El humor también es un ejercicio intelectual

El humor también es un ejercicio intelectual

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  • Osvaldo Doimeadiós fue merecedor del Premio Nacional de Humorismo en el año 2012. Foto tomada de Cubadebate
    Osvaldo Doimeadiós fue merecedor del Premio Nacional de Humorismo en el año 2012. Foto tomada de Cubadebate

Cuando se menciona a Osvaldo Doimeadiós, en Cuba, enseguida se piensa en un actor totalmente comprometido con su profesión. Este gran hombre de las artes escénicas lo mismo puede provocar la más sonora de las carcajadas que interpretar un personaje dramático con la mayor organicidad del mundo. En los últimos tiempos, ha sido reconocido por su descollante trabajo de dirección para una joya titulada La cita, obra escrita por su hija Andrea Doimeadiós quien, además, comparte las tablas con la multipremiada actriz Venecia Feria.

Conversar con el Doime es un verdadero lujo. Cada una de sus intervenciones puede considerarse una suerte de clase magistal. Tiene mucho que compartir con los lectores acerca del humorismo que se realiza actualmente en la Mayor de las Antillas e incluso, más allá de sus fronteras físicas.

Tuvo el privilegio de vivir la etapa de gestación del Centro Promotor del Humor (CPH), una institución de la cual fue su primer director y que, además, hace pocos años lo galardonó con el Premio Nacional del Humor.

Como bien se conoce, el grupo de humoristas cubanos que surgió en las universidades en la década de los 80, como parte del movimiento de artistas aficionados, fue el embrión del futuro CPH. ¿Considera que nació como resultado de una necesidad estética, un proceso de ruptura o de continuidad con la tradición vernácula anterior que existía en nuestro país?

–Yo diría que las tres cosas. El humor fue continuador de una tradición arraigada, tremendamente, en nuestro país. Fue también la mirada de jóvenes que estudíabamos en las universidades cubanas, a finales de los años 80 y teníamos una necesidad de expresión. Además, guarda relación con la pirámide social de esa época, que después se invirtió. En Cuba había un público con una elevada capacidad intelectual y el humor que se hacía tenía mucho que ver con los procesos culturales que se estaban viviendo.

En los 80, la mayoría de nosostros formábamos parte de grupos homorísticos. Había muy pocos solistas. Comenzamos nuestro accionar justo en las universidades y eso fue creciendo. Después, se fue gestando ese movimiento de jóvenes humoristas que se diferenciaba del humor costumbrista, tan de moda hasta ese momento, por el tratamiento temático, la aparición de nuevos personajes, el abordaje diferente de la burocracia y por la necesidad política que teníamos, como individuos, de participar del devenir social de la Nación.

Todos lo anterior, dio al traste, en los 90, con la fundación del CPH por una necesidad también de resistencia, de sobrevivencia y de organización que ha sobrevivido hasta el día de hoy. Las expresiones culturales más golpeadas y más marginadas son las que sobreviven, con más fuerza, en los períodos de crisis. Ahí están el humor y el circo que son expresiones preteridas de los entornos aceptados como alta cultura. El humor de los 90 fue una afirmación de toda la identidad nacional.

¿Pudiera afirmarse entonces que el CPH es un logro de los humoristas cubanos?, ¿Existe una entidad similar en otras latitudes?

–Creo que es un logro de los humoristas contar con un centro que promueva y organice el trabajo, sobre todo, que apueste por el desarrollo del género y organice el Festival Nacional del Humor, Aquelarre y su evento teórico. No tengo referencia de que exista un centro, concebido a la manera de este, en otros lugares del mundo aunque si se han creado agencias de comercialización para los humoristas.

¿Cuáles son los ingredientes necesarios para hacer un buen chiste?

–Ante todo, tiene que haber componentes esenciales como son: la preparación, el desarrollo y el desenlace. Debe existir un antecedente claro, una exposición. Son casi las mismas leyes del drama, donde hay un objetivo, un conflicto y un obstáculo.

El chiste puede ser de situación, de palabras. Otros ingredientes importantes son: la sorpresa, la agilidad, la síntesis y la precisión con la que se cuente la historia. Todos deben estar combinados de manera muy aritmética y el ritmo no puede fallar porque si no se cae el chiste.

En su opinión, ¿qué lugares comunes se pueden apreciar hoy en el humor cubano?

–Los lugares comunes que veo hoy están en los tratamientos temáticos a algunas zonas del humor como por ejemplo: cuestiones puramente domésticas, la mirada a los policías, a los orientales, a los homosexuales, a la comida, el transporte, pero abordados de la manera más chata y epidérmica. Hay muchos temas que se reiteran, relacionados con el costumbrismo.

Al humor cubano le hace falta una visión más periférica, más de distancia. En los ejes temáticos se deben trabajar zonas más universales que le puedan interesar a individuos de cualquier edad y país pero abordados desde la cultura, y la cultura también es el conocimiento.

¿Hasta qué punto considera que el humor pudiera ser una válvula de escape o una estrategia de subsistencia?

–No quisiera que el humor se viera solamente como eso porque el humor también es un ejercicio intelectual, es un ejercicio de la inteligencia del ser humano, es una manera de jugar y de ver el mundo, de armonizar y de polemizar con él.

Algunos humoristas cubanos residen en el extranjero o tienen contratos de trabajo en otros países. ¿Ese humor que se hace fuera de nuestras fronteras también se puede clasificar como humor cubano?

–Creo que si. El humor es como la música. No importa si la persona que lo hace se va a otra geografía. Hay un componente visceral ahí que tiene que ver con  nuestra tradición, con nuestros conceptos identitarios. Lo cubano tiene una manera de expresarse y puedes residir en Suecia, o en cualquier otro lugar del planeta, y desde allí hacer un humor cubano, con tus tradiciones, porque naciste en Cuba, escuchando música cubana.