El Leo, otro grande que dice adiós

El Leo, otro grande que dice adiós

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Escritores, Periodismo, diseño, música cubana
  • Leonardo, ausencia irreparable.
    Leonardo, ausencia irreparable.

Leonardo Acosta Sánchez nació el 25 de agosto de 1933 en la habanera barriada vedadense. Y se enorgullecía, acompañado de su risita mefistofélica, al decir: “Zumbado y yo somos los únicos almiquíes vedadenses que quedamos vivos”.

No vino en cuna de oro, pero sí de alta cultura. El tío Agustín era “el bardo de las carretas”. Y su padre, José Manuel, brillante fotógrafo, revolucionó tanto las portadas de las revistas como el diseño de autos norteamericanos.

Al vástago después lo hallaríamos, como intérprete del saxo, lo mismo en la orquesta Riverside que en la Banda Gigante de El Benny.

Pero era hombre multivalente, capaz de otear rumbos miles. Así, como ensayista, nos dejó con la boca abierta al recorrer las páginas de sus estudios musicológicos o sus meditaciones en torno a nuestros aporreados indiecitos americanos.

Y hubo más: el periodista, que estuvo entre los fundadores de Prensa Latina. Oficio que a ratos detestaba, por la cercanía del “periodista del medio farandulero”, quien “se complace en el culto al ídolo, a la estrella”, porque “ha tocado en el Sambódromo de Río ante cien mil espectadores o en el Coliseo de Roma ante diez mil gladiadores, ochenta leones, siete cocodrilos y un emperador”.

Fue la suya una modestia auténtica, no como muchas impostadas que, para nuestro mal, bien conocemos: “yo rechazo por instinto el protagonismo, el figurao, el autobombo”, “puedo decir —y perdona la comparación— como dijo una vez Borges: yo existo poco. Y mi personaje preferido sería el hombre invisible”.

Agréguese que era El Leo hombre de corazón límpido. Para concluir, allá va una anécdota que lo retrata.

Estaba en Guantánamo con la Orquesta de El Benny. Y después recordaría que allí lo único que hizo fue tomar ron y limpiarse los zapatos. Cuando se le interrogó sobre el porqué de tal comportamiento, declaró: “Tomar ron, por razones obvias. Y limpiarme los zapatos para que se ganaran unos quilos los infelices muchachitos limpiabotas”.