José Orlando Suárez Tajonera: una vida consagrada a la enseñanza artística

José Orlando Suárez Tajonera: una vida consagrada a la enseñanza artística

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  • El arte es uno de los medios más potentes de la educación estética de la personalidad.
    El arte es uno de los medios más potentes de la educación estética de la personalidad.

El alma del hombre, como el cielo en el agua del mar,
 se refleja siempre en su obra.
José Martí

En el Aula Magna de la Universidad de La Habana se homenajeó al doctor José Orlando Suárez Tajonera (1928-2008) por ser miembro fundador de la Comisión Nacional de Grados Científicos y pude hacer realidad un sueño acariciado desde el momento mismo en que lo conocí, a principios de la presente centuria: entrevistar cara a cara al profesor emérito de la capitalina Universidad de las Artes (ISA).

El también profesor titular del Instituto de Danza Alicia Alonso en la Universidad Juan Carlos I, de Madrid, impartió conferencias, cursos, diplomados y maestrías en Filosofía y Estética en Cuba, España, Argentina y México, países donde desempeñara la función de tutor u oponente de tesis de maestría y doctorado en esas disciplinas filosófico-humanistas. 

El profesor Suárez Tajonera, autor del libro La educación estética en Cuba, su tesis doctoral, defendida en Moscú y publicada en lengua rusa, era miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), así como de varias sociedades científicas cubanas y extranjeras. Participó en innumerables eventos nacionales e internacionales, donde representara cum dignitate a nuestro archipiélago, y colaboró con disímiles medios de prensa, tanto nacionales como foráneos.

El Premio Nacional de la Enseñanza Artística 2007 accedió —con la sencillez y la humildad que lo caracterizaran— a conversar (lamentablemente por última vez) acerca de su fecunda trayectoria profesional en el campo de la enseñanza artística.

– ¿Qué representa para usted haber dedicado 45 años de su fecunda vida a la docencia universitaria, y de ellos, 30 a la enseñanza artística?

—Para dar respuesta a la primera pregunta, debo comenzar diciendo que nací y crecí en un hogar muy pobre, pero la educación austera —aunque no rígida— que recibimos, sustentada en el ejemplo de mi mamá, (obrera tabaquera primero y textil después) mi abuela (simple ama de casa) y mi tío (teósofo), estaba basada fundamentalmente en los siguientes principios:

Todo es música y razón, como enseñaba José Martí. Primero se nace y después se agradece. No perder nunca la capacidad de asombro.

Se pensaba que la educación debía desarrollar no sólo el intelecto, sino la afectividad y la voluntad, y ello significaba despertar en nosotros la necesidad del conocimiento, de la experiencia artística y el fortalecimiento de la responsabilidad, porque todo eso —y mucho más— es lo que introduce y desarrolla en el hombre la capacidad para servir al prójimo.

Tal vez ese ambiente sui generis condicionó mi futura pasión por la filosofía, la música y el teatro, y finalmente, la docencia.

A los 5 años de edad, mi tía María Antonia, quien llegó a ser una de las mejores maestras de Guanabacoa, me matriculó en el Kindergarten musical del Conservatorio  Grau Costa, dirigido por la gran pedagoga española Amelia Costa;  mi mamá, quien hiciera grandes sacrificios, atendió toda mi educación primaria en uno de los mejores centros educacionales de aquel momento: el colegio Academia Tomás Lancha; mi abuela Amalia Valdés, mujer de un gran carácter, me puso a estudiar piano con la inolvidable maestra Mercedes Barnet (Meche, como cariñosamente le decían); y por último, mi tío, Miguel Ángel Comoglio, se hizo cargo de mi educación universitaria.

Yo pienso que el hecho de haber crecido en un medio donde prevalecían el respeto absoluto y el cariño incondicional, además de que el magisterio ocupó los primeros planos, me fue preparando para ejercer la docencia en la que llevo 45 años en general y 30 de la enseñanza artística.

Llegó la Campaña de Alfabetización y me entregué a ella en cuerpo, mente y alma. Participé en los cursillos que ofreció la insigne pedagoga cubana, doctora Dulce María Escalona, en el monasterio de los salesianos de Guanabacoa.

Durante la Campaña de Alfabetización fui alfabetizador, asesor técnico y conferenciante en la zona No 2 de Guanabacoa (que alcanzó el segundo lugar en esa histórica gesta educacional), y recibí orientaciones de la ilustre maestra María del Rosario de la Fuente.

Quiero contar un milagro que me ocurrió en España: hice el descubrimiento de la familia Jiménez-Arrechea, seres fuera de lo común, en quienes encontré a mi maestra espiritual: doña Elena Arrechea, quien me transmitió todos sus conocimientos sobre Matemática, Física, Química, Biología y Astronomía; conocimientos que me permitieron sintetizar todo lo que yo había estudiado en mi vida. Desde entonces, el éxito que he tenido en la docencia se lo debo a ella.

Quiero aprovechar esta ocasión para expresarles mi infinito agradecimiento a todos mis maestros y mis alumnos por la enseñanza recibida.

Por ello, puedo decirle que todo ese tiempo ha significado para mí como el refinamiento de ese gran acorde mente-espíritu que me entregó el sentido del respeto y la consideración absoluta a la otredad y me hizo comprender la estructura emocional innata del hombre y cómo relacionarme con esa esencia inmaterial de la personalidad, experiencia que me ha enriquecido en el ejercicio de la docencia pre y posgraduada, tanto a escala nacional como internacional.

Esas son, a grandes rasgos, las satisfacciones de índole profesional, humana y espiritual que me han hecho crecer como maestro y como persona.

– ¿Cuáles han sido los maestros que más han influido en usted y por qué?

—De mi niñez temprana, a Mercedes Barnet, maestra de piano, quien me enseñó a ver la belleza de los arpegios. De la enseñanza común (primaria), a Eloísa García-Mayor, mi personaje inolvidable. De la enseñanza de arte dramático, a la gran actriz cubana Marisabel Sáenz y a Julio Martínez Aparicio, un director que siempre creyó en mi. De la enseñanza universitaria, a los imprescindibles doctores Felipe Sánchez Linares, José Cantón Navarro, Raúl Roa García, Pelegrín Torras, Julio L’Riverend Brussone, Ricardo Burguetti y otros que harían interminable esta entrevista.

– ¿Cuál fue la motivación fundamental que lo llevó a consagrarse al estudio y praxis de la Estética como disciplina filosófica?

—En la primera pregunta yo le relataba que, desde muy niño, tuve el encuentro con la música. La audición de las grandes obras musicales me producía una sensación como de elevación que no podía explicarme.

En 1953, egresé de la Academia de Artes Dramáticas de La Habana, donde obtuve la nominación al mejor actor del año por mi actuación en la obra El hombre que casó con mujer muda, de Anatole France, con la gran actriz Marisabel Sáenz, quien había sido mi maestra de actuación y entonación en la academia. Estuve trabajando como actor profesional durante diez años; en ese lapso, compartí papeles con los mejores actores y actrices de nuestro país.

Al graduarme en la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público de la Universidad de la Habana con la tesis La Constitución de Guáimaro: un enfoque dialéctico-materialista, mis inolvidables profesores, doctores Sergio Aguirre, Carlos Rafael Rodríguez, Julio L’Riverend y Pelegrín Torras, me invitaron a colaborar con la Escuela Superior de Filosofía y Economía Política Raúl Cepero Bonilla, en la especialidad de Filosofía. Una vez allí, se despertó mi preocupación por el ser y tuve la sensación de que la filosofía, al igual que la música, proporcionaba la elevación de lo objetivo a lo subjetivo y al descubrimiento de la verdad.

Después cursé estudios superiores en la especialidad de Ética en la Universidad Lomonosov de Moscú, con la insigne maestra Tamara Basilievna Sansónova y de Estética en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de Moscú, con el profesor, doctor Mijaíl Fedótovich Obsiánikov y los profesores consultantes Léiserov y Kiíachenco; institución soviética donde, en 1982, me gradué de Doctor en Ciencias Filosóficas. Por cierto, fui el primer cubano en obtener ese título y me fue abierta la sala grande del Instituto de Filosofía de Moscú, por ser no sólo el primer cubano, sino también el primer latinoamericano en obtener ese grado científico.

Al regresar a Cuba, se me pidió, por la falta de cuadros, trabajar como profesor de Filosofía y Estética en las facultades de Arquitectura y de Superación en la Universidad de la Habana, donde tuve éxito y comenzó a discurrir el tiempo (…), pero como no estuve de acuerdo con la forma en que estaba organizado el teatro en aquel momento y decidí dedicarme de lleno a la docencia superior.

– Podría explicarnos ¿Qué les ha enseñado a sus discípulos, y a su vez que ha aprendido de ellos?

— Creo que el primer deber de un maestro es enseñar a sus alumnos a dudar de lo que él les está diciendo, porque dudar significa pensar. Algunas de mis preocupaciones pedagógicas son:

Propiciar que el estudiante desarrolle como una necesidad interna, la idea de que su individualidad deba devenir de su personalidad, es decir, un ser único, irrepetible e insustituible.

Contribuir al desarrollo de la cultura estética y llevar a la comprensión de que el arte es uno de los medios más potentes de la educación estética de la personalidad.

Facilitar que los artistas jóvenes, mediante la adquisición de conocimientos actualizados acerca de la naturaleza del talento artístico, se convenzan por sí mismos de la importancia de ese don y su misión para la cultura.

Ayudar a una mayor comprensión de los procesos de creación y percepción-recepción de la obra artística que le permitan ver no sólo lo visible, sino lo invisible de su estructura.

En correspondencia con lo dicho, llevar a la comprensión de los estudiantes que la realidad de determinadas cosas, fenómenos y objetos no quedan agotadas por el hecho de que las percibamos con los sentidos, sino que poseen otro grado superior de realidad, que no se nos entrega a través de los órganos sensoriales conocidos hasta ahora, sino por esa facultad o capacidad espiritual de muy elevado rango, que se denomina estimación.

Hacerles comprender que la técnica en el arte no se reduce al dominio perfecto de lo físico, sino que se trata de una categoría de máxima amplitud, que debe tocar los tres niveles que integran la personalidad: lo físico-somático, lo psíquico-mental o emocional y lo espiritual. Por lo tanto, toda técnica debe ser altamente espiritualizada.

– ¿Cuáles son los requisitos que debe reunir un crítico de arte?

— A mi juicio, los requisitos que debe reunir un crítico de arte para que el ejercicio de su labor cumpla los objetivos esenciales del martiano ejercicio del criterio son: estar animado en todo, y ante todo, por el amor, que es lo que le permite ser un humano excepcional, así como poseer sólida preparación técnico-general (incluida la Filosofía), conocimiento ancho y lejano de las artes que critica y tener en su haber profundos conocimientos sobre la martiana ciencia del espíritu para que pueda ayudar no sólo al artista, sino también al público.

¿Alguna recomendación a quienes aspiran a transitar el camino del estudio, trabajo e investigación?

—Aprender, sobre todo, a leer lo no visible, tener en cuenta que todo lo visible, concreto y funcional, no es más que un puente que se le tiende al homo sapiens para transitar hacia lo que está detrás de las apariencias, es decir, la expresión física de un contenido metafísico, que descubre en lo objetal lo espiritual-práctico, único e irrepetible.