El peso de la dicha

El peso de la dicha

La vida de los escritores a veces suele ser solitaria cuando decidimos entrar a este mundo, ese que no es un camino total hacia la verdad, pero al menos intentamos despertarla, persuadirla y acomodarla en el mejor de los sentidos. Por mucho que busquemos respuestas adecuadas a veces no logramos convencer a plenitud, por eso también solemos equivocarnos. Es como una práctica del conocimiento donde nos damos cuenta que tenemos vacíos irremediables que deben ser ocupados por lecturas, relecturas y reescrituras que despierten nuevamente ese ritmo interior del creador.

Roberto Fernández Retamar nació en La Habana en 1930. Estudió Humanidades en la Universidad de La Habana (1948-52), donde más tarde se doctoró en Filosofía y Letras (1954). Gracias a una beca, profundiza sus estudios en las universidades de La Sorbona y de Londres; en la de Yale, ofreció un curso sobre literatura hispanoamericana y en las de Praga y Bratislava dictó conferencias. Quién fue director de la Nueva Revista Cubana (1959-60) y de la revista Casa de las Américas (desde 1965). En 1977 funda –y dirige hasta 1986— el Centro de Estudios Martianos. En 1985 se convierte en miembro de la Academia Cubana de la Lengua. Ha sido jurado de premios literarios prestigiosos.

Ha escrito más de una treintena de libros de poesía y ensayos, con numerosos premios nacionales e internacionales. También ha recibido varias condecoraciones dentro y fuera de la Isla.

Ritmo que no es igual al de los demás, para seguir adelante por la vida en este mundo del consumismo y los celulares hay que imponerse, aunque ellos también forman parte de nosotros, nos actualiza, nos lleva a las noticias como el de las llamas destruyendo el Amazonas y un presidente insensible en Brasil que no le importa nada porque solo le preocupan sus propios intereses, los que le dejen su seguridad en el poder sin importarle los más humildes como suelen hacer los malos presidentes. Y es ahí cuando abortamos toda idea prejuiciosa que se acomoda en lo escrito.

Temo que no soy la más indicada para escribir sobre un intelectual como lo ha sido y es Roberto Fernández Retamar, pero también creo justo que sea a su persona este homenaje porque, aparte de lo que hizo como intelectual y embajador de la paz, también homenajeó con su obra a hombres que aportaron a la literatura universal y a la revolución cubana parte de su creación.

Me gusta leer entrevistas, ensayos polémicos y constructivos, buenos poemas que me indiquen un laberinto menos doloroso. Hacer entrevistas, porque es interesante descubrir cómo piensa la gente dentro y fuera de mi isla, no importa su rumbo, solo saber del dolor que calzan, su vestidura triste o alegre, de cómo han llegado o cómo actúan los artistas, escritores, filósofos y pensadores de diferentes generaciones para lograr respuestas valiosas, que puedan incluso servirle a los estudiantes universitarios.

Hay un libro de entrevistas a Fernández Retamar, escritas por cubanos y extranjeros, que publicó la Editorial Unión, titulado: Un poeta metido en camisa de once varas. Entrevistas hechas en diferentes años y reunidas por el mismo entrevistado. Cuando lo leí resultó ser un libro escrito, no solo por un poeta y ensayista, sino por un analista que recorre momentos históricos de la revolución cubana antes y después de La Caída del Muro de Berlín. Opiniones fuertes sobre la vida política de gobernantes y su criterio de cómo deben evaluar la literatura desde la docencia, entre otros temas.

Decir lo que uno piensa sobre cosas delicadas como el fin de la Guerra Fría, la caída del bloque socialista y la crisis del marxismo político-intelectual con esa profundidad y conocimiento es de analistas muy políticos, de personas que se han retroalimentado y extraído de la historia un análisis que acontece dentro y fuera de una isla como la nuestra con sus propias realidades. Y es ahí donde nos detenemos para hablar de un escritor como él que conoció de cerca a Fidel, al Ché y a otros dirigentes de la revolución cubana desde antes que llegara su triunfo.

Un hombre cuya relación con la cultura cubana y latinoamericana dejó una huella significativa por su entrega total, dándonos lo mejor de su literatura y de su intelecto, uniendo a pueblos hermanos a través de la Casa de las Américas, la cual presidió hasta su fallecimiento.

Cuando un periodista europeo le pregunta a Roberto:

―¿Existe una cultura latinoamericana?

A él le pareció bien revelar una de las raíces de la polémica y es cuando le responde:

―¿Existen ustedes? Pues poner en duda nuestra cultura es poner en duda nuestra propia existencia, nuestra realidad humana misma, y por tanto estar dispuestos a tomar partido en favor de nuestra irremediable condición colonial.

Me parece bien que dignifique la posición de nuestra cultura cuando alguien malogra con su pregunta una respuesta que es, y ha sido ineludible a los ojos de la gente que nos conoce, que conoce a Latinoamérica.

La poeta y narradora, Premio Nacional de Literatura Mirta Yánez, le pregunta a Fernández en 1988 como el profesor de Letras que fue en aquel momento y cito: “¿cómo piensa que se debe enseñar la literatura?”. Y él le responde: “se debe enseñar la literatura como se enseñarían las canciones de la Nueva Trova: no como una «materia» (propia del «materialismo vulgar») sino como un alma, no como una «asignatura» sino como un deleite, quizás un poco sospechoso. En una reunión para considerar la enseñanza de la literatura a adolescentes, propuse que cuando quisiéramos que determinadas obras fueran leídas por ellos, comenzáramos por prohibirlas: hecho esto estaba garantizado que se lanzarían como fieras a devorarlas. No me invitaron más a esas reuniones, por lo que supongo que mi proposición, tan sensata fue rechazada”.

Como decía al principio, no siempre tenemos la razón sobre las cosas y erramos como cualquier ser humano, pero también dejamos claro en nuestras escrituras que hay un pedacito de amor en cada entrega, que existen ciertos compromisos que no pueden dejarse atrás por ser parte de la propia circunstancia en que se vive.

En su caso es esa entrega total de su obra a la revolución cubana y a Latinoamérica. Cierto homenaje a los amigos, a la literatura española, a los poetas ingleses que admiró y a todo su recorrido por el mundo llevando cada instante vivido a través de un poema o un ensayo.

En Todo Caliban, libro publicado en México en 1971 y luego por una editorial de Bogotá, Colombia en 2005, y que algunos de ustedes deben conocer, hay una apuesta mucho mayor, al ser conciente de su entrega, incorporando en el presente al autor de La tempestad, William Shakespeare, donde lo familiar y lo mítico fabulan a un mismo ritmo, y donde Fernández fluctúa entremezclando la realidad a favor de un Caliban que necesita el lugar arrebatado desde niño y reclamar sus aspiraciones de lucha en sus principios. Una vida onerosa, maldita y esclava. Según el comentario de Francisco Lazarte: “Caliban ha demostrado ser un símbolo duradero y flexible que ha sobrevivido grandes cambios en la realidad política latinoamericana y mundial”. De hecho, lo que intenta Fernández es dar a conocer a través de Todo Caliban, una Latinoamérica que debe exigirse así misma su propia independencia.

En el año 1968 explica en una entrevista a la revista Trilce lo siguiente: “Mi poesía no se «inserta» en la poesía cubana: en un momento dado, «es» la poesía cubana. (No la única, por supuesto.)”

Su poesía abarca el peso de la dicha de sus encuentros con la vida y la muerte, de su amor por la isla que le vio nacer, de su amor por la familia y los amigos. Es un canto a la paz, a su propio cuerpo, el elegido para exponer sus dudas, su compromiso inalterable con la revolución cubana.

Cito sus palabras escritas en 1965 que aparecen en el prólogo que él mismo hizo para su libro Poesía nuevamente reunida, publicado en el año 2009 por la editorial Letras cubanas, en La Habana:

“No voy a cometer la tontería ni de negar influencias ni enumerarlas. (Le debo mucho a la historia de la poesía y de otras actividades humanas, desde luego). Lo importante es lo que se hace con ellas o contra ellas, que es lo mismo. Creo en la poesía de riesgo y verdad, que surge necesaria de una situación concreta, no en los moldes ni en las fórmulas. Creo en la vertiginosa complejidad del ser humano, de la vida. Por ello una poesía puede, y acaso debe, ser política e íntima, esperanzada y amarga, humorística y dolorosa. Siendo nosotros así, en medio de las grandes experiencias que nos ha tocado el privilegio de compartir, ¿de qué otra manera va a ser nuestra poesía, si es fiel? Y si no lo es, no hay nada que decir”.

Termino mi texto con uno de sus poemas de este mismo libro dedicado a la muerte:

Digo tu nombre claro

Pero, después de todo, es morirse tan duro;

Es tan agrio perderse de este encendido mundo

De manzanas dulcícimas y dulcísimos labios.

No ver más a las nubes, a la luz, a los pájaros.

Saber que las gaviotas descenderán un día

Con ese bello aire de flechas elegidas,

Un día sin distancias en que no podré verlas

Volver a alzar sus peces y repetir sus flechas;

Es que las mil banderas conque se zafa el viento

Se apoyarán en rosas nacidas de mi cuerpo,

Y mi enterrada voluntad y nuestro amor

Estallarán en hierbas para enredar al sol.

En vano habrá una estrella llamándome en espadas,

Porque en mi roto oído se estará hundiendo el agua.

Pienso en mi sangre ávida, que apartándose va;

En estas mismas cosas, que ya no diré más;

En tus manos, volviéndose manos desconocidas,

Caminando hacia el humo con angustiosa prisa.

Y en ese irresistible caminar, esa sombra

Que va enturbiando luces y destrozando rosas,

Digo tu nombre claro, que suena en mi garganta

Como en la espesa noche un rayo de campana;

Sueño toda tu vida, que es mi vida más larga,

Quiero existir mis ojos en tus propias miradas,

Quiero tocar tu cuerpo tan nuevo y tan alegre,

Para creer un poco que he matado la muerte.