Dos libros medulares y un Premio: a cincuenta años del David

Dos libros medulares y un Premio: a cincuenta años del David

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Escritores, premio David
  • Lina de Feria, autora de Casa que no existía, Premio David 1967. Foto tomada de La Jiribilla
    Lina de Feria, autora de Casa que no existía, Premio David 1967. Foto tomada de La Jiribilla
  • Cubierta de la primera edición de Cabeza de zanahoria, Premio David 1967. Foto tomada de La Jiribilla
    Cubierta de la primera edición de Cabeza de zanahoria, Premio David 1967. Foto tomada de La Jiribilla
  • Cubierta de la primera edición de Casa que no existía, Premio David 1967. Foto tomada de La Jiribilla
    Cubierta de la primera edición de Casa que no existía, Premio David 1967. Foto tomada de La Jiribilla

En 1967 el Premio David inició su recorrido en el panorama literario cubano con la premiación de dos libros medulares para la poesía que entonces comenzaba a gestarse como parte natural del proceso revolucionario cubano. Dos libros fundacionales del premio y de buena parte de la poesía cubana caracterizada, entonces, por su fuerte matiz conversacional; un premio que anunciaba las voces de sus jóvenes autores como parte ineludible de la lírica cubana de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.

Cabeza de zanahoria y Casa que no existía, de Luis Rogelio Nogueras y Lina de Feria, respectivamente, inauguraban un premio que hoy arriba a sus primeros cincuenta años de existencia y fundaban, asimismo, con ese acto de bautismo editorial concretado con la publicación de los libros un año después, sendas cosmologías líricas que caracterizarían las posteriores obras de estos autores.

El Premio fue instituido en 1967 por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) con el objetivo de promover la obra de los jóvenes escritores cubanos inéditos, inicialmente en el género poesía y luego en cuento, teatro, ensayo y ciencia ficción, este último entre 1979 y 1990. Así, de alguna manera, el Premio acompañaba literariamente en sus inicios los avances del proceso revolucionario a menos de una década del triunfo de 1959, mediante la visión que sobre este proceso —en medio de cambios sociopolíticos, campañas, confrontaciones generacionales, movilizaciones, cambios de un viraje asombroso como avalanchas incontenibles— tenían los jóvenes autores de la Cuba de entonces.

De alguna manera ambos escritores —Lina y Nogueras— representaban lados contrarios pero equidistantes en una balanza generacional entonces contrapuesta. Lina, nacida en Santiago de Cuba en 1945, estaba asociada y pertenecía a la llamada generación de Ediciones El Puente, con José Mario Rodríguez a la cabeza, grupo contra quien el suplemento Lunes de Revolución, perteneciente al periódico Revolución, órgano oficial del Movimiento 26 de Julio, mantenía una relación altamente displicente y agresiva, usando términos pasivos para la realidad: “La relación diferencial que asumen los escritores de Ediciones El Puente con respecto a Lunes de Revolución está rubricada desde un espacio de luchas por el control de la representación en que se hallan inscritos, y los gestos de ruptura que asumen con respecto al semanario y los creadores vinculados a él”, escribe Alberto Abreu Arcia en su su libro Los juegos de la Escritura o la (re)escritura de la Historia, Premio Casa de las Américas 2007.

El Puente reunía, bajo su nómina, a jóvenes autores como José Mario Rodríguez, Isel Rivero, Georgia Herrera, Rogelio Martínez Furé, Lina de Feria, Mercedes Cortázar, Nancy Morejón, Gerardo Fulleda León, Miguel Barnet, Ana María Simo, José Ramón Brene… Ediciones El Puente —luego de las luchas generacionales, matizadas por cuestiones meramente políticas, mencionadas con anterioridad por Abreu Arcia— desaparecería completamente en 1966. Ese mismo año nacería la revista El Caimán Barbudo, auspiciada por la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y la Brigada Hermanos Saíz, con Jesús Díaz al frente.

En cambio, Nogueras, nacido en La Habana en 1944, es miembro fundador de la primera generación de El Caimán Barbudo, cuyo manifiesto fundacional, aparecido en el primer número de la publicación bajo el título “Nos pronunciamos,” fue firmado por él junto a Jesús Díaz, Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez Rivera, Félix Contreras, José Yanes, Helio Orovio, Froilán Escobar, entre otros. En él se lee: “Consientes de la profunda militancia, y que los dogmas no han hecho siempre sino frenar el desarrollo de la cultura, alentaremos la investigación en todas las esferas sin olvidar que somos hombres de una época, hombres de una revolución, hombres de la Revolución Socialista de Cuba, y que a ella nos debemos”.

En este contexto histórico nace el Premio David, cuyo primer jurado estuvo integrado por los poetas Luis Marré, Heberto Padilla y Manuel Díaz Martínez, quienes decidieron premiar de manera compartida los libros de Lina de Feria y Luis Rogelio Nogueras. Poemarios, de alguna manera, diferentes estilísticamente, pero en los que afloran, como debían hacerlo, sin dudas, las obsesiones, pasiones, temores de una generación que comenzaba a manifestarse creativamente en los primeros años de la Revolución cubana. Hay un hálito generacional común en ambos libros, aunque el de Lina sea más introspectivo y cotidiano que los versos en ocasiones cosmopolitas, referenciales y comprometidos de Nogueras. El acta, respecto al libro de Nogueras, asegura que “…es notable por su variedad de temas dentro de una unidad formal, su manejo de elementos cultos y su origina voz poética, que lo distinguen entre los de su generación”.

A propósito de Casa que no existía, escribe la narradora y poeta Lourdes González en las palabras introductorias de la edición holguinera de 2013: “Lina de Feria quiere desde este libro que veamos los contornos de las situaciones, que fijemos nuestra casa inexistente dentro de un paraje que va transformándose hasta la hoja final. Y es en esa intensión y en el ahorro de palabras para evidenciarla que Casa que no existía entra con fuerza en el misterio de algunos poetas que escribieron en los sesenta en Cuba. Su lenguaje es preciso y precioso, no equivoca, no confunde, no es coloquial, no es críptico. No es usado para camuflar porque para eso están las figuras del poema que aluden a lo que se muestra y oculta a la vez”.

En Casa que no existía —dividido en las secciones “La parentela”, “Poema para la mujer que habla sola en el parque de calzada”, “Del escribano y su invención”, “Poema tras la crisis” y “La etapa” — se leen versos como estos que conforman el poema V de la última sección: ha vendido sus cartas. ha quemado/ sus naves menores./ la familia se largó de cuba/ dejándolo con su cinto viejo/ y los libros más políticos./ el techo se mira y es un puntal tan alto/ la casa está tan justamente sola/ el desayuno tan contrario a toda maternidad./ la firmeza no se explica en una cuartilla/ y el arte poética/ quede en su mirada de búfalo.

En el libro de Nogueras —nos dice su amigo Guillermo Rodríguez Rivera— encontramos “la evasión con respecto a un discurso centralizador mediante el despliegue de la parodia y del «arte menor». Está hasta en esa «pessoniana» búsqueda de los heterónimos, de un alter ego que permita escapar de la cadena de hierro —personal, epocal, estilística— que el propio o impone”.

Cabeza de zanahoria, “uno de los libros importantes aparecidos en la Cuba revolucionaria”, nos recuerda Roberto Fernández Retamar en la contracubierta de la última edición cubana, publicada por la Colección Sur Editores de la UNEAC en 2012, se produce en un período de auge de la poesía conversacional en Cuba. Dividido en cuatro secciones — “En familia”, “Uno se dice”, “Discursos”, diálogos” y “Los hermanos” — inicia temáticas y obsesiones que luego Luis Rogelio retomaría en otros libros: por ejemplo, el poema “La muerte del abate Asparagus” aparece después, ampliado, en El último caso del inspector. La muerte es también palpable en buena parte del poemario, no solo en el poema referido al fallecimiento del abuelo, donde escribe: “Abuelo duerme su gran sueño. / Cómo dura la muerte del abuelo”, sino también en los versos dedicados a los poetas muertos en la sección final (Horacio Quiroga, Ezequiel Estrada, Federico García Lorca, Gérard de Nerval, Cesare Pavese, André Breton, Dylan Thomas, César Vallejo) y en todo el poemario como una especie de hálito generacional.

Luis Rogelio Nogueras (Wichy el Rojo) falleció en 1985, luego de escribir títulos memorables como Las quince mil vidas del caminante, El cuarto círculo, en colaboración con Rodríguez Rivera, Y si muero mañana, Imitación de la vida y El último caso del inspector. Es autor, además, de los guiones de los exitosos filmes El brigadista, Guardafronteras y Leyenda. Su obra fue recogida en la antología poética Hay muchos modos de jugar, publicada en 2006 por la Editorial Letras Cubanas con prólogo del propio Rodríguez Rivera y selección de Neyda Izquierdo.

Por su parte, Lina de Feria, luego de una especie de ostracismo injustificado que sufrió su obra y su persona, reaparece en el escenario nacional con libros esenciales en la comprensión de la lírica cubana como A mansalva de los años, publicado en 1990 y Premio de la Crítica el siguiente año, Espiral en tierra, El ojo milenario, Los rituales del inocente, A la llegada del delfín, El libro de los equívocos, El rostro equidistante, País sin abedules y Ante la pérdida del Safari a la jungla. Lina —redactora y editora luego en medios como el propio El Caimán Barbudo, Juventud Rebelde, Casa de las Américas, Radio Enciclopedia y la Editorial José Martí— ha sido nominada en varias ocasiones al Premio Nacional de Literatura por una obra amplia, profunda y portadora de múltiples referentes para los jóvenes escritores cubanos.

Ambos autores nacieron en los primeros años de la década de 1940, se formaron intelectualmente en los primeros años de los convulsos 60 —Lina con José Mario y Ediciones El Puente, y Nogueras bajo la égida de El Caimán Barbudo— y sus libros, Casa que no existía y Cabeza de zanahoria, inauguraron en 1967 el prestigioso Premio David y con ello una estética propia, voces medulares de un profundo lirismo y el inicio de una impronta generacional que aún tiene mucho que decir y aportar en el complejo y variopinto escenario de las mediaciones culturales en Cuba.

 

Notas:

Las citas y referencias a ambos libros fueron tomadas de las últimas ediciones, hasta donde se tiene entendido, publicadas en Cuba: Cabeza de zanahoria, Luis Rogelio Nogueras, Colección Sur Editores, UNEAC, 2012; y Casa que no existía, Lina de Feria, Ediciones Holguín, 2013.