La corona para Osval

La corona para Osval

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humor gráfico, Ciego de Ávila, Covid-19

Uno entra a la galería Raúl Martínez de Ciego de Ávila, ahora mismo, y es como si entrara a una fiesta del humor gráfico. Todo se vuelve agradable porque el tamaño de las cuarenta piezas y su colorido, convidan a que la invitación sea irrechazable.

Quizás esa fue la idea principal del caricaturista, diseñador, fotógrafo, Osvaldo Gutiérrez Gómez, al conformar su expo personal, Humor con corona. Además de reunir las obras realizadas en tiempos de pandemia y publicadas, en su mayoría, en el semanario Invasor.

Primero que habría que pensar en la función que cumple esta muestra que no necesariamente tendría que ser el de acercar la obra visualizada en las redes sociales de Internet, al público de a pie y en el territorio siempre culto de una galería de artes visuales.

El asunto se vuelve más rico cuando trata de ser una especie de aliciente para aquel que prefiera escapar de una cola o del tumulto de calamidades que nos va dejando la pandemia de la COVID-19, al escudarse en este tipo de humor gráfico, que también se le podría llamar digital, y que es tan refrescante como el mismo guarapo.

Y es que las caricaturas o muñequitos, como también le decimos, de Osval, tienen una carga semántica bien interesante pues no solo refleja las situaciones mundiales o de nuestro país sino, también, las cosas más jocosas que nos pueden ocurrir en el interior de nuestras casas.

Sirviéndose de las armas propias del choteo, la ridiculización de un suceso, el aparente irrespeto, la burla y el gusto por el morbo, Osval nos deja ver la esencia de su psiquis, ese reflejo subjetivo del mundo objetivo, permitiéndonos estar o no, en su misma sintonía de pensamiento.

Muchos serán los que viven cada una de sus viñetas como el consejo de un buen amigo, o la exteriorización del criterio propio. Y en este punto vale la pena detenerse. Osval es un «criticón» de la vida, en el sentido de la cubanidad y su deseo bien revolucionario de desterrar la chapucería en las cosas rutinarias. Pero así somos todos los cubanos dentro y fuera de la Isla, criticones por naturaleza.

Aunque los dibujos de Osval están supeditados, en su contenido, a estos tiempos de coronavirus, no escapan de su visión de los asuntos propios del avileño y de otras nacionalidades.

El amor, la amistad, el odio hacia la guerra y lo mal hecho, la esperanza en un mañana mejor, las colas y sus efectos en los sujetos, son algunos de esos tópicos que convierten a la muestra en un suceso que despierta el interés con agarre y firmeza. Todo lo que dice parece tocarnos el hombro para adentrarse en nuestra psiquis.

Así nos tropezamos con la consabida caricatura de un Trump que solo sabe cometer estupideces y pensar en el dinero o en la guerra. Y un Bolsonaro que lo respalda a capa y espada, a fuerza de no saber hacer otra cosa.

Pero también somos testigos del sentir de los coleros, de aquel que comete ilegalidades todavía impunemente, así de las peripecias de los corruptos para seguir incólumes ante la buena fe y obtener ganancias.

Temas estos que se van más allá del humor político para convertirse en una especie de vocero del pensamiento universal. Y es que la sátira gráfica tiene la susodicha función de decir lo que se piensa sobre determinado asunto, con ánimos o no de ofrecer una solución.

El humor gráfico es ese aguijón sobre el lomo de lo mal hecho, de lo que tiene que ser cambiado. Y creo que sí podría hasta ofrecer una solución o, por lo menos, transmitir el estado de ánimo del pueblo sobre determinada situación. Por lo que, como mecanismo de transmisión de mensajes, Osval consigue ser un buen comunicador.

Es un dibujante valiente en cuanto se sube en su tribuna denunciatoria y dice lo que va por mal camino, lo perfectible y hasta lo que ya no tiene remedio, a ojos públicos, y lo que debería ser cambiado. Se mofa de tener la verdad en la mano aunque para ello, parezca infalible, absolutista. Sabe que ese es el precio de ser polémico, astuto, suspicaz. El que quiera ver, que vea, parece decirnos.

Cual caballero de feliz lanza, nos regala estampas de calidad sublime, si es que ese término válido. Y la belleza reside en la sencillez del trazo, lo bien empleado de los rellenos en cada figura, y la teatralidad que pudiera asumirse en cada página. Porque Osval es dibujante de seres vivos, actuantes, seres fáciles de encontrar en nuestra cotidianidad. Eso, también, lo vuelve, accesible a su público.

El mensaje que proyecta no requiere de mucho tiempo de lectura. Se lee de un tirón y de golpe sobreviene la carcajada. Pero se nos dibuja una risa cómplice, repleta de guiños, y hasta segundas intenciones. ¿Qué quiso decir con estas curvas? ¿Se está burlando de lo que creo que se está burlando? Le tiró fuerte a esto… ¡Solavaya! Son algunas de las cosas que pasan, me atrevo a asegurar, por la cabeza del espectador.

Humor político, negro, social, de todo un poco en esta exposición personal de un Osval más maduro, y que no pretende hacer alardes con el oficio del dibujo, si no dar su criterio constructivo, sobre la problemática de la pandemia del nuevo coronavirus.

Desde el punto de vista psicológico, esta muestra tiene las formas del humor conectivo. Ese que es gracioso y a todos da risa. Que permite la conexión directa con el expectante y, a la vez, la perspicacia de saber qué se piensa del otro lado de la cartulina. Aunque refleje una vida cotidiana con sus vicios y malas prácticas, no deja de tener un sabor optimista que nos vuelve más potable, la cruda realidad.

Al Osval caricaturista le va mejor el contenido que la forma, porque así es él en lo personal. Hombre agraciado y vivaracho, jocoso a la máxima potencia, tiene para conversar de todo y con todos, sin repetir temas. Es apasionado como se puede ver en estas caricaturas que le cantan las cuarenta a cualquiera y con toda la razón del mundo.

Solo me hubiesen gustado obras menos digitales. Aunque conociendo el apego de Osval por el Photoshop y el dominio que ya tiene del mouse, puedo entender que le sea más rentable trabajar directo en la Pc que sobre una cartulina. Porque los materiales están bien difíciles de conseguir y una computadora más digna que decente, no. Es el triunfo de la economía sobre la manufactura. Aunque no renuncia al viejo oficio de bocetar en papeles y cuadernos.

A esta exposición uno le entra con ganas. Y con deseos de comerse al mundo, sale de ella. Solo nos resta no ser comidos por la realidad al cruzar la calle y entrar al siempre despampanante mundo de las colas.