El precio de un buen filme africano

El precio de un buen filme africano

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  • Fotograma El precio del perdón del director Mansour Sora Wade.
    Fotograma El precio del perdón del director Mansour Sora Wade.

El precio del perdón es el segundo filme de origen senegalés que se proyecta como parte del ciclo de cine africano que la Asociación de Escritores comenzó a realizar en colaboración con la Muestra Itinerante de Cine del Caribe desde enero. En esta ocasión, el material proyectado contó con la presentación de la investigadora Mirta Fernández, especializada desde hace más de dos décadas en las temáticas culturales y religiosas de dicho continente.

Merecedora, entre otros, del Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Amiens 2001, (justo el propio año de su estreno) su director Mansour Sora Wade tomó como argumento un cuento tradicional africano. En este caso, la trama sucede en un poblado de pescadores sobre el cual se extiende misteriosamente una densa niebla que impide navegar como de costumbre; es en este entorno donde sus protagonistas, Yatma y Mbanik; un par de amigos de infancia, entran en conflicto por seducir a la joven Maxoy.

Es en este primer conflicto que empiezan a desentrañarse las principales líneas temáticas de la película, pues Mbanikse atreve a desafiar a los espíritus y hace que desaparezca la niebla, conquistando la atención de la joven al tiempo que el odio de su amigo, quien nublado de celos acaba con su vida una noche. La suerte, la ironía o el destino unirán entonces a Yatma y Maxoy; ella, embarazada de su difunto amante, se vengará haciendo a su nuevo compañero criar a su hijo.

Es este un filme donde el amor determina sin dudas la suerte de los personajes, pues como expresara el crítico colombiano Eduardo Cano, “así es como el asesino tiene que sufrir el precio de conquistar el perdón, y la mujer deseada encontrará, que igualmente puede amar al ser que la ha agraviado; en cambio Mbanik, el hombre convertido en leyenda, volverá de las profundidades para cobrarle la deuda pendiente desde hacía años, sin importar el ruego de la comunidad, ni el de Maxoy, ni el de su madre, ni siquiera el de su propio hijo y mucho menos el del tiempo que nos da la ilusión de borrar cualquier huella que hayamos dejado en el pasado”.

Entre los mejores aciertos de Sora Wade en esta entrega está quizás el lograr que en una trama de aparente simplicidad ─matizada por sentimientos universales como los celos, la venganza y el perdón─ nos hace pensar en profundas cuestiones filosóficas como si es posible perdonar y olvidar realmente, o si la violencia que alguna vez se cometió puede ser enmendada, o si la reconciliación siempre es verdadera.

Asimismo, El precio del perdón juega con las concepciones sagradas, acudiendo al recurso de la fantasía y lo sobrenatural con la originalidad y belleza que pueden llegar a sorprender al espectador que se enfrenta a por primera vez a la visualización de las comunidades nativas de Senegal y de África en general. Un recurso que apoya este principio es justamente la fotografía por su exquisita tecnicidad.

Tras 90 minutos de proyección, esta fábula nos hace ver que el perdón puede alcanzarse a través de la redención de nuestras actitudes, pues el perdón es un proceso que necesita de mucho tiempo y merecimiento, así como cada persona tiene su propia forma de asimilar el arrepentimiento ajeno y expiarla de culpas.

“Entonces ─retoma Eduardo Cano─ ¿Qué tipo de ser humano se puede perdonar, y quién está en la capacidad de ofrecer el perdón? La madre de Mbanik le demuestra a los demás que quiere perdonar, que le interesa la paz y seguir adelante; Maxoy, más allá de su venganza, llegó a transformarse, fue perdonando casi sin darse cuenta hasta reconocer el valor de Yatma, pero no gratuitamente, fue con los años y las acciones nobles de él, en las que como un victimario no siguió desatando en lo real su violencia, sino que ayudado por los rituales alcanzó a integrarse de nuevo a la comunidad”.

Una vez más el cine y los grandes directores nos hacen volver a pensar en nosotros mismos en los caminos que el ser humano debe transitar mientras intenta alcanzar la perfección. Manzour no solo nos habla del amor y del perdón, sino del valor de las sociedades, desde ciudades cosmopolitas hasta comunidades rurales, y del valor que representan en la formación y el mejoramiento de cada uno de sus integrantes. En este caso, el que la lección venga de una muestra de origen africano y no de las siempre bien ponderadas producciones primermundistas, ya es un ejemplo de cuánto es preciso perdonar.