Maykel Paneque: “Leer y escribir me han servido para vivir con una intensidad inimaginable”

Maykel Paneque: “Leer y escribir me han servido para vivir con una intensidad inimaginable”

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Escritores, entrevista, teatro
  • Para este autor, la vida real está en los libros y no en la realidad que lo circunda. Foto: cortesía del entrevistado
    Para este autor, la vida real está en los libros y no en la realidad que lo circunda. Foto: cortesía del entrevistado

Al escritor, periodista y dramaturgo Maykel Paneque y al autor de esta entrevista los unen indisolubles vínculos profesionales y afectivos: los primeros se deben al hecho afortunado de que entrevistado y entrevistador son colaboradores sistemáticos del Sitio Web de la UNEAC y del Portal CubaLiteraria, y los segundos, porque tenemos muchas amistades comunes, a quienes apreciamos, y además, por el trabajo reporteril que hemos compartido juntos, y que ha devenido «un verdadero encuentro en el espíritu», para decirlo con las palabras de un psicólogo con orientación humanista.

Mi interlocutor ha incursionado con éxito en el campo de la dramaturgia. Tanto es así, que una obra suya, Cámara lenta, Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas, fue seleccionada por la compañía Rita Montaner para festejar el aniversario 55 de la creación de esa emblemática agrupación, así como para celebrar el Día Internacional del Teatro.

¿Qué resortes motivacionales inclinaron su vocación hacia la literatura y el periodismo? ¿Influencia familiar o inclinación natural?

Tengo una tía que desde niño me traía libros infantiles. Ese sería el comienzo de un vicio que ni en broma trato de curarme. Es realmente fabuloso asistir a la vida de personas que nunca conocerás físicamente. En este sentido leer, y luego escribir, me han servido para tener memoria, para vivir con una intensidad inimaginable en los contados años en que permaneceré en esta dimensión terrenal. Los libros han estado aquí conmigo, me han acompañado siempre, sobre todo en aquellos momentos en que han faltado quienes un día juraron fidelidad y permanencia, así que puede imaginar cuánto le debo a la lectura: una geografía de la mente, el descubrimiento real de las estaciones, hablar en sueños y un largo etcétera.

Ejercer el periodismo. Sería más exacto decir el periodismo literario-informativo y las reseñas, se lo debo al escritor Alberto Hernández. En esa época, yo trabajaba en el Centro Provincial del Libro y la Literatura de La Habana, y un amigo me había conseguido trabajo en un agromercado. Estoy hablando de matemáticas, por supuesto. Tres días de trabajo para vender frutas, vegetales y viandas equivalían a mi salario de un mes como promotor cultural. Le dije a Alberto (era mi jefe inmediato) voy a trabajar al agro de Cuatro Caminos. Y entonces me sugirió que fuera primero a CubaLiteraria, tal vez ahí podía ganarme los pesos que necesitaba para respirar. Y me aceptaron. Ahí empezó todo. Luego empecé a colaborar con Esquife, el portal de la AHS, y más tarde con el Sitio Web de la UNEAC.

¿Cómo usted concibe el ejercicio literario y periodístico? ¿Integran una unidad dialéctica o son dos contrarios que se excluyen?

Los concibo como un estado opresivo. Escribir nunca me ha dado felicidad, todo lo contrario. No hay día en que me siente frente a la computadora y deje de saltarme el estómago. Las manos empiezan a sudar, siento un frío desesperante y una angustia (miedo a lo desconocido), que va cediendo (no desapareciendo) poco a poco, mientras voy avanzando en el texto. Luego aparece cierto alivio y la certeza de que será lo último que voy a escribir. Al otro día, o al mes siguiente, retorna la pesadilla. Varias veces he deseado no escribir más, pero las ideas cuando son persistentes no dejan de molestarme a toda hora, específicamente en las horas del sueño, y no me queda más remedio que sentarme frente a la computadora y teclear a ver si me dejan dormir en paz.

El periodismo ha sido otra manera de entrever y encauzar la escritura. Y también de leer. En este sentido, se complementa con la literatura. Claro está, me refiero a ese periodismo de investigación capaz de crear un mundo propio, de cruzar fronteras y borrarlas […], si es necesario. Hablo de historias, en las que es difícil establecer dónde termina la investigación (si es que termina) y dónde comienza la ficción. Estoy pensando en Sinatra está resfriado, de Gay Talese, El rastro en los huesos, de Leila Guerriero, o ese libro tremendo y envidiable de Rodolfo Walsh, Operación Masacre, por citar tres ejemplos. Ese cruce de puentes, esa contaminación, esa vía libre en las coordenadas del tiempo, es algo fascinante que permite el periodismo en géneros como la crónica, la entrevista, el reportaje, y la fusión de todos ellos.

El doctor Miguel Barnet Lanza, presidente de la UNEAC, en el homenaje por el Día de la Prensa Cubana a los colegas que cubren las actividades culturales que realiza nuestra institución, mencionó la simbiosis escritor-periodista y periodista-escritor. ¿Cuál es su opinión al respecto, ya que usted ejerce, con indiscutible profesionalidad, la literatura y el periodismo?

Leonardo Padura entraría en ese modelo. Alejo Carpentier sería otro, para referirme solo a escritores cubanos. No es mi caso. Me aceptan reseñas y notas periodísticas de eventos literarios […]. Sin embargo, me permiten estar algo actualizado hacia dónde va la literatura en el país. Me falta aliento para realizar reportajes y crónicas si no me acompaña una buena retribución por escribirlos. ¿Me puedo considerar entonces un periodista? No. Es una profesión que respeto mucho. La idea que tengo de un periodista es otra. La sustentada por Kapuzcinsky, para no ir tan lejos.

De los géneros literarios y periodísticos en los que usted ha incursionado, ¿cuál de ellos prefiere y por qué?

La novela me seduce, ese registro de captar la vida y condensar una experiencia sin agotarla. Y también me atraen los cuentos que van en busca de una atmósfera total, que concentran la energía para integrarse en un todo unificador. Puede ser la pasión por una estructura o que los personajes se repitan entre las historias (Milan Kundera) o un tono armónico, una obsesión para purificar un deseo (Alice Munro).

Del periodismo me quedo con el reportaje y la crónica, quizá por la libertad que proponen, por la posibilidad de registros y ambición que pueden llevarse a cabo con estos géneros. Y también el artículo como autobiografía y exorcismo.

De las anécdotas, vivencias y experiencias acumuladas en su breve pero fructífera trayectoria en esas disciplinas humanísticas, ¿podría relatar alguna que le haya dejado una impronta en su memoria poética?

Bueno, recuerdo cuando ayudé de mala gana a Piglia a contar todo el dinero que robaron los gemelos de un banco que no fundaron. Y también recuerdo con tristeza la angustia de Ana Karerina antes de tirarse frente al tren. Alargué mi mano para agarrarla, impedir que esas ruedas de hierro oscuro y oxidado aplastaran su cuello, pero no pude sostenerla y me arrepiento. Me acompañan sus ojos llenos de asombro y esa frase terrible que aun retumba en mi cabeza: ¿Dónde estoy? ¿Qué hago? ¿Por qué?, al caer sobre los raíles, y ver cómo la locomotora venía hacia ella. No es una sospecha, es una verdad. He vivido más en la realidad de los libros que en la que me rodea. Una aberración, es cierto. Pero vivo cercado por ellas.

Ahora le cedo, con mucho gusto, la cuartilla en blanco, no para que sienta angustia ni un frío desesperante, sino para que refleje en ella lo que, según su apreciación, no debe dejar de aparecer en el contexto de esta entrevista, que ha tenido la inconmensurable gentileza de concederme.

Por supuesto que no experimentaré ninguna de esas emociones negativas. Nada más lejos de la realidad. Solo quiero darle las gracias por focalizar su atención e interés en mi humilde persona y reiterarle que la lectura y la escritura me han servido para vivir con una intensidad inimaginable.