Diez millones: la mirada inquietante de Carlos Celdrán

Diez millones: la mirada inquietante de Carlos Celdrán

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Escénicos, Argos Teatro, Carlos Celdrán
  • La obra es un viaje oscuro y tormentoso, pero necesario a los abismos del recuerdo.
    La obra es un viaje oscuro y tormentoso, pero necesario a los abismos del recuerdo.

Con razón Argos Teatro está de fiesta: son veinte años en escena y a su director, Carlos Celdrán, le han entregado el Premio Nacional de Teatro correspondiente al año 2016. Ahora viene a sumarse a ese júbilo el estreno de 10 millones, obra que muchos sabían de su existencia y esperaban verla montada sobre las tablas.

Si algo fascina a los fans de un autor es saber de improviso que tendrán acceso a la correspondencia o al diario íntimo de esa persona que han seguido con entusiasmo a lo largo de años. Que Celdrán confiese ahora que 10 millones nació, como un diario personal hasta convertirse en material para la escena, es suficiente para llegarse a la sede de Argos Teatro, en Ayesterán 307 esquina 20 de mayo, y sumergirse en los recuerdos de una autobiografía privada.

De eso trata 10 millones, un viaje oscuro y tormentoso, pero necesario a los abismos del recuerdo, una travesía angustiante que intenta apresar y reconstruir cuanto la memoria tiende a olvidar. Es un rotundo no a enterrar recuerdos como mecanismo para sobrevivir, una apuesta a dejar sin defensas la amnesia colectiva que pretende desheredarnos de quienes fuimos. Es un relato del olvido, diría Celdrán, un ejercicio balbuceante donde habitan todos los pasados.

A través de palabras simbólicas que va escribiendo el autor (interpretado por Waldo Franco) en una pizarra (sueño, viaje, terapias, álbum, 1969, año de la educación, política, 1970 ¡Los diez millones van!, el último verano, 1980 masa y poder, epílogo, La Habana 2012), se asiste a la reconstrucción de una vida, desde la adolescencia hasta la adultez, una existencia dominada por la incomprensión, el desasosiego, la incomunicación y la confrontación de ideologías.

En el medio de una relación matrimonial marcada por el fracaso desde la primera noche de bodas y la tirantez del divorcio, él (Daniel Romero) vivirá su adolescencia entre la madre (Maridelmis Marín), bella, dominante, quien ocupa cargos de dirigente en la política del pueblo. Una mujer confiable y con poder. Del otro lado el padre (Caleb Casas), a quien el hijo visita periódicamente. Solamente eso, visitas, dirá la madre, que encarnan el peligro porque el padre es un heredero de la burguesía, “el perfecto ejemplar de un mundo en decadencia”. Si para ella la política fue una pasión y una revelación que “ya no es”, en cambio para él siempre significó una catástrofe.

Aun asfixiado por esa partición de aguas, el hijo no renuncia al padre. Su relación con él es armónica y relajante como si se sintiera libre de la presión tiránica que ejerce su madre constantemente sobre él.

Aquí entra en juego otro elemento medular: el adolescente asoma constantemente una debilidad preocupante. No dudará incluso de propinarle una golpiza tremenda con tal de arrancarle “su oscuro comportamiento”.  

Luego vendrán más humillaciones: dibujar sobre una pizarra los cuerpos del hombre y la mujer, desarmar y armas juguetes, ejercitar boxeo para golpear sin piedad, ¡y cuidado con ser golpeado!, hasta ser llevado a una consulta médica para convertirse en material de estudio. “Perjudico el progreso del resto, no lo dicen, pero lo piensan”, “encerrado en mí entre ellos, una amenaza a mi alrededor crece”, “es triste la mentira, la vergüenza de actuar para demostrar hombría, prefiero llorar”, son algunos de los demonios que se apoderan de su pensamiento. A cambio, asume la distancia, el estupor, ante la incomprensión, el rechazo y el miedo paralizante que lo hace sentirse un extraño dentro de su familia y la sociedad que lo margina.

Otros acontecimientos sacuden esta acorralada adolescencia. La terrible experiencia de la beca, lugar sin hospitalidad para él, donde le roban sus pertenencias, y sostiene el peso de la burla, la soledad y el desprecio. Cuando irrumpen los sucesos de la “embajada ocupada” del Perú integrará uno de los destacamentos juveniles de repudio, tirando huevos contra las personas y piedras a las casas, “gritando lo que otros han dicho que gritemos”. Por esos tropiezos del azar, su padre es uno de los que ha pedido asilo y él padecerá la vergüenza de formar parte del coro de los insultos.

Cuando definitivamente el padre logra emigrar a Estados Unidos, la madre gritará al hijo: “Irse así es morir, desaparecer. Sólo existe el presente, continuar, existir”. Cuando asistimos al desarrollo de ese presente, de ese continuar, de ese existir, vemos que esa capitana también emigra al mismo país y monta un floreciente negocio. Sus vidas políticas ya son parecidas. El hijo observa como las desavenencias y los abismos ideológicos insalvables de sus padres dialogan hasta el punto que uno es republicano y el otro es seducido por las propuestas de la campaña electoral de Obama.

Si bien ese hijo ya adulto, con una vida propia y dedicada al teatro, los visita en Estados Unidos, almuerza con ellos, se llaman y escriben de vez en cuando, lo mejor de 10 millones está en lo que no se dice, en la capacidad para sugerir lo que no necesita ser nombrado, en la destreza para evocar el daño, errores y malentendidos, en fin, la memoria histórica que pretende ocultarse. Tenemos todo abril y gran parte de mayo para asistir al derrotero de una experiencia que invita a recorrer las tribulaciones de un adolescente de provincias, su esfuerzo por reconstruir una época que, aún con sus desmanes, le dio la oportunidad de trazar su destino y hacerse cargo de él.