Las relaciones secretas entre la palabra y el silencio: la poesía de Rafaela Chacón Nardi

Las relaciones secretas entre la palabra y el silencio: la poesía de Rafaela Chacón Nardi

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Escritores, poesía cubana, educación
  • En sus poemas hay una sorprendente idea del movimiento y la fijación.
    En sus poemas hay una sorprendente idea del movimiento y la fijación.

Hace algunos años caminando por los corredores del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto Cubano del Libro, encontré diversas fotos de escritores cubanos con marcos anaranjados, colgadas en las paredes. Alguien que venía conmigo me dijo, señalando el cuadro de Rafaela Chacón Nardi: “Si te pusieras espejuelos oscuros serías igualita a ella”.

La foto reflejaba a una mujer de unos cuarenta años, mestiza, de sonrisa semivelada. Al contemplarla, noté el contraste con la imagen que de ella poseía: mujer que veía acudir con frecuencia al Centro de Estudios Martianos por intereses profesionales; con su inseparable bastón, su voz aguda, su sonrisa. Ya había muerto, pero aquella imagen se volvió tan familiar que no pude olvidarla. Lo primero que supe o que llegó a mí fue el mito: se lanzó del balcón por conflictos con su pareja. Esposo español de carácter extremadamente fuerte, académico, investigador del Instituto Cubano de Literatura y Lingüística. Pareja interracial.

Con el tiempo supe que el mito era casi todo realidad. Y que algunos aspectos reales se iban convirtiendo en pequeños mitos, en comidillas intelectuales, en corrillo a un tiempo malsano y sabroso.

Propuesta durante varios años al Premio Nacional de Literatura, nunca lo llegó a obtener. Le querían entregar este premio para agradecer la obra de toda una vida, el esfuerzo, la entrega. Otros decían que le faltaba obra (cantidad). En su caso estaba otra mujer: Serafina Núñez. En aquellos años ninguna de las dos lo llegó a obtener.

Rafaela, nacida el 24 de febrero de 1926, vivió hasta el 2002. En sus poemas hay una sorprendente idea del movimiento y de la fijación. Estar en uno es estar en el otro. O más bien, estar dentro de uno es ser el otro, siempre con un gesto obstinado. Empleándolo todo, supo librarse de preñeces analógicas, alcanzando algo que, al oponerse a lo que le rodea, logra la autenticad. Si la poeta tuviera que afiliarse a algo sería a la vibración, a ese desgarramiento anónimo, y a veces ambiguo, esa naturaleza imposible que atraviesa lo más esencial de lo femenino. Si su intuición es lacónica y profunda, la cuchilla se abre sobre ella. Un desgarrón elíptico todo lo preside. ¿Abismo y cifra bordan sus cuerpos improbables?

Sus textos, siempre a medio camino entre la pulsión neorromántica intensa y la fuerza identitaria, se resemantiza continuamente la palabra “cielo”. Son claras las influencias de la poesía de Juan Ramón Jiménez, no solo en la conformación y aprehensión de los recursos poéticos, sino en un retomar de motivos del español para sus propios poemas. Hay también reminiscencias de la poesía clásica española. Algunas veces la voz salta a la vibración. Se intuye la región inaudita y no queda más que testificar.

Para ella lo tenaz es lo imposible, y lo asume en rara asimilación que intenta lo definitivo. Se intuye asimismo una fatalidad que es movimiento, a la que el cuerpo y sus relentes se entregan. ¿Esta fatalidad es resignación? Padece y goza el aislamiento de la distinción. Su poesía en ocasiones se coloca en un sentir tan hondo y único, que pertenece al reino de lo sobrehumano y por tanto, es negador. Hay una lógica superior, una especie de ética, de principios inamovibles que hace que otros se muevan, y que la mente femenina abraza tenazmente con un estoicismo que salva.

No faltan en sus textos el estremecimiento ante las virtudes físicas del amado y la asunción de una sensualidad sin tabúes. Sus mejores poemas surgen cuando se mete dentro, con un afán esquivo y queda solo el tejido de su duda y su por qué, cuando se despoja de un neorromanticismo epocal en el que se mueve con soltura, pero con demasiado vestigio.

Varios textos recogen experiencias de su accidente, del sufrimiento de su gravedad y convalecencia. Hay también una especie de obsesión por cantar a la Isla que vive, a ese aire de Cuba que vence sobre todas las cosas. La lluvia también es otro motivo recurrente. No concibe su universo exterior despojado de teluricidades, ella es una con la tierra, sobre todo con la Isla, su aire, su espuma, su guijarro.

Todos ellos complementan su vida, se alargan en su cuerpo. A ella, como a La Habana, “le ha puesto sitio el mar”. Estamos ante una poesía que, por momentos, exhibe raptos de fuerza y contrastes poéticos atendibles que van a ahogarse en la condición posromántica de la imagen y se refugian en el ritmo y el metro.

Su gracia para los sonetos es una de las virtudes principales de su poesía. También podemos encontrar en sus versos las relaciones secretas entre la palabra y el silencio, con sus correspondencias sicológicas. La soledad y el dolor en su íntima quietud, en su sutil reposo refluyente crean, al decir de la autora, paz y dulzura.

Una fuerza interior, una férrea voluntad le dan matices a lo amoroso. Robada por la pasión, se deshilvana y se levanta continuamente en ella. Los caminos visuales que impone mi generación sobre la generación de Rafaela, poeta de los años 50, quizás despejen esta aproximación o un tanto la prejuicien. Hacia el final de su vida, digamos diez años antes de su muerte, se dedicó por entero a la enseñanza del arte entre los niños. Empezó a practicar el arte de saber borrarse, quizás por una íntima convicción que todavía desconocemos. Solo una fe la hizo perpetuarse a sí misma, a su sentido, a su cerebro, a su voluntad. Esto suele ser más fuerte que cualquier instante suicida o alienado de la existencia.