No quiero ocultar nada de mi vida (II)

JORGE AMADO

No quiero ocultar nada de mi vida (II)

  • Jorge Amado y su esposa Zelia Gattai se casaron en 1978. Ella, sin haberlo visto nunca, se enamoró de él a través de sus libros...

A propósito de la entrega de la Medalla Jorge Amado al poeta, narrador, ensayista y etnólogo Miguel Barnet por la Unión Brasileña de Escritores, este sitio comparte la entrevista que le hiciera Ciro Bianchi  —Premio Nacional de Periodismo José Martí— a Amado y su esposa Zelia Gattai en el año 1987...

HABLA ZELIA GATTAI

-Lo que sucede es que Jorge no se cuida ni protege su privacidad. No puede escribir en espacios cerrados; si estamos en nuestra casa de la ciudad de Salvador, capital de Bahía, insiste en hacerlo en la terraza o en la sala principal, con todas las ventanas abiertas…

            “Cuando suena el teléfono quiere siempre atender las llamadas o saber al menos quién habla; si tocan a la puerta, es lo mismo: no es remiso a recibir al visitante o conocer qué asunto lo trae. La situación se hizo tan insoportable que decidimos mandar a construir una casa a la orilla del mar, en la playa de Itapoa.

            “Jorge allí se sentía a sus anchas hasta que una mañana vimos que un ómnibus abarrotado de turistas se detenía ante nuestras narices. Por la tarde el ómnibus regresó con su carga y volvió al día siguiente y al otro y al otro: una empresa había incluido el sitio de trabajo de Jorge Amado en sus programas e itinerarios turísticos, mientras nosotros nos pasábamos el tiempo encerrados en el lugar, ocultos como bandidos.

            “Fue entonces que Jorge empezó a escribir en apartamentos que le prestaban sus amigos, en casas de campo o en el extranjero. Su novela más reciente la escribió en las montañas de Río de Janeiro, y otro de sus últimos libros, en Londres. Este año pasaremos dos meses en París a fin de que trabaje en la novela que tiene entre manos”.

            Zelia Gattai es, desde hace más de cuatro décadas, la compañera de Jorge Amado. Es también la primera lectora de sus libros, su asesora en cuestiones de música y una de sus mejores y más exactas biógrafas. “Pero la principal función de mi vida, dice, es la de prepararle a Jorge las condiciones para que pueda escribir”.

            Se casaron en 1978, cuando después de aprobada en Brasil la ley del divorcio, Amado pudo romper el vínculo que lo unía a una mujer de la que se separó cuando conoció a Zelia. Ella, sin haberlo visto nunca, se enamoró de él a través de sus libros, le entusiasmaba saber que ese escritor que admiraba tanto, tuviese una trayectoria destacada en la izquierda brasileña, donde ella también militaba.

            Tenían amigos comunes en Sao Paulo, donde Zelia vivía, pero no coincidían nunca pues Amado iba de paso a esa ciudad. Un día lo vio en un acto público; otro día, en medio de grandes manifestaciones de júbilo por la caída de Berlín y la derrota de las tropas hitlerianas, el escritor habló desde los portales de la catedral de Sao Paulo. Ella no se perdió una sola palabra de su discurso, pero no se atrevió a acercársele cuando el orador bajo de la tribuna improvisada “porque yo era tímida y Jorge andaba siempre rodeado de muchachas muy bonitas”.

            Pero las piedras rodando se encuentran, parece decir ahora Zelia Gattai. Poco después de aquel discurso de la catedral se encontrarían al fin. Se había decretado una amnistía política y la izquierda preparaba una gran jornada de fiesta. Amado debía encargarse de la propaganda; ella estaría en el equipo de finanzas. “Usted trabajará en mi grupo”, le dijo él cuando la vio, y el romance no tardó en nacer. Una noche en la que paseaban por Sao Paulo, el escritor hizo detener el automóvil junto a una florista, adquirió todos los claveles en venta y cubrió a Zelia con ellos.

            -Es un hombre demasiado importante para ti –me decía mi madre. No le hice caso. Hoy tenemos dos hijos y una vida feliz,

FOTÓGRAFA Y ESCRITORA TAMBIÉN

Zelia es hija y nieta de italianos. Su abuelo llegó a Brasil en el siglo XIX, junto con su esposa y sus hijos. Formaban parte del grupo de cincuenta anarquistas que viajaron con sus familias a ese país para fundar en Paraná, en las selvas del sur, una comunidad experimental, la colonia Cecilia, sobre la que se escribieron ya varios libros y se hicieron por lo menos dos películas.

            El padre de Zelia no fue anarquista, sino socialista, y como no podía dar a sus cuatro hijos la educación académica que deseaba, se empeñó en brindarles una esmerada educación política. Zelia ha recordado siempre aquellas conferencias a las que asistía en compañía de sus padres y hermanos, los desfiles y manifestaciones en que participó, su presencia en los actos en que se exigía la liberación de Sacco y Vanzetti…

            Muchos años después ella escribiría las memorias de esa etapa de su vida, un libro titulado Anarquistas, gracias a Dios, que desde 1979, cuando apareció por primera vez, ha alcanzado ya doce ediciones. “Escribe como lo sientas: la historia es buena siempre que se cuente de adentro hacia fuera”, le dijo su marido, y ella siguió el consejo y perseveró en el empeño.

            Vendrían después Un sombrero para viajar (1981) sobre la vida de Jorge Amado, y La reina del baile (1984) donde reconstruye sus cinco años de exilio, junto con su familia, en París y Praga. Excelente fotógrafa, prepara ahora otro libro que será, se afirma, todo un éxito: una selección de las fotos que tomó al escritor durante casi cuarenta años.

            -Jorge no es el objetivo único de mi trabajo fotográfico, pero sí su personaje principal. En ese libro estará un buen trecho de la vida de Jorge contada en imágenes. Se titulará Reportaje incompleto.

            Con relación a Un sombrero para viajar, Zelia Gattai precisa, no sin cierto humor, que de tener un marido corriente jamás se le hubiera ocurrido escribir su biografía.

            Aunque los estudios acerca de la obra de Amado son numerosos, ella pensó que la vida de su marido merecía ser más conocida en detalle. Siempre le llamaron la atención las contradicciones que se advertían en los apuntes biográficos que se publicaban sobre él, y con Un sombrero para viajar quiso aclarar las cosas de una vez y ofrecer al mismo tiempo una visión del hombre en la que no estarían ausentes sus raíces, su energía, su compromiso social, las prisiones que padeció, sus sufrimientos.

            -Yo era la persona más indicada para hacerlo, no ya por nuestra larga convivencia, sino porque durante años escuché de labios de mi suegra el relato de la infancia y la primera juventud de Jorge.

UN BAÑO DE LUNA PARA ACLARARLE LA CABEZA

La biografía se estructuró en torno a dos sombreros. Dice Zelia Gattai que el primer sombrero que usó en su vida se lo puso el día en que salió de Sao Paulo  rumbo a Rio. Amado había sido elegido diputado al Congreso por el Partido Comunista, y ella dejaba atrás todo lo que hasta ese momento había sido lo suyo para acompañar al hombre al que uniera su vida.

            Fue la secretaria de su marido la que le regaló aquel sombrero e insistió en que se lo pusiera para el viaje “porque te estarán esperando tus suegros y una mujer sin sombrero no es elegante”. A la madre del escritor, precisa Zelia, ninguna mujer parecía apropiada para su hijo, y recuerda que al llegar a Rio la miró de los pies a la cabeza y dejó exclamar un “¡y a ella le gusta el sombrero!” que le heló la sangre.

            El segundo sombrero se lo pondría cuando salió de Brasil para Francia, donde su marido estaba exiliado. El Partido Comunista fue declarado ilegal, y Jorge Amado tuvo que abandonar su escaño en el Parlamento y salir del país. Una amiga le regaló el sombrero para ese viaje, y se lo puso pese a lo incongruente que le parecía aquella prenda para viajar en segunda clase y con un niño de cuatro meses en los brazos.

            Cuando se disponía ya a abordar el barco, rompió a llorar, y la suegra, que había acudido a despedirla, le dijo: “Ese sombrero te quema la cabeza”. Pero lo que en realidad  se la quemaba era la preocupación ante el incierto destino del exilio y la angustia de los días precedentes, en los que tanto temió por la vida de Amado.

            -Yo le decía a mi suegra: mire, en esta enciclopedia dice que Jorge nació en Ilheus.  Ella respondía: no, nació en Ferradas. ¿Está segura? ¿Cómo no voy a estarlo si yo lo parí?

            Amado nació, en efecto, en una hacienda de cacao ubicada cerca de Ferradas, en Bahía, el 10 de agosto de 1912. El lugar era tan apartado e inhóspito que desde muchos días antes el padre envió por dos mujeres que asistirían a su esposa en el parto. Cuando llegó el momento, ellas colocarían al recién nacido bajo una palangana que golpearon como si fuese un tambor: querían así provocarle el llanto en vez de hacerlo con la nalgada tradicional. La madre del niño, ante aquello, gritó como una loca. Jorge estaba ya completamente morado cuando su padre entró en la habitación, lo suspendió por los pies y lo golpeó.

            -¿Aquellas mujeres estaban formadas como parteras? – le  preguntaba a mi suegra--. Sí, estaban formadas en la escuela de la burricia.

            El nacimiento del niño sería saludado con fuegos artificiales. Fuera de la casa, los coroneles del cacao y los peones de las fincas vecinas aguardaban con júbilo la venida al mundo del heredero de la hacienda Auricidia.

            Cuando el pequeño Jorge estuvo bañado y vestido, el padre lo tomó en brazos y salió a mostrarlo a todos. Pasaron las horas, empezó a oscurecer, llegó la noche: era ya muy tarde cuando padre e hijo volvieron a la casa. El hombre había dado al recién nacido un baño de luna “para aclararle la cabeza y hacerlo inteligente”.

            Pocos meses después la finca quedaría arruinada a causa del desbordamiento del río Cachoeiras. La familia se trasladó a Ilheus. El padre de Amado, sin embargo, no se resignó y volvió a la selva donde abrió otro trecho cerca de Itabuna.  Allí el niño vería el sufrimiento de los peones, su miseria, los tiroteos diarios, las matanzas con que se sancionaba el derecho de propiedad, las fiebres que devoraban a los hombres… Supo que la vida humana podía valer menos que un trago de cachaca y que el amor se compraba barato. El futuro escritor, como una esponja, recogía las vivencias: el cacao sería un día tema de una buena porción de su obra.