El Lago de Viengsay

El Lago de Viengsay

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Escénicos, ballet cubano, Festival Internacional de Ballet de La Habana, Alicia Alonso
  • El lago de los cisnes en el 25 Festival de Ballet.
    El lago de los cisnes en el 25 Festival de Ballet.

La versión cubana de El lago de los cisnes, con coreografía de Alicia Alonso, escenografía de Ricardo Rey­mena y vestuario de Francis Montesinos y Julio Castaño, resume los aspectos esenciales que han hecho perdurar este título a lo largo de la historia de la danza: el triunfo del amor y del bien sobre el mal, la integración de plástica, coreografía y dramaturgia, que determina su depurado resultado artístico. Y, so­bre todo, las extremas exigencias técnicas e interpretativas, a las cuales deben responder tanto las primeras figuras como el cuerpo de baile.

Como en sus otras reconstrucciones de afamadas piezas coreográficas del pasado: Giselle, Coppe­lia, La fille mal gardée, el Grand pas de quatre..., Alicia Alonso sabe aprehender la médula estilística y conceptual de la versión original de Petipá e Iva­nov, para insuflarle ese aliento de contemporaneidad y síntesis que tanto se agradece hoy.

En su versión del Lago…, la es­tructura argumental, coreográfica y musical de Petipá, Ivanov y Tchai­kovski se realiza en tres actos y un epílogo. Viengsay Valdés, en el do­ble papel de Odette-Odile, en la sala Avellaneda del teatro Nacional, co­mo parte de las funciones del 25 Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso, estuvo intensa. Desde el primer instante, mostró una madurez a flor de piel, e hizo gala de su condición de figura ci­mera del Ballet Nacional de Cuba (BNC) al dominar de manera consecuente la técnica de su instrumento principal: el cuerpo. Porque una primera bailarina es aquella que sobresale por realizar hazañas físicas mediante los pasos técnicos, por supuesto, ejecutándolos a la perfección, sumando expresividad, estilo, elegancia, palabras claves para ser un destacado bailarín clásico.

Su segundo acto evidenció el te­són y el estudio del personaje para entregarlo de forma sutil, bordándolo con el gesto artístico que dominó durante toda la función, diferenciando cada uno —Odette-Odile— con to­das sus fuerzas. En el primero se rindió al amor, vibrando su alma presa desde el encierro en el cisne, transmitiendo su angustia, conjugando la poesía del movimiento. ¿Su mejor momento? En todos dejó la esencia del talento, pero si hubiera que escoger uno: el adagio, fértil terreno de lirismo extendido hasta ese port de bras del final del acto electrizante. En el cisne negro desató una fuerza arrolladora. Largos balances matizaron muchos instantes, giros espectaculares y de musicalidad extre­ma, sobre todo en la ronda de 32 fouettés, que recaudaron muchas ovaciones, para subrayarlas en los sautés arabesques (la famosa vaquita). Viengsay Valdés se ciñó una vez más la corona. Lástima que su partenaire, el primer bailarín del Ballet Nacional de España, Moisés Martín (príncipe Sigfrido), poco pudiera exhibir a su lado. Más allá de su altiva figura, los saltos y un balón es­pectacular que sorprendió desde su salida, técnicamente poco pudo de­mostrar, quedando siempre por debajo de su compañera, e incluso, como acompañante, tuvo inexactitudes, muy visibles, en la función.

En cuanto al resto del elenco, es importante resaltar la evidente capacidad de renovación, cada muy corto tiempo, del BNC, con nuevas figuras, una gran parte de ellas recién graduados de la Escuela Nacional de Ballet, que tienen una buena oportunidad de entrar por la puerta ancha, pero, al fin y al cabo, un enorme reto al en­frentar tamaña empresa. Sin embargo, es menester hacer hincapié en el estilo, siempre bien ceñido por los miembros de la Escuela Cubana de Ballet en el tiempo, y que no puede perderse. Especialmente, la homogeneidad en el baile de conjunto que en instantes faltó —primero y segundo acto—, la posición de brazos, la linealidad en las filas en el acto blanco, que ha sido siempre tan elogiado en nuestro BNC.

Vale destacar esa noche el enérgico pas de trois primer actode Cynthia González/Ginett Mon­cho/ ­Pa­tri­cio Revé, bailado con pasión, que recordó otros tiempos de la compañía y recibió rotundos aplausos. El elegante Von Rothbart de Yansiel Pu­jada, a pesar de su juventud, la dan­za española de los singulares Ginett Moncho y Rafael Quenedit, los dos cisnes de Ivis Díaz y Glenda García, y esos cuatro cisnes (Mauréen Gil, Mer­cedes Piedra, Adarys Linares y Chanell Cabrera), que aunque uno de ellos tuvo un desliz, mostró profesionalismo en ese instante.

Por otros caminos, el bufón del novel Francois Llorente necesita una revisión, excelente en el baile y provisto de condiciones técnicas, sin embargo, su personaje cruzó la frontera en cuanto a interpretación. Con un maquillaje, además, poco adecuado —más evidente en el tercer acto—, su bufón, por momentos, estuvo bastante alejado del estilo correspondiente, y más bien daba la impresión de llevar a la escena un comportamiento actual, lejano al mundo de las cortes, y ajeno al decir de esta pieza clásica. La Reina Ma­dre de Yiliam Pacheco —parece tan juvenil como el hijo— debe hacerse sentir más en la escena, y la Or­questa del Gran Teatro, conducida por el excelente maestro Giovanni Duarte, tuvo altas y bajas en la interpretación de la partitura en ciertos acordes, básicamente en los consabidos metales.

Tomado de Granma