La servidumbre como una majestad

La servidumbre como una majestad

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Escritores, Ediciones UNIÓN, poesía cubana
  • Damaris Calderón, poeta, ensayista y editora cubana.
    Damaris Calderón, poeta, ensayista y editora cubana.

Hace algunos años, cuando escribí sobre un cuaderno de la poeta Damaris Calderón, afirmaba que  en su obra “las maniobras de desgarramiento, de rotura, logran la autenticidad en universos sórdidos, sarcásticos”1. Ahora siento que puedo pronunciar lo mismo al leer El infierno otra vez,2 antología de su obra que publicó Ediciones UNIÓN, pero con más sentido de causa y progreso en las sendas angostas por las que se desplaza.

Allí aparecen poemas de sus diversos libros, sin distinción de procedencia, viviendo la vida, revueltos en la sangre de su autora, con el caos de una profunda lógica que un clamado humanismo es capaz de desatar. Por eso es el libro la narración de un exilio interior: el ser que se va despojando poco a poco de todo; primero de lo más entrañable: el padre, la madre, el lugar natal y el encaje de su vegetación, su filosofía, su inocencia; aunque se empeña en remarcar que alguna vez la tuvo, para avanzar ya siempre con temor “su vasto corazón donde se rompe el cielo.” “El acontecimiento desnudo dice poco. Es el recuerdo el que le confiere interés poético. El poema nace del contraste entre la experiencia vivida y el conocimiento del presente” 3. Se buscará la tierra prometida que no se encontrará.

Hay un punto lejano, ¿intrincado?, donde la inteligencia llega y palpa duramente el absurdo, concepto que se halla en el centro de las emanaciones de la psiquis de la autora, y llega a decirse: ¿En qué pudiera volverse eterno el hombre si no es en su deshumanización? Motivo por el cual halla su trono en lo que desgarra o se destruye, la  entonación es dolorosa, la tragedia y el desastre son un reino inaccesible muchas veces, e incomprensible para el ser que los contempla. En el libro el ser traga su servidumbre y la incorpora como una majestad, y por él llegamos a saber que el hombre construye el mundo y después lo cree fabuloso, más poderoso que él, cuando todo no ha sido más que un desangrarse de su imaginación.

La ansiedad, el miedo, la desesperación conforman un universo que siendo siempre nuestro –venir siempre de sí– nos sobrepasa. Los espacios que tejen los poemas describen maniobras involuntarias y a veces voluntarias de asfixia. Por momentos también el desgarramiento linda con el absurdo, y el sentido último se desgasta, en tanto la deshumanización nos posee con naturalidad, y por mucho que por tu sensibilidad quieras distinguirte, el mundo te iguala a los objetos, a las cosas.

Pero cómo logra trasmitirnos la autora semejantes verdades, que a primera vista parecen albergar un contrasentido. Lo hace a través de un verso, estrofa o poema que muestra su naturaleza de rapto o sacudida. La desnudez de la expresión emula con la intensidad emotiva. Funciona el célere dictado de las asociaciones. Muchas veces el sujeto enunciativo de estos poemas parece o es un adolescente o joven realizado en su rebeldía, pero otras es un individuo de apabullante lucidez. Es esta última cualidad la que mejor describa la poesía de Damaris Calderón, donde un ser doma su soledad, la domestica, poblando el mundo con los vástagos de su inteligencia. Así, estructuralmente, numerosos poemas viajan de la expansión metafórica al cuerpo de la alegoría con mayor o menor suerte.

Es como si la alegoría le ofreciera un comodín desde el que se proyectan sus versos, breves y exactos, pero que pueden fallar en el arte de la concepción –se tensa la cuerda de un efectismo valioso en ocasiones, otras acaso demasiado visible–  o destellar como en “El hilo”. Pues uno avanza hacia sus mejores creaciones muchas veces mostrando sus limitaciones. En arquetipos o símbolos de la vida ve pasar cualquier existencia humana: el ahorcado, el amanuense, los rieles, el asesino, etc. Estos poemas, de temas cerrados a menudo expresados en su título, que emplean como recurso fundamental lo parabólico –exploración insaciable de lo alegórico–  ceden la mitad de su cuerpo a la oquedad. La parábola, que intenta a veces derrotar el lugar común, se convierte en un mecanismo preconcebido para “entrar” en el poema o construirlo, y puede hallarse incluso en textos continuados.

Nos llama la atención en la obra de Damaris Calderón la concepción de un sujeto que penetra sin miedo y quizá, lo que es más importante, con displicencia en lo crudo, lo basto, lo soez, que intenta asir lo sórdido, y siente cierto placer en castigar, o saber que puede hacerlo con la misma tranquilidad con que acaricia.. Estos sentimientos son propiciados muchas veces por acciones relacionadas con el sexo. Si bien es cierto que esa manera o ese desgarramiento han sido ocasionados por el enfrentamiento a un mundo hostil, en el caso de su condición de mujer, el sumun como individuo se alcanza con el despojo, con la pérdida de su capacidad procreativa y con la relativa lucidez de su mirada.

Se leen aquí elegías que no son elegías, a un ser, a un sentimiento, a un vínculo, como por ejemplo, Mi Dios qué bellos éramos. En esa brevedad o en un motivo único de lo intenso la escritora logra textos de mayor efectividad poética que en los abiertamente alegóricos. Es la luz, la demasiada luz, que provoca los raptos emotivos más logrados y también la que no deja ver, descubriendo las variaciones del miedo.


1 Caridad Atencio. “La insinuación del óxido” en Revolución y Cultura, n. 4, 2007, La Habana, p. 58. (Reseña al libro Duro de roer, Ediciones Unión, La Habana, 2005.)

2 Damaris Calderón. El infierno otra vez, Ediciones Unión, La Habana, 2010.

3 Dámaso López García en Seamus Heaney. Luz eléctrica, Editorial Visor, Madrid, 2003, p. 11.