Martí, comunicador visual

Martí, comunicador visual

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José Martí
  • Como acertadamente plantea el autor, el principal recuerdo de la apariencia del héroe-poeta es el que nos deja su iconografía. Cubierta del libro tomada de internet
    Como acertadamente plantea el autor, el principal recuerdo de la apariencia del héroe-poeta es el que nos deja su iconografía. Cubierta del libro tomada de internet

Los libros de Jorge Bermúdez destacan por el manejo de la didáctica y las curiosidades informativas. A pesar de la diversidad temática de sus investigaciones: sea de la ovnilogía cubana, el caricaturista Massaguer, o el diario de un adolescente que acompaña breves días al Delegado del Partido Revolucionario Cubano, se percibe en su prosa el recurso de sorprender e ilustrar al lector. Esta última obra: Martí, comunicador visual, no es la excepción. Páginas que fundamentan una verdad muchas veces enunciada y pocas veces estudiada: El Apóstol cubano no solo fue un genial comunicador a través de la palabra sino también a partir de las imágenes visuales que nos legó y complementaron su labor literaria.

Desde muy temprana edad Martí estuvo vinculado al fascinante mundo de la imprenta y las publicaciones periódicas. Vivió esa fiesta irrepetible del empleo de la litografía para hacer más atractivos los libros y revistas del XIX. Posteriormente, él mismo fue el artífice de tesoros bibliográficos en los cuales tuvo que convertirse en cazador de ilustraciones para La América, El Economista Americano, Patria, o la elegante narración ilustrada de la Edad de Oro.

Apostó por la visión futurista de la torre Eiffel en tiempos en que Alejandro Dumas o Guy de Maupassant aborrecían aquella estética constructiva. Fue un entusiasta analista de visualidades modernas como el puente colgante de Brooklyn, la pintura impresionista o la utilización cotidiana de la cámara fotográfica.

Bermúdez nos comenta todo el conocimiento de Martí sobre la incipiente tecnología de tomar imágenes. Si en 1862 Edgar Degas ironizaba acerca de las pioneras fotos artísticas de Nadar, el poeta cubano, ya en la década del 80, advertía al lector latinoamericano que la revolución del lente apenas comenzaba, e informaba de instrumentos portátiles para esta técnica, de la posibilidad venidera de la foto a color, de la nocturna o la capaz de capturar el movimiento.

Como acertadamente plantea el autor, el principal recuerdo de la apariencia del héroe-poeta es el que nos deja su iconografía. Son estos retratos la fuente primigenia del indetenible movimiento plástico-escultórico-cinematográfico comenzado tras su muerte. Fotos, por cierto, donde prima el compromiso patriótico.

Al no poseer registros visuales de Martí en compañía de padres, hermanas, esposa, “su iconografía fotográfica” —nos dice Bermúdez— “no solo es expresión de su vida, sino también de su soledad”. Por ello, quizás, tengamos como una de las instantáneas más tiernas y diferentes aquella en la que aparece sentado desenfadadamente, con una incipiente sonrisa, mostrando a la posteridad al pequeño José Francisco.

La pintura académica de principios del XX mantuvo esa seriedad comprometida, cierta tendencia a mimetizar las posturas de las fotos, de ahí la ruptura del conmovedor Martí de Jorge Arche, por primera vez en camisa blanca, sacando su mano del propio marco del cuadro, haciéndose más original y cercano.

Sin embargo, en ese forcejeo entre academicismo y vanguardia, propongo al lector no perderse los datos desplegados en esta investigación sobre el trágico destino del cuadro “Muerte de Martí en Dos Ríos” de Esteban Valderrama; aleccionadora historia sobre lo que puede provocar la crítica inconsciente y exagerada al esfuerzo artístico del creador. El propio Bermúdez participó, además, en un proyecto digital para devolver los colores originales a la foto del cuadro de Valderrama.

Recientemente arribó a La Habana una réplica exacta de la escultura del Parque Central de Nueva York que refleja igualmente el crucial instante de la caída en combate. Esta pieza también cuenta con una historia novelesca y luego de franquear no pocos obstáculos, puede ser finalmente contemplada por el pueblo cubano. Realmente solo quedaría que algún día pueda ser mostrada al público que visite el Museo de Arte Cubano la no menos impresionante obra “Dos Ríos” de Carlos Enrique, así se podría observar, con mayor exactitud y cercanía, cómo uno de los momentos más decisivos de nuestra historia pudo ser inmortalizado desde el simbolismo académico universal a la poesía personalísima de las vanguardias.

Solo desde la creatividad la imagen de Martí puede zafarse de un canon fotográfico de más de 150 años que a su vez cumplía una serie de normas preestablecidas para el retrato. De ahí el contraste por ejemplo entre las hermosísimas soluciones plásticas del gallego Posada o los carteles gráficos del ICAIC con la exagerada propagación de los llamados rincones martianos con sus respectivos bustos. Y al respecto no puedo dejar de citar esta precisa idea del autor: “levantados con la mejor intención del mundo y concebidos a semejanza de estéticas pasadas, han devenido la obra mayor del facilismo y el voluntarismo, adueñándose de los más disímiles espacios arquitectónicos y públicos del país”. Y concluye: “una imagen del Apóstol ya tan vacía como el propio molde en yeso donde se vació”.

El propio Martí se mostró atrevido y libre en los autorretratos caricaturescos que hizo a los márgenes de sus escritos. Uno de ellos, por cierto, lleno de misterio: el realizado en el interior de una carta a Carmen Zayas Bazán y en el cual se muestra como la escultura maya del Chac-mol. El lector, entonces, no puede dejar de leer el interesantísimo estudio de Jorge Bermúdez sobre esta escultura, salpicado de preguntas, vacíos y posibles interpretaciones.

Sin ser absoluto, se puede pensar que Martí vio en ese hallazgo un símbolo del nuevo despertar americano y él mismo encarna esa esperanza colocando su rostro en la imagen mitológica recién descubierta. Sin embargo, en esa hipótesis, como sabemos, se entromete nuevamente el poder colonial. Así como Hernán Cortés fue confundido con el retorno de Quetzalcóatl, la astucia inicial del descubridor estadounidense Le Plongeon significó el augurio de que Estados Unidos sustituiría a España en el papel dominador de nuestro continente. Por tanto, si algún tesoro arqueológico se digna a aparecer este siglo en nuestras tierras, seamos cautos, unidos, humildes y gracias a la lectura de libros como estos, aprendamos a ser sabios intérpretes de las formas sutiles de la comunicación visual.