Jorge Hidalgo: las huellas de un hombre frente al espejo

Jorge Hidalgo: las huellas de un hombre frente al espejo

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  • El pintor, dibujante, grabador y escritor Jorge Hidalgo Pimentel es uno de los principales representantes de las artes visuales en Holguín. Foto del autor
    El pintor, dibujante, grabador y escritor Jorge Hidalgo Pimentel es uno de los principales representantes de las artes visuales en Holguín. Foto del autor

La Casa Editorial Cuadernos Papiro presentó en su sede de la calle Morales Lemus en Holguín, la exposición de grabados Las huellas del hombre y la selección poética Memoria del espejo del pintor, dibujante, grabador y escritor Jorge Hidalgo Pimentel (Santiago de Cuba, 1941) en homenaje a los 75 años del reconocido creador.

El escritor Ronel González tuvo a su cargo las palabras de presentación de los textos pertenecientes al poemario ganador del Premio Nacional Adelaida del Mármol en 1990. Según Ronel, la obra de Hidalgo —quien “es sobre todo buen amigo y además, un maestro”— evidencia “los crecientes misterios de la cubanía, mostrándola, borgeanamente, frente al espejo de la vida, aquel que nos revela tal como somos…”.

Memoria del espejo tuvo una edición de 75 ejemplares trabajados con la estética artesanal del libro-arte que caracteriza la labor de Ediciones Papiro en el contexto editorial cubano, utilizando solo blanco, negro, y una cinta verde en la cortada. El texto cuenta además, con cinco grabados originales firmados por el autor, lo que lo convierte en un verdadero libro de colección para los amantes de las artes plásticas y la literatura.

Jorge Hidalgo, en las palabras de agradecimiento, que dejaron además, inaugurada Las huellas del hombre en las paredes de Ediciones Papiro, aseguró que labora “con espíritu de monje jesuita que vive, trabaja y crea constantemente… Cuando me preguntan de dónde soy, siempre digo: Soy un mayaricero que nació en Santiago y vive en Holguín, pero la mejor definición es decir que soy cubano. Cuba es una mezcla de canarios, congos e indotaínos… y eso es lo que trato de mostrar en mi obra, siendo fiel al sentido de la cubanía que nos caracteriza”.

Sobre Memoria del espejo, Hidalgo afirmó: “No me considero escritor, escribo cuando la superficie en blanco se me hace insoportable…”. Contó además, que fue precisamente el Premio Nacional de Literatura, Pablo Armando Fernández quien, en una tarde de fines de los ochenta, en una reunión de amigos en casa del pintor, le insistió en la publicación de sus poemas. Tiempo después, con aquellos versos, Jorge Hidalgo obtuvo el Premio Adelaida del Mármol en su segunda convocatoria. El libro fue publicado entonces por Ediciones Holguín, editorial que celebró recientemente su 30 aniversario.

En la contracubierta del libro de Ediciones Papiro leemos: “Jorge Eugenio Hidalgo Pimentel (Obbá Oguniré). Pintor, dibujante, grabador y escritor. Nació en Santiago de Cuba el 6 de septiembre de 1941 a las 5 y 20 de la mañana, boca arriba y con los ojos abiertos. Demoró en llorar. Fue recibido en la luz por la comadrona Pancha La Negra (Iyá Leri). En el signo de Virgo, bajo la protección de Obatalá como santo de cabecera y Ogún como santo acompañante. Hijo de Federico, descendiente de asturiano, y Altagracia (Cucusa), dominicana. Es licenciado en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de Oriente. Recibió la Distinción por la Cultura Nacional. To Iban Echú. Omi Tuto. Aché”.

En cuanto Las huellas del hombre, Jorge Hidalgo seleccionó varios grabados imbricados por un mismo hilo conductor evidente en su obra: un humanismo en diálogo permanente con lo cubano, con las raíces afrocubanas que conforman el hondo sentimiento de una cubanía palpable y reinterpretada en sus mitos con el autor. Su obra es un breve resumen, un rapto permanente de las esencias de lo humano y, también, de lo holguinero.

Según el escritor Manuel García Verdecia en su texto En el estudio del Hidalgo Pintor, publicado en la revista holguinera Diéresis en 2002: “Jorge sintió desde siempre que cierto orden formal, estricto, racional, frío, de belleza prefabricada no tenía nada que ver con el inquieto duende que le habitaba el cuerpo. Florencia y su belleza imperturbable no eran su estación. Sin embargo, su confrontación con los pantocrátores medievales, con Velázquez, Rembrandt y Goya, le advirtieron que allí estaba su aire. Escenarios de cierta fealdad, cierto desaliño, cierto desconcierto, pero más auténtico, sin hipocresía. Empezó a ver el mundo en aquellas maneras, como una colección de aguafuertes. Buscó y halló en quienes apoyaban sus desvelos: Blake, Cuevas, Saura, Schiele, Eiriz… la expresión dura y dramática, con la intensa poesía del ser”.