La Maggi

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  • La profesora y ensayista. Foto tomada de Juventud Rebelde
    La profesora y ensayista. Foto tomada de Juventud Rebelde

Cuando a mediados de los años setenta ingresé en la Escuela de Letras, poco después convertida en Facultad de Filología por disposición de los expertos, la Doctora Beatriz Maggi era ya una especie de leyenda viva entre el alumnado: le llamaban “la Maggi”, apelativo que no solo denotaba la autoridad y el sólido prestigio ganado frente al aula, sino también remitía a un componente afectivo que no se aplicaba por igual a todo el mundo. Los de mi promoción la conocimos por haber accedido a dos de sus textos paradigmáticos de la mano de la profesora Nara Araújo: uno sobre William Shakespeare --que como todos los suyos emulaba y aun emula, por derecho propio, con cualquiera de sus homólogos en el mundo académico occidental, al que también pertenecemos-- y otro sobre Crimen y castigo donde nos decía que una anciana huraña y repugnante era “asesinable”. Lo hacíamos no por validar a Nietzche, sino porque nos venía como anillo al dedo a quienes queríamos hacer algo parecido con los que habían interrumpido nuestros estudios de Gramática Española para reemplazarlos por dos años de declinaciones latinas, una idea de la que desistiríamos gracias a la labor de un exiliado uruguayo que por entonces impartía clases de Latín y luego se dedicaría a otra cosa. Él logró demostrarnos la posibilidad real de incursionar en áreas más bien áridas del conocimiento humano con seriedad y rigor, pero sin dejar de ser criollos ni perder el sentido del humor. No por gusto ambas dimensiones son atributos de la novelística de Daniel Chavaría.

Según la tradición, todo autor tiene sus obsesiones. En los ensayos de la Maggi, por lo pronto, distingo tres. La primera y más importante, la “experiencia de la literatura”, se manifiesta por distintos cauces y carriles, aunque no sea ella misma, en sentido estricto, el objetivo central de todas y cada una de sus páginas, pero sí el cimiento que las sostiene. Sus leit motivs son tres eles: “literatura”, “lectura” y “lector”, un énfasis que se ubica más en la perspectiva de la recepción y no la erudición, en la de-codificación y no en el expertise, lo cual no significa en modo alguno desconocer un acumulado cultural con el que la Doctora siempre dialogaba, entrando y saliendo de él como el aire que circula entre la capa y el toro. La literatura y su inseparable compañero, el acto de leer, fueron los protagonistas por antonomasia de toda su producción ensayística.

La segunda es la universalidad. José Martí apuntó alguna vez: “nosotros tenemos la necesidad de la expansión. El mundo entero nos interesa. De Francia la luz, y de España y de Inglaterra, y de los Estados Unidos”, un posicionamiento ante el etnocentrismo y los constructos finiseculares que miraban al Sur de una manera estudiada insuperablemente por Edward Said, ese palestino que primero logró impartir clases de Literatura Victoriana en Londres y después de Inglés y Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, como dando tres tazas de caldo o bailando dos veces en casa del trompo. Los textos de Beatriz lo son de veras por su rigor y exquisitez. El universo penetra en ellos como en onda expansiva y aparecen lo mismo ensayos dedicados a Ricardo II y Enrique IV que a Falstaff y Sancho Panza —un estudio seminal de comparatística literaria alevosamente disfrazado de conferencia— que una lectura de Suite Habana, la desgarradora película de Fernando Pérez que puso a los cubanos ante sí mismos.

Y, correlativamente, percibo una tercera: la interpretación de los clásicos —una palabra que para Juan Ramón Jiménez significaba simplemente “vivo” — en su diálogo con la contemporaneidad. Los protagonistas se llaman, en este caso, Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, Dostoievsky, Sthendal, Kafka y Mark Twain, un norteamericano que nos enseñó que el Missisippi era algo más que un gran río y otra de las recurrencias históricas de Beatriz. Sus ensayos anduvieron de algún modo presididos por una pregunta de plena actualidad que ella se formuló en “Ugolino caníbal”, al cabo de un encuentro con Jorge Luis Borges: ¿qué tiene que hacer la crítica: descifrar la intención del autor o expresar los efectos que este desata en los públicos de nuestra época?  Ambas—se respondió— “son funciones legítimas y complementarias, a condición de que se distingan y no se ofrezcan una por la otra”. La grandeza de los clásicos consiste, entre otras cosas, en dar lugar a lecturas tal vez insospechadas en su matriz original, pero “descubiertas” por la posteridad en su desarrollo, un problema de la mayor importancia abordado por los estudios de recepción y la Sociología de la Literatura, especialidades canijas (o inexistentes) en Cuba, lo cual nos coloca en desventaja respecto a otras tradiciones académicas, incluso aquí en nuestra América. En otras palabras, se trata de responder, por ejemplo, por qué siendo distintos a quienes fundaron y cultivaron la tragedia griega, hoy ratificamos como modelos a Esquilo, Sófocles y Eurípides —a pesar de que eran percibidos de una manera que no puede ser la nuestra, y de sus diferencias internas—, como mismo el público del teatro isabelino, sobre todo el de su estamento más popular, veía en Hamlet una historia de venganza, fantasmas, violencia y sangre, lo cual no se corresponde necesariamente con la visión de la contemporaneidad, que ha privilegiado la angustia existencial de un individuo desplazado del poder por un golpe de Estado a través del magnicidio.

Sirva todo esto para decir alto y claro que la Maggi no fue solo esa profesora emérita que todos conocimos, sino también una ensayista de marca mayor, garra y hondura. Ella hizo suyos muchos de los imperativos que deben definir al género desde Montaigne: conocimiento de causa, objetivos claros y distintos, manejo de contextos, relaciones con otras esferas del saber y una terca voluntad de la escritura —rayar bien la página, y rayarla tratando de competir con los ángeles. No hace falta ser un experto en estilística para percatarse de que todo lo que escribióen su fecundísima vida está facturado con una prosa tan desenfada como denotativa que nada tiene que ver con las modas académicas. Creo que sus textos figuran, también por derecho propio, en la tradición de Alfonso Reyes, Jorge Mañach y Roberto Fernández Retamar, tres paradigmas de la reflexión y la exégesis literarias.

Su ensayo sobre Emily Dickinson, sin dudas uno de los momentos más altos de su escritura personalísima, constituye en sí mismo una notable imbricación de “historia y estilo”, y la ratificó como una de nuestras más importantes y profundas conocedoras de la literatura de expresión inglesa —en este caso, norteamericana—, una línea que ha ido perdiendo terreno entre nosotros, a pesar de la atención que le dedicaran en su momento estudiosos como José Antonio Ramos, José Rodríguez Feo y Ezequiel Vieta. Aquí se está en presencia de un método que, a falta de mejor nomenclatura, puede llamarse una crítica de la empatía o crítica cómplice —ese vibrar con sin el cual no hay juicio posible—  y que por consiguiente se coloca en tesitura con la manera, el estilo, la visión del mundo y la peculiar sensibilidad de una de las voces más profundas, atormentadas y difíciles del siglo xix norteamericano. Y hacerlo considerando las diferencias culturales que median entre el rancio puritanismo de un pueblito de la Nueva Inglaterra de las brujas y ese radiante sol cubano, no es un mérito menor. “Solo se poseerá a autor si se es poseído por él” —escribió la Maggi al final de “El lector confinado—”, máxima que puede considerarse una de las claves que presiden todo el desarrollo de su labor crítica, incluida desde luego la enseñanza. En ella ninguna es sierva de la otra, sino dos momentos diferenciados y específicos de creación y libertad.

Otro clásico, pero esta vez de nuestro siglo xix, nos legó en un aforismo que enseñar podía cualquiera, pero educar solo un evangelio vivo. Ahora que se nos fue, no puedo sino dar merecido tributo a esta profesora y ensayista excepcional que nos educóen que la literatura es un hecho estético, disfrutable en sí mismo, y una experiencia para nada reductible a fórmulas fáciles ni mecánicas, porque es parte de la vida misma.

Por: Alfredo Prieto