Fernando Martínez Heredia y su sistemática batalla contra los dogmatismos

Fernando Martínez Heredia y su sistemática batalla contra los dogmatismos

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  • Portada del libro.
    Portada del libro.

Con la alegría de conocer que el Premio Nacional de Investigación Cultural fue entregado recientemente a Fernando Martínez Heredia, nos gustaría reseñar su nuevo libro, A la mitad del camino (Ed. Ciencias Sociales, 2015), en el cual su autor reafirma su condición de científico social, con el mismo ímpetu con que en los lejanos años sesenta luchó por edificar un socialismo autóctono.

Bien mirado, la línea trazada por Martínez Heredia en su carrera puede entenderse a partir de dos lecturas, que al final vienen a ser una sola: la elaboración de una teoría sólida que posibilitara la implementación de un socialismo cubano, y el eterno debate con los dogmatismos que han emergido de las prácticas del socialismo en otras latitudes y la mímesis de esas prácticas en nuestra isla, sin analizar los cambios de paisaje ni las diferencias geopolíticas e históricas, de esas prácticas sociales. Su formación marxista (nacida de las lecturas y relecturas del propio Carlos Marx) y su matización y actualización con las ideas de Antonio Gramsci, le sirvieron de punto de partida para desarrollar un grupo de ideas sobre la Revolución cubana (calificada como humanista, popular y de liberación nacional) y el pensamiento del Che Guevara (progresista y antidogmático), dos de sus temas predilectos.  

En esta compilación de textos, emparentados con Si breve…, otra de las felices reuniones de sus trabajos, los textos están organizados de acuerdo a los temas de relieve tratados de manera recurrente en su obra: economía, política, filosofía, cultura, la Revolución cubana, el Che Guevara. Aunque algunos se atienen a sucesos demasiado puntuales, y a coyunturas muy específicas del acontecer cubano contemporáneo, que por determinados giros en los que se ha visto abocado el país, han perdido un alto porciento de impacto, la estructura del libro no pierde organicidad. Por su parte, la ausencia de fecha y lugar de publicación de algunos textos dificulta el trabajo del investigador, así como del lector puntilloso al que semejantes datos le resultan imprescindibles, ya sea para aterrizar en contexto, ya para usar los artículos a modo de referencia. Sin embargo, no deja de ser un regalo para los amantes de la polémica en el terreno de las ciencias sociales, acceder a trabajos que fueron preparados para mesas, paneles, coloquios, presentaciones y prólogos, y que por su dispersión o condición de material inédito, permanecían prácticamente inaccesibles.

En esta categoría entra el ensayo “Che: el pensador, la teoría, la crítica y el legado”, una ampliación de las palabras leídas el 13 de junio de 2013 en el panel “Che Guevara en la hora actual, a 85 años de su natalicio”. La relectura de ese aparato teórico creado por Guevara pone de manifiesto una lucidez que muchas veces queda relegada a su intuición de líder y estratega político. Los puntos de vista que desarrolla aquí, son analizados con más profundidad en su libro Las ideas y la batalla del Che. La interesante comparación con José Martí, sus tesis sobre economía, y los debates sobre un marxismo sin dogmas, alcanzan una actualidad pasmosa.

“Los cimarrones y la formación del cubano” es una reescritura de su intervención en la presentación del documental Cimarrón, dedicado a la escultura que labró y colocó Alberto Lescay en una elevación de El Cobre, en Santiago de Cuba. Es una importante contribución (desde los textos fundacionales de José Juan Arrón hasta los reivindicativos de Olga Portuondo), sobre la formación de la nacionalidad del cubano. Se leyó en agosto de 2012, en la Casa del Alba Cultural, y evoca, aunque desde otra terminología, el concepto de ajiaco elaborado por Don Fernando Ortiz.

En el libro también puede construirse una interesante brecha de la biografía de Martínez Heredia, a partir de la entrevista sobre la carrera de Derecho, realizada por Oscar Puig (licenciado en ese ramo), donde aborda desde sus años de estudiante de esa misma carrera en el fundacional 1959, cuando se reabre la Universidad de la Habana (esta vez para todos) luego de la crisis provocada por la dictadura de Batista. Es un hermoso testimonio sobre profesores, planes de estudio, vocación humanística y arte pedagógico, que decidieron su rumbo intelectual, aunque, como sabemos, nunca ejercería el Derecho como profesión.

Uno de los textos más interesantes que incluye el libro es, a juicio de este comentarista, el prólogo que realizara al libro Insurgente. Raza, nación y Revolución 1868-1898 (Ed. Ciencias Sociales, 2011), de la académica cubano-americana Ada Ferrer. Este texto viene a ser una de las grandes contribuciones a la Historia de Cuba, realizada por quien es, junto a Luis A. Pérez Jr. y Rebecca Scoot, uno de los más interesantes historiadores que han integrado orgánicamente los métodos de investigación de las universidades anglosajonas a la revisión del relato nacional. Resulta una interesante contribución al conocimiento sobre la épica cubana del XIX, ampliamente estudiada en la isla, pero, como puede intuirse por las palabras de Martínez Heredia, la perspectiva de Ada Ferrer es sumamente renovadora y compleja.

Estudioso de la Revolución del 30, a la que le atribuye el germen de ideas que luego florecerían y tomarían cuerpo en la guerra de guerrillas de la década de los 50, el autor incluye aquí una revisión de uno de los más interesantes luchadores de aquella compleja etapa: Antonio Guiteras. Pobremente analizado (aunque la publicación en Cuba, con una escasa circulación, de Tony Guiteras, un hombre guapo, de Paco Ignacio Taibo II, matizara este criterio), Guiteras fue uno de los más activos jóvenes de la vorágine del 30. En una ponencia leída en el taller “Cultura y visualidad”, Martínez Heredia relata los frustrados intentos de Rafael Hernández y él mismo, de llevar un guion escrito por ambos sobre la vida del héroe al terreno del audiovisual. El texto señala lo tristemente olvidado que a veces quedan determinadas figuras históricas, a tenor de otras más visitadas, sobre todo, por la exigua existencia de imágenes que los respalden.

Se evocan los teóricos François Houtart y Michel Foucault, autores que, a su manera, también han jugado su papel en la formación del autor. El prólogo al libro El alma en la tierra. Memorias de François Houtart, de Carlos Tablada (Ed. Ciencias Sociales/ Ruth Casa Editorial, La Habana, 2010), provoca en el autor un ejercicio de memoria donde se hace posible construir vasos comunicantes entre las biografías de ambos intelectuales. La adhesión, por parte de Houtart, a la Filosofía de la liberación, una de las perspectivas teóricas que se han posicionado, junto a las tesis de Aníbal Quijano sobre la Colonialidad del poder, como ejes en la conformación de un pensamiento marxista que sustente a los estudios poscoloniales en América Latina, le sirve a Martínez Heredia para exigir, como ha hecho siempre, la elaboración de teorías autóctonas que eviten la mimética y facilista incorporación de teorías extranjeras y colonizadoras.

Por otra parte, su presentación del Coloquio sobre Michel Foucault, organizado por la Cátedra Antonio Gramsci, del Centro de Investigación Juan Marinello, que dirige el propio Martínez Heredia, vuelve sobre la necesidad de una teoría, a la vez auténtica e infalible, pertinente en la obra del francés, sobre la que pueda implementarse un socialismo coherente con la realidad. Ese pensamiento, asegura Martínez Heredia, debe ser por fuerza marxista, y lo exige demostrando cómo uno de los adalides del posestructuralismo, Foucault, era un ferviente admirador de Marx, y con su vocación heterodoxa y rebelde, despistaba a los dogmáticos que creían que ser marxista significaba citar a Marx a cada vuelta de página.

Con esa evocación es posible construir una imagen del propio Martínez Heredia, que ha encaminado su trabajo intelectual de más de 50 años de lucha contra los dogmatismos, de los cuales él mismo fue víctima. Enunciarse desde “la mitad del camino” es bastante difícil para quien da dado tanto y ha defendido por tanto tiempo, por encima de las banalidades, el ejercicio del pensar. Sin embargo, esa expresión, salida del entusiasmo que emanan los homenajes, deviene en compromiso para continuar su legado, construido desde esa perspectiva intelectual que alguna vez se llamó orgánica, y que se identifica con el compromiso social.