Los demonios de Alberto Garrandés

Los demonios de Alberto Garrandés

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Escritores, novela, Editorial Letras Cubanas
  • En el diseño de cubierta la muñeca proponen una ternura hacia lo infantil, que contrasta con la inminente separación de su rostro.
    En el diseño de cubierta la muñeca proponen una ternura hacia lo infantil, que contrasta con la inminente separación de su rostro.

Aquí, en La Habana, siempre estás en peligro de saborear la sal del destierro y la sal del exilio.

Alberto Garrandés

Toda escritura nace de un proceso de afinación donde se examina a la palabra en busca de su sentido (dentro de la estructura que plantea el Escritor) extremo o cero. Una escritura que se va afinando por defecto. La afinación crea un juego de censuras que busca acomodar (o unir) lo deseado a un deseo macro, fuera de sí. Queremos adaptar eso que estamos “viendo” a una escala ya predeterminada, para así lograr una melodía capaz de movilizar al escucha. Al Escritor le suceden dos cosas: confía (así sea un volumen de 700 cuartillas) en que supo discernir entre las pulsiones que le acontecieron mientras perpetraba la realidad con palabras y cree entregar una especie de monolito esculpido a mano limpia, en nocturnidad, con énfasis por reflejar, por inducir. Tras ese ejercicio, el Escritor se transforma en un animal raro, casi metafísico, que sueña y está a punto de renunciar o comunicarse a través de una pared muy ancha con el resto de la humanidad. En una imagen: el Escritor sale de la postura corvo-amenazante frente a la máquina de escribir y se estira (acción pendular), puede que mire al techo o cierre los ojos (ausente la luz), pero todo eso está hecho para “salir del texto y no mancillarlo más”.

Se podría pensar que la afinación es solo un proceso de autocensura por defecto, por ser lo más practicado y común, pero no es así. Se puede llegar a la realidad inmejorable (interpretación) del texto a partir de un “extraño” proceso de autocensura por exceso. Y es cuando la afinación matiza a la palabra para llenar espacios que no parecieron vacíos, pues el texto surgido tiene un precedente cerrado y armónico. Cuando el Escritor encuentra el modo de autocensurarse mediante la amplitud, me parece que ha encontrado un espacio dentro de sí apacible, feliz. Este tipo de encuentro necesita de una escritura de búsqueda muy anterior al texto que se logra bajo el ojo excedido. Se necesita de Ciber-sade, La lengua impregnada, Sexo de cine, El ojo absorto y Body-art (sobre todo este último) para llegar a una novela como Demonios (Letras Cubanas 2016). Todos estos libros viajan del experimento en sí al intergénero a la poscrítica a la narración barroquizante, y resulta que su autor, Alberto Garrandés, ha encontrado una novedosa estructura para la novela, signada por la narración audiovisual. Todos los caminos del Ojo conducen a la Imagen.

Alberto Garrandés logra con su escritura barroca (por la multiplicidad que exigen sus sombras) y trans-erótica una novela de afinación. Demonios, Premio Alejo Carpentier 2016, surge luego de un proceso riguroso de autocensura por exceso. Vemos en su cubierta, rodeada de un negro efervescente, que una muñeca frankenstein no termina por hacer ningún gesto. Su rostro tiene hendiduras que son (o simulan) el desgarramiento. En la parte inferior de la imagen se le ve el dedito como señalándose, lo que la añade más aún ese suspense en la mirada “desviada”. El cabello cosido a la cabeza se mezcla con el marco marrón ingenuo. Es la imagen de cubierta manifiesta en el exceso, por el exceso, a través del exceso. Toda la muñeca (las partes que se ven) proponen una ternura hacia lo infantil, que contrasta con la inminente separación (descuartización) de su rostro (o más bien toda la cabeza como armada al encontrar diferentes pedazos [dispositivos] que la realicen). Luego del rostro conjeturado que no llega a mirar fijo vienen los Demonios.

Demonios propone el inicio de la conjetura de cierta narración que se va conformando entre los dedos del  lector como una lámpara caleidoscópica. Sus escenas provienen de la idea del laberinto como caverna platónica. El voyeur pulsa su aparición sin la tipicidad que lo caracteriza. Anotaciones que traen y retraen. Impulsos, sexo, ambientes medio melancólicos, personajes realizados y que van descubriéndose tras un juego territorial muy fragmentado. Parece que Instrucciones para cruzar un espejo (esa antología del cuerpo) está flagrantemente enraizada en estas páginas.

5. Demonios se encarga de la región onírica con cierta frialdad, su narración seduce un erotismo marginalizado. La construcción como envés de una trama urdida en ciertos arrecifes, rinde homenaje a los grandes del relato corto y otros escritores que para Garrandés han constituido sus apóstoles. Pero no es una novela maniatada al intertexto de plano, sino que sutil va graduando para que el lector tenga ciertos conocimientos literarios (al menos lateralmente). Todas sus voces parecen fantasmas que salen de las insinuaciones del terror. El terror, en tanto género que necesita de cierta empatía erotizante. Y lo erótico del texto mientras la novela avanza va saliendo de sus márgenes, el erotismo en Demonios, se vuelve trans-erotismo, es decir, un erotismo incontenible que no sale de paisajes estéticos (o estetizantes) de ética torcida (amorales) o está sujeta a los íntimos deseos interiores del hombre contemporáneo. El trans-erotismo de Garrandés se encuentra en el Ojo fortuito que se desplaza siempre, no es una mirada fija sobre los atributos del hombre y/o la mujer. Este trans-erotismo capacita a los personajes de una identidad que los rebasa, recordemos que el ámbito de la novela es poliédrico en tanto espacio conjetural de aristas de notables pero insinuadas.

6. Como la escritura es un proceso, más empeñado que otra cosa, en esta novela arribamos los frutos de ese empeño. Unos frutos como mangos filipinos entregados desde una mano vampirizada. La concepción tanto escritural como estructural de estos demonios, roza con la percepción audiovisual muy cerca del cortometraje. Estamos asistiendo a espacios reducidose interconectados tanto que tal parece escrito desde la imagen del hombre frente a un inmenso cubo de metal, que va imaginando la ciudad que lo ha construido (o este mismo hombre sentado frente a la máquina “editando” en AVI toda la narración). Como esta es una novela de afinación, Garrandés está constantemente trayendo lo hubo antes. Ese es el terreno por dónde traza su mapa esta máquina narrativa. El par articulación-desarticulación exegética no se muestra en una inquietante lucha por prevalecer, sino que afinándose, encuentran dispositivos coherentes (lo he dicho antes). El empeño de la novela no es coincidir con la imagen que puedan plantearse los lectores de estos espacios, sino desestabilizar el sentido de la realidad perceptible. Por eso el sueño es un componente fundamental y muy bien expuesto a todo lo largo y ancho.

He aquí un demonio:

Eran unas tetas muy parecidas a las cúpulas de la catedral de la Anunciación, en el Kremlin, pero yo no podía evadirme de una súbita tendencia: la de decorar los domos de la basílica de San Marcos. Y no es que sobresalieran mucho, sino que se expandían por su pecho con una liberalidad escalofriante. Y entonces venía la sorpresa mayor: Francisca estaba provista de unas aureolas singularmente levantiscas. Discos engrosados como diademas. Círculos tumescentes y oscuros. Y, encima de esos hemisferios más o menos indómitos, unos pezones redondos y hedidos como ventosas. Cuando se puso de pie y alzó los brazos, las tetas fulguraron amenazantes. Francisca era una amamantadora nata, una supermadre del futuro, protectora y lasciva, guardiana de los bienes y del frenesí. Y me dejé llevar de nuevo, como un bebé semidormido, o como aquel encadenado que Rubens pinta, en La caridad romana, lamiendo la leche de la mujer que lo visita a la cárcel.[1]

Para lectores inmediatos y lectores futuros contiene una advertencia intrínseca, una advertencia que va descubriéndose el velo mientras avanzamos la mirada por cada página. Para lectores laterales y lectores marginados tiene la ampliación de los salones de Santa Sofía donde el hombre pierde la sensación del hombre. Para lectores que se arriesgan a hundir los ojos en sus demonios, esta novela productora de experiencia comprometida con la construcción del yo y sus insinuaciones, tiene ese extraño poder de ansias por recalcar, por exteriorizar. Para los demás, Demonios constituye una novela nueva de Alberto Garrandés que toma al cuerpo y lo deposita solo en los sentidos imaginados, los sentidos que colman. Demonios, vale decir, es una novela de afinación que ya tiene su palabra, dónde Alberto Garrandés se atreve, con su voluptuosidad, a entrever lo que el Ojo demuestra cuando se le observa desnudo.

 

[1] Alberto Garrandés: Demonios, p. 94.