Los chicos de hoy. A propósito de Street life

Los chicos de hoy. A propósito de Street life

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  • La exposición se encuentra abierta al público en la Fototeca de Cuba. Foto tomada de CubaTv
    La exposición se encuentra abierta al público en la Fototeca de Cuba. Foto tomada de CubaTv

Llegamos a la exposición dudando de lo que encontraríamos, Street life nos resultaba sospechosa, no por el título en su carácter literario, sino por el tema que presagiaba desde la inmediatez de la palabra. La fotografía urbana, las anécdotas de la vida callejera resultan un tópico ya común, incluso facilista dentro de la producción artística contemporánea. Luego la nómina y la curaduría atenuaban el espanto. Orquestados por Grethel Morell se agrupaban los ya reconocidos Juan Carlos Alom, Raúl Cañibano, Leysis Quesada, Lissette Solórzano, Liudmila & Nelson, Eduardo Herrera y Arien Chang, junto a voces más noveles como Felko, Yaniel Tolentino o Yojany Pérez (Mamorta); un intento eficaz por poner a dialogar miradas desde diversas perspectivas generacionales y estéticas.

La sorpresa llegó al revelar que no se trataba de una exposición de fotografía callejera habitual, de esas que aburren por las gastadas alusiones a la pobreza y marginalidad cotidianas. Street life encontraba un recoveco, una línea escasamente visualizada dentro del amplio tema en el que se insertaba. Los niños y los adolescentes en la vida urbana contemporánea fueron los protagonistas, sus comportamientos —a veces cuestionable— sus dinámicas cotidianas, sus modos de vestir, de andar. Imágenes todas captadas desde un lenguaje poco complaciente, un fotodocumentalismo que se aleja de composiciones maniqueas para acentuar la sagacidad y veracidad del relato.

La exposición transcurre a manera de plano secuencia, como si de un audiovisual se tratara. Una macrohistoria —la de los chicos en sus dinámicas urbanas— es construida a partir de pequeñas narraciones estampadas en las fotografías. Un tríptico de niños lanzando puñetazos al aire con sus guantes de boxeo; otro mostrando una bala, unas garras metalizadas o una escopeta apoyada en el suelo, advierten sobre la violencia inculcada consciente o inconscientemente en los jóvenes desde edades tempranas, una realidad evadida muchas veces de las disertaciones oficialistas sobre los problemas sociales, e incluso de los discursos artísticos.

Acto seguido, y agrupados a manera de collage, aparecen los muchachos en revueltas callejeras o festividades populares, proyectándose ante la cámara con gestos extravagantes que resultan grotescos más que simpáticos. También están los desposeídos, los solitarios o los que se divierten en las hamacas y andamiajes rescatados de los parques en ruinas. Street life no avizora posturas extremas, ni la decadencia absoluta ni la felicidad aparente, constituye un intento certero por testimoniar una zona de la realidad insular. Sin embargo, tras esta puesta en escena se esconde un cuestionamiento escalofriante que no podemos evadir. Luego de los históricos alegatos de fe enarbolados por un sistema que contempla el desarrollo infantil entre sus rubros fundamentales, estos chicos parecen ajenos, dejadas sus vidas al azar. Sin embargo, el conflicto no se percibe tan solo político, resulta endogámico, arrastra secuelas también de una crisis cultural y económica que atraviesa todos los estratos de la vida pública y privada.

El retrato es el género privilegiado, también se priorizanlos primeros planos, aunque en ocasiones el paisaje de fondo se revela sustancial, un sema que remite a lo omitido más que a lo colocado jerárquicamente frente al lente. Nuevamente una ciudad que confiesa su nostalgia del pasado, espacios desapacibles, habitados por escombros, exentos de plenitud. Se vuelve sobre el intencional empleo del blanco y negro y el estudiado recurso de las luces y las sombras; o se desandan las escenas de atmósferas ambiguaspara evocar el complejo paso por la adolescencia.

Desmarcado de vicios comunes, estos creadores abandonan la alegoría perfilada, los escenarios simbólicos reconstruidos para colocar en el drama confesional el motivo del relato fotográfico. La premura del mensaje, que no reniega del halo estético ni de la profundidad tropológica; el retorno al valor de la imagen pura se instituye como tarea de primer orden. Cuando se apela a la manipulación, se hace en virtud de otras intenciones —antropológicas, sociológicas, históricas— a tono con las refundaciones estéticas y conceptuales de la muestra. Aquí reside también su acierto indiscutible.

Por: Claudia Pérez