Notas acerca de El acompañante

Notas acerca de El acompañante

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Medios audiovisuales y radio, película cubana, crítica
  • Fotograma El acompañante.
    Fotograma El acompañante.

Percibo cierto retraso en el tratamiento a algunos temas por parte de las producciones cinematográficas cubanas. Cuando en el 2014 se presentaron como parte del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano los títulos Fátima o el Parque de la Fraternidad (Jorge Perugorría) y Vestido de novia (Marilyn Solaya), ambos se acercaban a un fenómeno que no es nuevo: la homosexualidad; y que, sin embargo, se mostraba en las pantallas cubanas a través de hechos que ocurrieron hace cerca de veinte años.

Porque, aunque Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1993) resultó la cinta que primero retrató en Cuba a un homosexual, a través de la construcción de un personaje tan lleno de matices como Diego, la cinta aportaba ese espacio inaugural en la pantalla, los que han venido después han tratado de mostrar, considero, que la zona más carnavalesca del hecho de ser o asumirse como gay.

Muy similar ocurre con el tema que aborda El acompañante (2016) al referirse a cómo se trataron los enfermos de VIH en los primeros años, mediados de la década del 80´. Este desfase en torno a las problemáticas actuales o preponderancia de un cine revisionista de décadas pasadas puede resultar peligroso. Sin embargo, hay que agradecerle a El acompañante que dibuje la historia de uno de los pacientes en el sanatorio, la manera en que se concibió su estancia allí y se aprovecha de las salidas que semanalmente se le permitían.

Estos hechos facilitan el recorrido de un relato hacia las relaciones humanas en su conjunto, porque sería tonto reducirlo al espacio del sanatorio y a sus enfermos; sino a la extensión de los lazos familiares, amorosos, con amigos, de negocios…, que establecen estos. El hecho de estar recluidos, los aleja de la vida real, los obliga a buscar vías de escape, que pudieran ser, en último caso, la salida ilegal del país. Igualmente, ahora apreciamos cierta conexión entre este filme y la historia de Sergio en Últimos días en La Habana (Fernando Pérez, 2016), obra que retrata la última etapa de un enfermo de SIDA.

Actuaciones meritorias las de Jorge Molina, cargada de su particular manejo de todas las situaciones, que transitan desde lo cómico hasta lo trágico y siempre se nos revela como verosímil. Para Armando Miguel, una acertada profundización de un personaje que se debate entre sus dramas familiares, los deseos, y la búsqueda de una libertad deseada. Conflicto que supera en creces, el inicial: la enfermedad. En el caso de Yotuel Romero, quien se estrena en los terrenos de la actuación, por momentos lo encontramos inseguro, con problemas de dicción. No creo que haya sido una artimaña para construir la imagen típica del boxeador hábil en los golpes y escaso de palabras, sino un detalle en la dirección de actores, que bien se podría haber evitado.

Un boxeador que ha sido castigado y su castigo consiste en servir de acompañante a un paciente que padece la enfermedad. Y su castigo se revive en varios momentos presentados a lo largo del filme: cuando todos en el Sanatorio están viendo el boxeo, él sentado en primera fila, de la cual es desplazado por la dueña del balance: “Papi no te me pongas bravo, pero ese sillón es el mío” y esta frase se convierte en una metáfora de su propia existencia. Viviendo algo que no es suyo, pero donde ha sido desplazado por temor a fracasar.

Horacio y Lisandra hacen un repaso de los números que ocupan los enfermos y se percatan que en muchos casos coinciden sus actuaciones con el significado del número en la ruleta. Y es aquí donde ella le confiesa tímidamente que todas sus amigas estaban muertas con él. En la lógica de exponer un recorrido de este, lo más significativo es cuando decide concretar una pasión que lo acecha y no es precisamente el boxeo. En ese riesgo, en la búsqueda de una dosis de felicidad después de todo lo que lo ha precedido, está su mejor definición. Manifiesta una valentía y la expresión de las pulsiones sexuales que lo asedian y que encuentran cobija dentro de este apartamento donde comparten té y música.

Algunas subtramas dentro de la cinta son muy representativas en mostrar la cara de la enfermedad, la rapidez con que se pasa de doctor a enfermo, historia que alcanza protagonismo por los deseos, la mentira y el engaño que se esconden en el actuar del recién infectado, convertido en “papa podrida” como él mismo le decía a los pacientes.

Cuando la relación entre Daniel y su acompañante ha avanzado, y la película se encarga de mostrarnos ese progreso, Horacio le pregunta la manera en qué se infectó. Después de una broma que lo relaciona, Daniel cuenta una historia en forma de chiste cubano con sus “baja y sube el telón”, que disfraza la magnitud de lo que cuenta. Todo ocurrió como parte de una misión militar en el Congo. Con su historia personal está dejando patente que al mismo tiempo que se convertía en un héroe militar se convertía en un mártir en vida, cargando con un virus que termina matándole. Sobre todo, cuando dos choferes de un camión de combustible lo dejan tirado en medio del camino, porque les dice que vive en el sanatorio. Otro rejuego que funciona desde lo meramente narrativo y se convierte en un guiño para la historia.

También se construye un retrato de la vida militar, de la misma manera que actúa la directora del sanatorio, que encarna la estricto, lo ordenado, que se consume en ponerle cuño a todo, sin importar las personas, sino sus clasificaciones; de esta manera se comporta el padre de Daniel tan preocupado en sostener la igualdad entre los enfermos que, incluso sin quererlo contribuye a la muerte de su hijo. Pero él no vacila, no duda, solo ordena, y espera que sus órdenes sean cumplidas.

Aunque tardía, creo que el retrato de un suceso cercano en la historia de la sociedad cubana y la huella de una enfermedad lacerante para los infectados, sus familias, parejas…, es trascendente. Porque otras producciones habían abordado el tema, ninguna se había centrado en el fenómeno y los componentes sentimentales de los enfermos en ese micromundo que es el sanatorio.

Esperemos que otras obras se interesen por el tema sin que se convierta en un discurso que por manido pierda su significado. Al final, lo relevante de El acompañante es ese retrato de la amistad entre desconocidos y que, sin ser semejantes, desde su tremenda humanidad son capaces de entender al otro, respetarlo y ayudarlo si hiciera falta.