Martillo la palabra al rojo. Cinco preguntas al poeta Moisés Mayán

Martillo la palabra al rojo. Cinco preguntas al poeta Moisés Mayán

Etiquetas: 
Escritores, poesía, Premio
  • Moisés Mayán acaba de recibir el Premio José Jacinto Milanés con el libro Mentalidad de enjambre. Foto tomada de internet
    Moisés Mayán acaba de recibir el Premio José Jacinto Milanés con el libro Mentalidad de enjambre. Foto tomada de internet

Moisés Mayán (Holguín, 1983) no escribe poemas, sino libros. La frase podría causar resquemor en más de uno, pero a Moisés no le importa y mete los brazos en la masa poética hasta los codos. Cada martillazo es parte del poema que trabaja, como si fuera un obrero del lenguaje.

Su fórmula —alguna vez aseguró no aconsejársela a nadie— está acompañada por un singular talento poético y la alquimia entre ambas —fórmula creativa y talento lírico— le han hecho merecedor de varios de los premios de poesía más reconocidos en el panorama literario cubano. Casi podría asegurar a ciencia cierta que Moisés ha sido el poeta cubano más agasajado en los concursos en todo este año: el Premio Calendario con El factor discriminante; el Regino Boti con Carga al machete, donde Mayán aborda las luchas por la independencia de Cuba en su 150 aniversario; el Manuel Navarro Luna con Años de plomo y recientemente el Premio José Jacinto Milanés con Mentalidad de enjambre.

Moisés tiene publicados los poemarios: Fábula del cazador tardío, El monte de los trasfigurados, Cuando septiembre acabe, El cielo intemporal, Raíz de hierba mate y Estética de la derrota y entre sus premios anteriores encontramos: Ciudad del Che (2007 y 2013), Especial Regino Boti, en 2008; I Premio Gastón Baquero, en 2010; Premio X Juegos Florales Matanzas 2011; el Ciudad de Holguín 2012, y el Mangle Rojo 2016.

Con la complicidad del historiador José Abreu Cardet, quien me solicitó entrevistar al amigo en común, desgranamos cinco preguntas al joven poeta Moisés Mayán, sabiendo que quedan temas por tratar y que esto no es más que el pórtico a futuras preguntas.

En un artículo a propósito de la más reciente poesía cubana, Rafael Rojas escribe que a juzgar por sus líricas, los jóvenes poetas cubanos se asumen principalmente como sujetos posteriores al siglo XX: “Se leen eróticas y religiosidades, desolación y candidez, pero, sobre todo, presencias del nuevo siglo, de su agresiva globalidad”, añade. Creo encontrar esa “agresiva globalidad” que menciona Rojas en tu poesía más reciente…

Considero que sería prematuro aventurarme a definir mis actuales ejercicios de escritura, pero trataré de ser coherente. Otro escritor joven, Tao Lin, afirma: “Si eres un ser pasivo no le importas a nadie”. La poesía es un producto y el lector es el mercado. Sin embargo, en algún momento de su evolución artística, la poesía se volvió inconsumible, como apunta Pier Paolo Pasolini. Por lo tanto, si quieres ser leído no tienes otra opción, debes meter los brazos en tu poesía hasta los codos. Hay que sacudirse la pasividad, y eso implica cierta dosis de agresión. Escribo para un lector que vive presionado por la dictadura de los “likes”, así que no puedo acomodarme. Las claves del discurso poético inmediato hay que buscarlas en el muro de Facebook, en la concisión de Twitter, en la dinámica de los materiales que se cuelgan en YouTube. Si algo te aburre, haces “clic” en cerrar y punto.

Tu poesía se me muestra incluso como un reflejo del Moisés poeta en medio de una cotidianidad que puede ser más que abrumadora, pero también se trasluce el Moisés Mayán como individuo social, el habitante de un contexto histórico y político determinado, preocupado incluso por cuestiones como el racismo, la antropología, la sociología…

El asunto es que este “golpe de timón” me ha llevado a ser concreto. No me ando con florituras, ni circunloquios. Trato de ser exacto. Manejo conceptos puntuales, temáticas específicas. Las preocupaciones íntimas son aplastadas por las preocupaciones del hombre de mi tiempo; o sea, cuando me siento a escribir soy un sujeto colectivo. La observación minuciosa de la realidad suplanta el sedimento que produce la lectura. La realidad es una colonia de microorganismos que pugna por infectar el poema y hay que tener sangre fría. La construcción del texto (en mi caso) es absolutamente cerebral, arquitectónica, intencionada.

Me has hablado que últimamente te ha interesado el libro como sistema –como summum lírico– y no como una selección de buenos poemas independientes por sí solos…

Las nuevas etapas, los giros drásticos, requieren inmolaciones… Es la Ley del vacío. En estos últimos libros he renunciado al ideal del gran poema. Muchos cuadernos funcionan como almacenes, con sus poemas vertebrales, cardinales, irrenunciables, y entre esas estructuras, se embute guata, relleno, estopa. Lo contraproducente es que los buenos poemas reaccionan entre sí provocando chirridos desaceitados. El libro-sistema contiene otras claves discursivas. Los poemas son diminutas estructuras, ruedas dentadas, fuelles, válvulas; en sí mismos ofrecen un efecto fragmentario pero en su conjunto activan la maquinaria. Simplificando: no escribo poemas, escribo libros. Si se me ocurre un poema que no pertenece al conjunto en el que trabajo, cancelo esa operación. Soy radical.

La masa, el individuo… en la “aldea global” son temas que incluso rozan la sociología y que abordas en Mentalidad de enjambre, “poemario que logra una indagación acuciosa sobre el presente como manera de especular sobre el futuro”, según el acta del jurado. ¿Adaptabilidad literaria? ¿Terminas “pescando” el poema o lo trabajas a martillazo puro?

Si eres un hombre medieval no tienes ninguna oportunidad de sobrevida. Adaptarse o morir, no hay misterio. Eso lo sabía el dibujante de bisontes de las cuevas de Altamira. Mientras el resto de la tribu andaba cazando, el inadaptado pintarrajeaba el Gran Salón. ¿Para quién lo hacía? ¿Quién era su público? Millones de turistas en el futuro. Escribir para el futuro es una provocación. No voy a sentarme a esperar por las ideas. No tengo tiempo de ocio. Diseño un plan de trabajo y me esfuerzo por cumplirlo a pesar de los imprevistos. Si no vas a tomar con seriedad la poesía, es mejor que te dediques a otro oficio. Soy un obrero del lenguaje. Martillo la palabra al rojo, el martillazo es también parte del poema.

Has ganado varios premios importantes este año, con jurados de renombre y que conllevan a la publicación del libro y ante eso —sabes cómo es nuestro mundillo— las opiniones se polarizan: hay quienes lo ven como necesario; otros añaden que los premios envilecen y que, además de que el poemario debe reposar, la obra se torna repetitiva… Hay quien publica cada diez años, por ejemplo, y no es un buen libro; hay quien lo hace más a menudo y tampoco es un buen libro. ¿Qué crees al respecto? ¿Cómo ves esto?

Me recomiendan que deje madurar mi poesía, pero mi poesía no es un aguacate. Me sugieren que ponga a reposar el libro, como si necesitara un proceso de fermentación. Hay quienes dicen: “Estoy terminando un cuaderno para el Guillén”, lo custodian celosamente bajo siete llaves y al final no se ganan el premio. Respeto esas concepciones, pero no son las mías. No guardo ningún libro. No tengo inéditos. Hay que aprender a escribir al margen de los corrillos. Si publicas con mucha frecuencia, o te ganas varios premios, te piden que te tomes un tiempo, un año sabático, si no públicas, entonces dicen que estás muerto como poeta. ¿En qué quedamos? La repetición es un riesgo, pero nosotros nos estamos repitiendo y repitiendo desde Homero. Esa es una verdad incontestable.