La brújula de Luis Carmona

La brújula de Luis Carmona

Entrevistar al escritor, dramaturgo y profesor Luis Carmona Ymas no es una tarea sencilla. Requiere encontrar el espacio en su agenda, siempre apretada por los compromisos. Implica asaltarlo a medio camino entre las sesiones de revisión de textos de sus pupilos y las clases del curso para escritores de novela, el de Literatura creativa o el que ya comienza a gestarse en su mente siempre inquieta. Por eso aprovecho ese instante en el que logro su completa atención.

Estamos en la sede del Comité Provincial de la Unión de Escritores y Artistas, en Artemisa. Ha concluido una clase y bajo el influjo de Borges, de Chejov, de Hemingway y de otros escritores ilustres que se pasearon de su mano por el aula nos sentamos a conversar. Aún le brillan los ojos. Puede notarse el éxtasis en este hombre después de constatar el avance en sus alumnos. Noto esa sensibilidad a flor de piel y sé de antemano que es el momento preciso para preguntarle. 

―¿Cuánto tiempo lleva dedicándose a la preparación de escritores en Artemisa?

En realidad me vinculé a la enseñanza por azar. Era muy joven. Trabajaba en la Biblioteca Provincial Ciro Redondo, en Artemisa y leía mucho. Había estado en un taller literario y en el municipio no había nadie que atendiera esta especialidad. Por eso me proponen la tarea y comienzo de especialista en literatura. Fue una época muy bonita y de aquellas incursiones por las letras salieron nombres que hoy son importantes para hablar de la literatura en nuestro territorio como Alberto Rodríguez Tosca y Clara Teresa García. Así comenzó mi trabajo como docente en la actividad literaria.

―¿Qué siente cuando las personas reconocen la obra de un autor que pasó por sus clases o su orientación?

Es un gran premio que me ha dado la vida. Alberto Rodríguez Tosca fue el alumno más brillante que tuve. Lo conocí como hijo de un gran decimista. Fue un niño fuera de serie. Desde muy pequeño escribía décimas. La madre me contaba que Alberto se leía hasta los prospectos de los medicamentos. Tenía una gran avidez por la lectura y eso se le notaba.

Cuando uno se leía algo escrito por él se daba cuenta enseguida de que no era lo común. Siempre digo que mi función fue la de orientador. Como a él le gustaba la poesía le recomendé la lectura de la Antología de la poesía cubana de Lezama Lima.

Yo soy del criterio de que para ayudar a los poetas en su formación los narradores somos más efectivos que los poetas. Aquellos quieren hacer el poema y terminan transformando la creación ajena en lo que ellos hubieran escrito. Los narradores vamos más la técnica y a la sugerencia. Creo que eso ayudó mucho a Alberto, además de su capacidad como lector, su mente privilegiada y su gusto por la palabra.

Otro caso excepcional es Olga Montes Barrios. Olga me trajo su primer cuento «A la Habana no voy ni de visita» y descubrí dos cosas en ella. Primero que había leído muchísimo y segundo que llevaba tiempo sin leer. No obstante, el talento estaba ahí y comencé a sugerirle títulos. Digería las historias contadas por otros y hacía las suyas apoderándose de la técnica y de la forma de narrar.

A Ediel Pérez Nogueras llegó el momento en el que le dije: Ya yo no tengo nada más que enseñarte. Se trata de escritores con ingenio, con talento natural. Lo que uno tiene que hacer en estos casos es conducir ese talento. Ese puede ser mi mérito.

Si hablo de lo que me aportaron diría que fue una gran dicha. La felicidad de saber que eran mejores que yo. De no imponerles ni temas, ni formas. Mi función fue abrirles las puertas y provocar que desarrollaran ese talento. Ese orgullo de haber participado en el descubrimiento es invaluable. Una persona con capacidad puede perder mucho tiempo tanteando qué literatura leer. Ahí está la función principal del asesor, en acortar el camino, en no permitir que se consuma el tiempo con mala literatura.

―Dedicarles tanto tiempo a los alumnos limita el desarrollo de su propia obra. ¿Eso no le preocupa?

Un buen amigo me dice que tengo que aprender a decir que no. Lo que sucede es que se trata de personas muy jóvenes y con ganas de hacer. Si tengo la posibilidad de ayudarlos me cuesta trabajo negar esa ayuda. Un día yo también recibí esa orientación y creo que me corresponde hacer lo mismo.

Preparar las clases demanda mucha auto preparación, lecturas y relecturas. También implica estar al tanto de los aseguramientos que requiere el curso. A mis 74 años me siento a veces el cansancio, pero luego me enfrento a los alumnos y me devuelven el ánimo y las ganas de seguir. Prepararme es una responsabilidad porque en el aula hay médicos, historiadores, contadores, periodistas y mucho nivel. Cada clase la preparo con sumo cuidado porque mis alumnos merecen todo el respeto.

―¿Cuál considera que es el estado de salud actual de la literatura artemiseña?

Creo que está en un buen momento. Sobre todo, porque hay muchos jóvenes interesados y que darán de que hablar en un futuro. No se puede perder de vista que hay buenos referentes para marcar el camino.

―Tengo la impresión de que existen hoy tendencias o maneras de hacer en la literatura cubana que marcan el camino al que se suman muchos jóvenes. Maneras pre establecidas. ¿Cree que eso limita el desarrollo de nuestras letras?

Siempre digo que Cervantes, Balsac y Víctor Hugo no estudiaron las técnicas narrativas. Sin embargo, estudiaron las obras que los antecedieron y tenían el deseo de comunicar. Eso implica hacer potable y sencilla la lectura para que el lector se entretuviera con la obra. Por eso escribieron monumentos de la literatura universal.

No me parece que Carpentier u Onelio Jorge Cardoso estudiaran en un taller de técnicas narrativas. Pero leyeron mucho. Ellos sabían la estructura de un cuento porque eran lectores dedicados. Siempre les digo a los alumnos que no se puede escribir novelas sin leer novelas. El libro de Técnicas Narrativas es uno de los mejores textos escritos sobre el tema porque te extrae aquello que está en los buenos libros y te muestra la fórmula. Eso es cómodo y provechoso, pero leer es esencial.  

―¿Qué no puede faltarle a una persona que quiere ser escritor?

Primero sensibilidad y luego gusto por la palabra. Uno tiene que empezar a cuestionarse las palabras. Los escritores trabajan con personajes, con personalidades, con seres humanos. Es importante tener sensibilidad para comprender a esas criaturas que pueden ser de la ficción o reales. Lo otro es la voluntad. Esta es una tarea ardua y requiere dedicación. No se puede pretender ser escritor y leer por leer. Hay que estudiarse los textos, analizar, escudriñar y encontrar el cómo en cada obra que se lee. También creo mucho en la sencillez.

―¿Es malo ser un escritor de provincia?

No lo creo. Un escritor de provincia si tiene acceso a buenos libros, a una biblioteca pública, lo tiene todo. Ahora se pueden descargar los mejores textos desde internet y tenerlos en el teléfono.  En tiempos de Carpentier había que vivir en las capitales. Eso te daba la posibilidad de confrontar con otros escritores.

La ciudad tiene sus encantos. Es muy bueno visitar museos, ver espectáculos de ballet o exhibiciones de artes plásticas. Quizás eso favorece las experiencias personales y esas experiencias se traducen casi siempre en una obra. Pero la creatividad está en todas partes. Aquí en Artemisa, en Guantánamo y en Bolondrón.

―En algunos círculos de intelectuales existe el criterio de medir el nivel de los escritores por los premios que obtienen. ¿Qué opinión le merece esa concepción?

No estoy de acuerdo. ¿Cuántos premios ganó Cervantes? ¿Quién invalida los méritos de Alejo Carpentier porque no le hayan dado el Nobel de literatura? Los jurados premian la calidad, pero también son subjetivos. No se pueden deslindar de sus gustos y sus patrones estéticos.

―¿Te consideras un hombre realizado?

Estoy muy feliz de estar vivo. Estoy realizado en mis hijos y en mi obra. Contento de que voy a dejar un testimonio cuando no esté. Si ese testimonio tiene valor lo dirán las futuras generaciones. A mi edad lo único que quiero es tranquilidad para escribir.

―¿Cómo te gustaría que te recordaran?

Como la persona más desinteresada del mundo.

―¿Cuáles son las virtudes más importantes que debe tener un ser humano?

La honradez, la decencia y la vergüenza. Tiene que ver con la ética que es algo imprescindible. Una persona que tenga esas tres cualidades puede contar siempre conmigo. Me pongo a su lado y camino con ella al precio de cualquier sacrificio, como decía Fidel.

Luis Carmona tiene el don de reconocer el talento y una brújula certera para encaminarlo hacia el éxito. Se hace difícil que hable de él y preciso retomar varias veces las riendas de la entrevista para sacarlo del lado de sus amigos, de sus alumnos, de su provincia. Mucho le debe Artemisa a este maestro de hacer callado. Nada pide a cambio. Desde el anonimato se entrega a su trabajo que es también su vida. Una vida agitada y en la que no hay tiempo para el descanso y tampoco para escribir esa cuarta novela que ronda su mente. Cuando lo veo partir hacia su casa lleva bajo el brazo los manuscritos de sus alumnos.