Exorcizar ángeles, redimir demonios

Exorcizar ángeles, redimir demonios

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Escritores, poesía, Colección SurEditores
  • El texto nos lleva por un recorrido que la autora revela con un lenguaje directo.
    El texto nos lleva por un recorrido que la autora revela con un lenguaje directo.

¿Cómo valorar los versos de una persona cercana, sobre todo, si constituyen sus primeros poemas publicados? Deleita ver que un grupo de versos, de los que, tal vez, hayas sido testigo de su primigenia concepción —casi siempre en íntimo ambiente — alcancen mayoría de edad y se den al andar por el mundo, en esperado alumbramiento, ante los ojos de numerosos lectores.

En este sentido, los menesteres de la opinión resultan desagradables, cuando no comprometedores. Surge la disyuntiva: opinar sin medias tintas con absoluta franqueza o, enfriar nuestros sentidos y dar elogios a un texto baldío que no lo amerita y, si nos apegamos a esta última, no le hacemos “un favor” al amigo. 

Ante esa disyuntiva me enfrento al leer el cuaderno poético Entre demonios y ángeles (Colección SurEditores, 2016), autoría de la poeta chilena Ana María Manzo Montecinos, a quien conocí en el año 2011, cuando buscaba asesoría para enrumbar sus textos, los cuales escuché, tal vez no lo suficiente; esa reserva común que suelen mostrar los iniciados. Luego, fraguamos una amistad que nos condujo al disfrute de las artes, posible gracias al fuerte movimiento cultural de la ciudad.

Cada uno de esos momentos permitió observar a una mujer inquieta que hacía pedazos los más encumbrados convenios que la existencia, la sociedad y el propio hombre, suele imprimir a los mortales y sitian las más diversas emociones y pensamientos. En medio de todo esto, Ana María, era como una pequeña paloma, necesitada de expandir sus alas constantemente y echarse a volar: “No deseo pertenecer aquí/ déjame volar sin condiciones/ quién eres tú?

Ahora, al leer estos poemas de lo que es su primer libro, la disyuntiva y el posible compromiso que deriva se vuelven placer, pues aquí descubro a la mujer cuyos sujetos líricos experimentan la madurez de una hembra que ha sabido saltar obstáculos; sujetos líricos femeninos con dudas, incertidumbres, miedos, hastíos: “Disputas internas/ lentas, certeras/ asfixian hasta lapidar”, pero no permiten que los aneguen vacuos conceptos, “por eso déjame caminar/ busco una salida”.

Nos lleva este libro por un recorrido, por una vida que la autora ha querido revelar con un lenguaje directo, sencillo, sin gran densidad tropológica, pero cargado de sugerencia. En ocasiones, son verdaderas confesiones en tono poético lo que leemos, provistas de alto poder asociativo, economía de palabras y conexión casi cinematográfica. En otros momentos, le es necesario, lo que doy en llamar desborde: expone en ráfagas un abundante discurso con diversos subrayados y enunciaciones; algo que está de moda por estos tiempos en la poesía libre. Todo este periplo por los diferentes pareceres se desarrolla en flash back y en el aquí y ahora, en acumulación progresiva de emociones. 

Es visible el uso de figuras retóricas como la aliteración. Palabra y música se juntan en cada verso, aunque, la partición de estos y su encabalgamiento, pudieron tener otro acabado. Aunque recogen infinidad de sensaciones, el orden de los poemas pudo haber sido más orgánico; de manera que tuviese un único espíritu el cuaderno, con cierta dramaturgia, a menos que solo se haya pensado en colmar de destellos y conmoción el texto. Ciertamente se recogen “flachasos” constantes. Es visible el uso de la imagen caótica, cada verso constituye una imagen, a veces inconexas, pero arropadas de gran emoción.

Ave María Purísima, concédenos todos nuestros pecados

“Reza 10 Padres Nuestros y 20 Ave Marías, puedes ir a casa” y todas nuestras culpas son liberadas, el alma queda pura frente al clérigo que nos exime en, ¿franca?, confesión. El Padre, altísimo y poderoso, nos absuelve ante el reino divino de esa pesada carga que suele embárganos, ante tanta duda e inquietud. De alguna manera el ángel salvador y su encomienda se hacen presente, pero en numerosas ocasiones, el Satán, ángel oscuro, brega contra nuestra calma y toma posesión, ya para entonces, los demonios comandan nuestro ser.

Y están presentes en este cuaderno. La autora ha permitido a cada uno de estos antagónicos expresarse, dialogar con la más absoluta autonomía, sin el atisbo del cerco, prejuiciado y obtuso y así enunciar la confesión-exorcismo. Ambas vistas desde lo justo, necesario y sincero, con sus debilidades y falencias desde varios matices. De ahí que se muestre la más evidente complacencia hasta la más vertical irreverencia.

Cada poema, cuya fuerza motriz se alimenta de las vivencias de la autora, constituye un capítulo de dudas, preguntas y, ¿por qué no?, resoluciones que se hacen los sujetos líricos, hacia los diferentes tópicos, que esbozan los poetas: lo íntimo, lo vivencial, lo social, la evocación de los seres queridos, la ausencia, etc.

Sí, aquí varias mujeres, hablan en transiciones demoníacas y angelicales. Una de esas mujeres, en un poema-declaración, precisamente el que da título al volumen, nos dice:

Voraces recuerdos
me visitan henchidos de tristezas,

rompiendo corazas
forjadas por miedos;
no puedos con ellos,
dadme sosiego,
desátame cadenas;
me tienen desterrado
de cuanto fui.

Es latente la emancipación y la oposición a esta, pero la voz lírica, en perenne juego, plantea y replantea, algunas veces en veredicto, otras en súplicas, de manera que:

No creo en milagros,
soy yo,

¡solo yo!
tengo reinados e infiernos.
Renazco, muero

en un segundo.
No seáis hipócritas. 

Me llama la atención, de sobremanera, que estas voces líricas estén marcadas, en algunos poemas, desde el género masculino, aunque no queda dudas que es una mujer la que habla, pero, ¿por qué esta masculinización? Es una manera que ha encontrado la autora, consciente o inconscientemente, de cuestionar e introducir el dedo en la llaga irónicamente, donde logra contraponer la lógica, los significantes y crear nuevos significados, en fin, ironiza el discurso de género.

Entre el panorama existencial vasto que nos propone Entre demonios y ángeles, se encuentra la mirada a los ancestros familiares. Ejemplo de ello lo tenemos en Mis muertos:

Se deleitan los sentidos
cuando arriban a la memoria

(…) van profesando credos,
concibiendo que están
entre paredes que besan y palpan
(…) Estoy feliz, nos hallamos,
junto las manos en señal de cruz...

Por supuesto, los años de permanencia en Cuba le permearon su entorno e historia con el irrevocable presente:

Desde la repisa atestada de libros
me observa Martí

de ojos negros melancólicos,
distante a estos tiempos...

Ana María Manzo no es una poeta, según mi punto de vista, de muchas preguntas y aunque deteste las clasificaciones, debo decir que esta mujer es de afirmaciones y palabra directa, precisa y sin medias tintas. Sus voces, aquí presentes, son inmoldeables; asumen la postura que su conciencia les ordena en cualquiera de los terrenos por los cuales apostan, sean los más angelicales o los más endiablados. El caso es que necesitan ser expuestos a toda costa, sin importar precio y la derivación que implica. De ahí los escenarios caóticos revelados en algunos de los pasajes referidos en el libro, donde los más rebeldes y enrevesados postulados encuentran diana, frente a los más encumbradas y apacibles panaceas.

Hay caldo de cultivo, en estos versos, para ambas poses, asumiendo la irreverencia, la oposición a los convencionalismos e, incluso, el egoísmo, contrario a la mujer sensual, de extrema educación, se muestra aquí como lo que es la autora: una mujer con debilidades y equivocaciones; al fin y al cabo los ángeles y demonios son los que te guían.