nuevos espacios de acción.

La identidad no es fijeza ni podrá nunca serlo, sino permanente intercambio entre las necesidades y modos de expresarse los nuevos tiempos, amalgamándose con las sedimentaciones culturales que le confieren esa continuidad. De ese modo se perpetúa en sus fundamentos y se hace actual. La lógica de imbricación entre permanencia y cambio le asegura esa línea directriz. ¿Qué nación en el mundo puede asumir su identidad como lo invariable ad eternum? Ese es el proceso natural de las evoluciones en las culturas de las naciones. No por ello sus habitantes pierden la conciencia de su pertenencia. Al contrario, esa mutación les enriquece, pues introduce vertientes antes desconocidas.

La dinámica en la cultura de las naciones da lugar en ese aflorar de lo diverso y lo nuevo emergente a la enriquecedora ampliación de su identidad. Una nación aspira a permanecer en el tiempo histórico como ente singular diferenciado de los demás, pero jamás lo hace basado en la fijeza sino en la permanente reformulación de su ser. Quienes no sepan leer en el libro de la gran historia de la nación no tendrán más que un horizonte limitado, serán víctimas de su ceguera. El porvenir le pertenece a la cultura, siempre con la vista hacia adelante. Siempre abierta a las expresiones de la vanguardia. Esa que rompe las barreras de los encierros. Esa es la marcha de la historia de la cultura, de todo cuanto emerge y pasa a engrosar el tejido de lo existente. Todo cuanto la fije se convierte en su antípoda porque la frena o la detiene. Cuanto de nuevo enriquecedor se incorpore la hace crecer. Y esa es la naturaleza de los procesos culturales. Desde ese enclave conceptual esclarecido es de donde creo se resume el sentido y las heterogéneas formas danzarias y musicales de la obra De punta a cabo de Alexis Fernández (MACA) por la compañía Acosta Danza. Una puesta de interés reflexivo, deliciosamente provocadora, que debe ser observada preferentemente más de una vez para percibir la tesitura de su dimensión conceptual.