Formidable exponente del cine uruguayo

Formidable exponente del cine uruguayo

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  • El filme es parte de la muestra de cine de Uruguay que, a propósito de la Feria del Libro se estrena a partir de mañana 16 de febrero.
    El filme es parte de la muestra de cine de Uruguay que, a propósito de la Feria del Libro se estrena a partir de mañana 16 de febrero.

Pese a otros antecedentes barajados por la crítica a propósitos evocativo-contextualizatorios, en realidad sería Whisky, estrenado hacia 2005 por Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, el pequeño gran filme capaz de ubicar a Uruguay no solo ya dentro de la movida festivalera, sino como un lugar al cual volver la mirada dentro del mapa cinematográfico del siglo XXI.

 Con ese cine minimal, “chiquito”, de cámara en su continente; economía narrativa en su exploración cartográfica a la cotidianidad; coherencia en la puesta en escena; personajes antiheroicos e implosivos; e interpretaciones formidables se identifican las señas audiovisuales fílmicas, las tendencias expresivas predominantes allí en la disciplina.

 E igual acontece con La demora (Rodrigo Plá), integrante ilustre de la Muestra de Cine de Uruguay que, a propósito de la Feria del Libro —dedicada a esa nación—, será presentada, del 16 al 20 de febrero en el Multicine Infanta, de la capital cubana.

 Marca dicho la relato la angustia —contenida, nunca rebosante, siempre signada por silencios; no más en determinado caso por tan airada como ocasional réplica— de una mujer con tres hijos pequeños a quienes cuidar; además de a su padre. Amén de vertebrar su hogar en todos los planos posibles, María baña, cobija, alimenta al anciano, quien duerme en el sofá de la sala del pequeño inmueble.

La situación económica es cualquier cosa menos boyante y las costuras realizadas con su hogareña Singer no dan para mucho más que para algún alterno bizcocho de sobremesa. A sus problemas financieros, conflictos laborales, carencias físicas (la ausencia carnal de un hombre podría estar castigándola), añade el contratiempo de las frecuentes pérdidas de pérdidas de Agustín por la ciudad, motivadas por la falta de memoria del viejo. Abrumada, ella abandona al padre en la calle con el objetivo, al menos en presunción, de que sea recogido en uno de esos hogares de ancianos, donde por las vías legales no lo pudo ingresar. Efectúa una llamada a Servicios Sociales con propósitos tales. La forma precipitada (en franca disonancia con la parsimonia general y el tono general del largometraje) cómo la puesta muestra la inopinada decisión de María deviene el único desliz del relato.

Lo anterior representa el planteamiento, la premisa dramática del guion de Laura Santullo para el verdadero conflicto, fijado a partir de ese momento cuando lo deja en el banco del parque, para luego María, a medida que cae la noche, experimentar progresivas sensaciones de miedo, arrepentimiento, culpa…, esa tan humana culpa que la conducirá de madrugada por los asilos montevideanos, sin suerte en su búsqueda, hasta retornar al banco donde, bien cercano, Agustín yace hipotérmico, entre orín y sabor a viejo café vespertino en sus labios. Vivo el hombre, tan solo, gracias a la ayuda de par de lugareños.

 Más, constreñir la obra a la cáscara de su historia, al mero silueteo de su casquería de fábula moral sería reductivo. La demora es una cinta construida sobre el cimiento y el cemento de los detalles, sugerencias, apuntes, gradalidades expuestos en cuanto transcurre del minuto 1 al 84. También de elocuentes encuadres largos, primeros planos y planos-detalle, a la manera de esa cámara fija de la inteligente directora de fotografía María Secco sobre la papada de Agustín, en el baño, la cual da cuenta de un universo en caída. Él atraviesa la difícil vejez, tan incomprendida como la adolescencia, donde el maltrato surte por acción u omisión, cuando la prisa de quienes deambulan en derredor impide el tiempo para estar a sus lados, cuando molestan sus preguntas y nuestra gratitud por el ayer pugna con el contexto del ahora.

 La María que con su profesionalidad habitual compone Roxana Blanco —pivote de la trama, más allá del relieve dramático del personaje del padre—, no se regala fácil al espectador. Su verdad precisa escrutarse en ciertas acciones, algunas respuestas, la desesperanza en la mirada, la languidez de sus ojeras: señales inequívocas de esa cárcel interior donde transcurre su existencia. Ahí están los nervios, el cerebro y la sangre del filme. Por eso Plá y la Santullo no la condenan en veredicto fiscal, antes bien se interponen como abogados de la interpretación de este ser humano rudo y golpeado, pero a la vez frágil y en capacidad de enmendar a tiempo su error.

 Ni Madre Coraje ni María Estuardo ni romana de Pasolini, la de Plá —según el cuento La espera, de su esposa, la guionista Santullo—, no es más que una simple, defectuosa y humana representante de su sexo, quien arrostra el destino de esa carga histórica con el peso del mundo consistente en afrontar las fortísimas demandas del hogar, sin condiciones ni ayuda en la tarea. Nunca, por pesada fuese tal, como para abandonar a tu padre, claro. Pero es que a la larga ella en verdad no se iba a deshacer de su Agustín. O no lo iba a hacer de esa forma. El “desahucio” momentáneo del anciano (interpretado con entrañable naturalidad propia de filme de Sorín por su tocayo, el debutante Carlos Vallarino), supone indicio del grado de agobio de otro de los ricos personajes de la cinematografía uruguaya reciente: el de esta María de la excelente Blanco, a fijar en el imaginario del buen cine regional: una persona dicótoma, sometida a disyuntivas, superada mas no eliminada por el entorno…

 Mediante La demora, el autor de La zona —su ópera prima de 2007 convertida en paradigma fílmico del encierro en las sociedades contemporáneas—, y de Desierto adentro (2008), reconfirma que es uno de los talentos de la pantalla latinoamericana, mundial. En escaso número de trabajos, el realizador uruguayo afincado en México, agudo exegeta del desespero, nos ha propuesto un planteamiento discursivo erigido en hermenéutica precisa de la opresión en los escenarios actuales, desde las escalas macro del supervigilado universo de los ricos hasta la micro de un pobre hogar en Montevideo, donde es triste soportar, como en tantos de este mundo, “la humillación de envejecer”, cual lo rotulara de forma inigualable nuestra Mirtha Aguirre.

 Siempre vinculado lo social a su pantalla, Plá también lanza aquí certeros dardos críticos a las políticas estatales que en su país (María no es candidata a ingresar a Agustín en el asilo de ancianos debido a sus bajos ingresos), contribuyen a situaciones como las narradas en la obra.