Las raíces de Artemisa cultural

Las raíces de Artemisa cultural

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Artemisa, Cuba, Cultura, jornada por la cultura nacional

Es una verdad irrefutable que la cultura es más que el dominio de palabras para que resuenen en un discurso, más que ese concepto a veces elitista y excluyente de un saber desmedido. La cultura está viva y crece cada día, se transforma, cambia. Activa en quienes la consumen un centenar de sensaciones.

Por estos días de festejo limitado y alegría desbordante se evidencia con mayor notoriedad que la cultura artemiseña es vasta y exquisita. Está en los muros corroídos de Angerona y en el olor del café que sobrevive en la memoria. Está en el batido de plátano, frío y dulce para el regusto del viandante. En ese bulevar vueltabajero con tiendas en las que trabajaron héroes y se escuchan nombres que señalan la grandeza.

Ese sabor a tierra roja aderezado con las diferentes manifestaciones del arte es palpable en múltiples formas. Busca la manera de reinventarse desde los once municipios y no admite silencio en esta jornada. Profesionales y aficionados salen al ruedo con la lanza en la mano y hacen su aporte. La cultura se respira en las esquinas.

Vibra con más salud que nunca en el parque Libertad con sus entradas múltiples. En el viento que trae las voces de Tosca, de Josefa, de Robainas, de Carlos Jesús Cabrera o de Paco Maifren. Es el deleite de Polo Montañés y de Juan Amore en el pentagrama mixto que evoca lo cubano. Es un retablo para cuenteros y máscaras de luna, unidos en la virtud de lo bello más allá de diferencias estéticas.

La cultura de Artemisa está en la galería que convoca a Salón y enmarca la belleza, en los homenajeados del patio, Valentín que toma el Puente de su apellido para unir generaciones en liras de novísimo acorde. En las teclas intranquilas de Mario López y en la ausencia dolorosa de Maricela Corvo de Armas e Isbel García Villazán. 

Está en la colmenita y en Olga Montes con sus jardines y su cadáver a cuestas, en Terry, en Marilú, en Mireisy, en Gilda y en Luis Camona vuelto sembrador con sus talleres de modelar oficio en la escritura.

Son estos los días de la rumba, del kinfuiti y el Magino Arará, Del Conjunto Artemiseño renovado y el quinteto Angerona de escenario sublime. Las nuevas sonoridades hablan de Kolao, Coctel y otros acordes bisoños bebiendo de la savia primigenia.

Esa savia está en Silvio allí donde el río parió también a Yaguar. En Chacón y en la sonrisa campesina de Olga Lidia, en las cuerdas metafóricas de Vichot. En los artistas de la radio que entregan personajes distintos cada día.

Está allí, en los que se quedan por decir porque son muchos. Los que miran al mar y lanzan su botella como Fregel y Evasio. Los que siembran un bosque para el apóstol, los que ponen de moda el chachachá, la fusión o hacen jolgorios para que suene lo cubano en el festejo identitario de occidente. 

La cultura de Artemisa está más honda, en su gente que ovaciona lo bello, en un museo que se ríe junto a Abela y a Nuez. En esa mano que se extiende con una rosa o tiembla ante un abuso. En la mirada que humedece el balcón de la cara ante el silencio respetuoso del mausoleo a los mártires.

La diosa del silencio viola su esencia natural en esta jornada. Sale a pastar su unicornio de papel y entona himnos de celebración. Porque no existe un apagón posible. Porque están las redes tecnológicas, unas más fuertes que salen del alma artemiseña para contar que la cultura en Artemisa es Artemisa misma, flecha lanzada desde una historia rica para clavarse en cada pecho que hace nuestro pueblo en una nueva identidad.