Maurice Renoma expone en La Habana

Maurice Renoma expone en La Habana

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Plásticos, exposición, crítica
  • Maurice Renoma. Foto: Internet
    Maurice Renoma. Foto: Internet
  • Estas obras son analizadas en la presente crítica. Foto: Internet
    Estas obras son analizadas en la presente crítica. Foto: Internet
  • Estas obras son analizadas en la presente crítica. Foto: Internet
    Estas obras son analizadas en la presente crítica. Foto: Internet

La posibilidad de conocer directamente la obra del destacado diseñador de modas, escenógrafo y fotógrafo francés, Maurice Renoma, en la exposición personal realizada en la Galería Habana en junio de este año, nos ha puesto ante la provechosa experiencia de presenciar algunas de sus sobresalientes creaciones, mediante el uso del lente fotográfico. Aunque las fotos presentadas corresponden en su mayor parte a los últimos diez años, incorpora algunas de los noventa, las cuales sirven para apreciar el espectro de intereses que le movieron, formal y temáticamente en esa década, cuando empezaba a interesarse seriamente en la fotografía artística.

Declaro que no estoy en modo alguno de acuerdo con las palabras al catálogo de  que “la vida misma, en su extraordinaria normalidad, es el sujeto principal de sus instantáneas”. Opino que requiere ser matizada esa afirmación. Sus imágenes no tienen nada de convencionales. Por el contrario, se muestra interesado en composiciones formales y situaciones fuera de lo cotidiano. Produce, con eso, un atrevido campo semántico, al decidirse a componer situaciones especiales, sustentadas en tensiones visuales y emocionales en lo interno de las imágenes.

La connotación estética que le observo a sus fotos, no la logra por espectaculares encuadres. Al contrario, se afana  en una sencillez de elementos figurativos puestos en juego, en el espacio impreso editado del fotograma. Basta fijar la atención en cualquiera de las obras presentadas en La Habana para comprobarlo.

La fotografía para Maurice Renoma deja de ser una reproducción mecánica de lo real. Tampoco es propiamente una recreación hermoseada, sino una construcción muy elaborada en pensamiento, a pesar de la sencillez de la forma adoptada. Acostumbra a crear imágenes insólitas, aunque las presente con una naturalidad asombrosa en sus poses. Son por eso un reto al observador.

Prefiere colocarse del lado de los artistas mordaces, no para provocar la ira del espectador como pretendieron los vanguardistas de la primera mitad del siglo XX. Su propósito principal se me hace reconocible, en hallar permanentemente la poesía de lo sorprendente. Al menos esa es la observación analítico-interpretativa que avanzo sobre su obra.

No le interesa satisfacerse en la fotografía accidental de motivos aislados que el azar le ofrezca. No está a la cacería de imágenes limitada a ese objetivo. Captura de todo, pero con vista a programar posibles series, según vea las posibilidades que esas nuevas incursiones le ofrecen.

Prefiere plantearse el encadenamiento seriado acerca de un determinado motivo en la conformación de ensayos fotográficos. De ese modo, explora las oportunidades técnicas y formales, siguiendo una línea de concepción previamente pensada con detenimiento.

En esta muestra habanera en la Galería Habana, aparecen fotos de muchas de las realizadas por Renoma en los últimos años. Entre ellas, una tomada de su serie denominada Autorretrato, situada curatorialmente de modo significativo al inicio de la circulación expositiva, porque es la figura y la personalidad del autor de todo lo que a continuación contemplarán los visitantes. Ese gusto por mostrarse a sí mismo es una autocomplacencia que no conduce a la sobrevaloración de su ego. Es una manera de señalarse responsable de la actitud escrutadora del lente de su cámara puesto a disposición de todos. Es una auto-declaración icónica y un acto de fe hacia la profesión de fotógrafo, con criterio artístico de renombre autoral.

En Portrait 2015D (2015) de la serie autorretrato, la aquí citada, se muestra a sí mismo con una prenda íntima femenina de fino encaje, ocultando sus ojos a la manera de unas gafas-antifaz. Ese actuar devela posiblemente uno de los principios paradigmáticos de su arte: el mostrar una imagen sabiamente preparada, abierta a un abanico de posibilidades interpretativas, emitidas en un tono provocadoramente sutil y elegante. Este proceder lo aplica a las expuestas en La Habana porque constituye su modo distintivo de hacer arte con la cámara, una de sus grandes pasiones culturales, además del diseño de modas en el cual su nombre y marca tienen una fama asentada en Francia desde los años sesenta del pasado siglo y continúa ejerciendo una poderosa atracción pública entre personas selectas del campo de las artes y la política. Su fama en la moda gravita más allá del territorio europeo, pero sus fotos igualmente son conocidas y estimadas en muchos ámbitos, además e haber sido expuestas en numerosas galerías de renombre.

La sicología caracterizadora de sus fotografiados trasciende el marco representacional de lo singular para dirigirse intencionalmente a la indagación de una actitud sociológica. En su extraordinaria serie nombrada Mitologías, hibrida al cuerpo humano con la cabeza de un animal: sea caballo, macho cabrío, res o perro en las figuras masculinas. Cuyas precedencias culturales de paradójica articulación se pueden rastrear en los dioses con cabeza de animal en la cultura faraónica o en la la figura híbrida del Minotauro de la antigüedad griega.

En la mirada de este ser dual —parte hombre o mujer, parte animal— dirigida hacia el espectador, y en la postura corporal presentada, se deja traslucir un inequívoco comportamiento humano. La posible existencia de esa hibridez natural, con la coexistencia armónica en un mismo ser de elementos y características supuestamente opuestas, las lanza provocadoramente hacia los públicos acomodados y adormecidos, acostumbrados a la aceptación de las convenciones. De ahí su actitud de escarnio y provocación, mediante la construcción de una visión compleja de lo real, resistente a toda clasificación reductora. Especialmente repudia con decisión palpable en sus obras el estar sujeto a juicios netamente dicotómicos. La incongruencia en las correlaciones de los términos en antinomia los resuelve con imaginación en el plano metafórico del arte. Mitologías, reúne lo imposible a nivel tropológico en un solo cuerpo. No lo pretende hacer pasar por real, aunque lo parezca. 

Hay ironía pero no creo sea realmente mordaz. Hay verdaderamente un encanto detrás de esos rostros animales en cuerpo humano. Son mirados con simpatía. No se trata por Renoma de abordar a personificaciones encumbradas sino de comunes retratados. Puede que además parodie algunos no tan comunes. Es su deseo el ofrecer un sintético muestrario de los diferentes caracteres de las personas, desde el sabor de un surrealismo asumido con fruición. Presentado con un determinado aire de naturalidad, porque el surrealismo buscaba ofrecer la conjunción de lo absurdo como algo realmente posible de existir en una suprarrealidad, más allá de la realidad cotidiana.

La aparente naturalidad de sus imágenes no deja de estar asociada a lo inusitado, envuelta en un misterio más bien apaciguado, de ahí ese interés de algunos por asociarlo a lo natural, a lo cual me opongo completamente a suscribirlo según los razonamientos aquí expuestos.

La fuerza convincente de atracción lograda en el público condiciona su aceptación bajo cierta tensión a lo ofrecido fotográficamente. La recepción se da propiciando el sostenimiento de la mirada del observador, aun en los casos de lo absurdo expuesto.

Siguiendo esa línea creativa, en la serie Mitologías II, combina con notable efectividad la conjunción del rostro masculino con cuerpos dotados de senos y delicadeza femenina. Esa hibridez aturde a los públicos mojigatos. Sin embargo, el poder extrañamente atractivo de sus imágenes impulsará a los visitantes a  mirar.

En la serie Punk mostrada en La Habana compone en una de ellas una escena a la manera de la última cena de Jesucristo con sus discípulos. Son personajes conocidos del mundo asociable con el mundillo punk quienes asumen las posiciones aproximadas de los santos apóstoles. Por la manera de mostrarlos sugiere que ese tipo de sujetos culturales —inicialmente tan cuestionados y repudiados por la sociedad, estimados inicialmente por sectores pequeños del público— pueden llegar a alcanzar la fama y a ser considerados al paso del tiempo de una importancia valorativa muy enaltecedora, consagrándolos, según resulta presumible del modo incisivo de su presentación.

La ironía se da en proponer que esta repudiada subcategoría social se consideraría con posterioridad  un genuino signo distintivo de su época. Ser objetos de veneración, rendírsele  respeto, credibilidad y admiración, casi sagrada, exaltando sus comportamientos y gustos. Lo sacrílego de esta composición se refuerza en el guiño de uno de ellos junto a la mesa, con la mano levantada y el puño cerrado en gesto de “cornudo”, en sarcástica provocación de burla despectiva y triunfante dirigida a los espectadores, denotativo del triunfo de estos pese a la molestia de muchos.  Es de trasfondo, y resalto esto, una consideración reflexiva en torno a los problemas permanentes de la aceptación del arte, de las dinámicas de recepción y aplauso, que se suceden tras los difíciles comienzos.

En la serie Concepción Gráfica hace un uso reiterado de la afamada actriz norteamericana Marilyn Monroe, ícono del cine mundial mediante la distribución y posicionamiento interrelacionando de los personajes. Le sirve de hilo conductor, de personaje leitmotiv. Aparece junto a algunas figuras connotadas de la política (Kennedy) y del cine norteamericano (James Dean: Rebelde sin causa, Gigante), en franca actitud de connotación sexual. En una de esta serie presenta con provocadora irreverencia a James Dean en la cruz, vestido con jeans y botas de vaquero en resalte corporal de ser símbolo de la erótica masculina, y la Monroe, el lado femenino del símbolo erótico, en postura religiosa, adoradora a sus pies. Se complace así, este fotógrafo y diseñador de modas, en llevar al espectador a situaciones psico-emocionales que socaven las posiciones de los públicos con un horizonte de convenciones muy aletargado. No es nunca la suya una recepción tranquila, en ninguna de sus series.

En la serie Trou (agujero, hoyo), subvierte la bidimensionalidad de la fotografía. Crea imágenes ilusoriamente penetrables de salida o entrada al espacio representado. Esto provoca un desajuste, una confusión, un desconcierto emocional del espectador, debido a esa penetración a través de la dimensión espacial, con un efecto un tanto impactante porque o sobreviene hacia el espacio del observador o se escapa frente a él, penetrando al interior de una dimensión situada detrás de esa bidimensionalidad. En la serie Acto pulsional se detiene en captar la incidencia de los efectos de la luz y las sombras sobre el cuerpo desnudo femenino, tal vez aludiendo a su encantador poder seductor y cierto grado de misterio inatrapable, en un acto visual que podría rozar el voyeurismo. En la serie Misterios, no le interesa captar totalmente el cuerpo humano. Prefiere concentrarse en algunas zonas. 

Lo icónico de sus fotografías, puede decirse, es ajeno a conducir a la reflexión de lo visto. Está lejos del conceptualismo. Lo suyo siempre es la exaltación del poder de la imagen, y la impresión, el impacto sicológico y emocional que esta provoque.