Nuestra casa: Cuba

Nuestra casa: Cuba

A finales de mayo, y en sintonía con el constante asedio hacia nuestros procederes en la lucha contra la covid-19, publiqué en redes sociales un mensaje que combinaba esperanza, confianza y crítica contra la campaña permanente de la que somos objeto. Cabría recordar que apenas unos días después de detectados en Cuba los primeros positivos al nuevo coronavirus, comenzó una guerra sicológica en la web, nada casual, cándida ni sana.

Por ejemplo, se hizo rápidamente viral el audio en Whatsapp de la «bióloga» ofreciendo «verdades de primera mano»; cubanos en el exterior que conversaban con familiares en la Isla y de pronto, en medio de la charla, tocaban a la puerta e irrumpían maleantes disfrazados de estudiantes que asaltaban y mataban; la campaña contra las gotas homeopáticas usadas como profilaxis en los adultos mayores cubanos; la burla sobre el nasobuco de tela; los «expertos» que vaticinaron más de 300 000 muertos y el consiguiente colapso del sistema de Salud nacional.

Dos puntos marcaron inflexiones y polarizaciones, sobre todo en las redes: mensajes de histeria masiva dirigidos al cierre urgente de escuelas, universidades y fronteras, así como el cuestionamiento al rescate del crucero británico. Se inventaron «causas» a conveniencia para explicar la prudencia mediática del General de Ejército Raúl Castro, mientras el joven liderazgo generacional fue diana de ataques despiadados.

Luego sentaron cátedra en la constante diatriba, cuando, basados en oníricos datos, «regaron la bola» de otro periodo especial y anunciaron revueltas sociales, dadas la escasez de alimentos y la carencia de combustibles. Tocó turno a Etecsa y pululó la agónica acusación de «monopolio que priva al pueblo» de Internet.

Tal vez el toque más satírico fue cuando arguyeron que las calles estarían colmadas de cadáveres sin ataúdes, putrefactos y contaminando a las pocas personas sanas que quedarían en sus casas, escondidas de la militarización, el patrullaje y los asesinatos selectivos de la Seguridad del Estado. La lista, en fin, sería tediosa e interminable, irremediablemente, con el cuento infantil de siempre.

No cuestiono el derecho a opinar o pensar de cada quien, es un ejercicio libre y personal, sobre la base de su posición y sentido de pertenencia –o no– con nuestro proyecto político. Y noten que disecciono el pensamiento del criterio, pues cuando existen campañas como las que vemos, es muy fácil deducir que, en muchos casos, la opinión es extensión del mercenarismo barato. ¿Es casual y espontánea la agresividad contra Cuba durante la pandemia? ¿Es realmente coincidente que el Caballo de Troya para el tema cubano sean las redes sociales? Diferenciemos el llamado meme, y resaltemos su uso y creatividad cuando, sobre un determinado hecho, se construye ese recurso no tan inofensivo, pero que surge a diario, y aunque pueda contener salpicaduras políticas, se integra a un sistema de chistes y reflexiones que, en su mayoría, denotan cierta espontaneidad. No, no renuncio ni quiero despojarme del meme que también critica y ayuda a ser mejores desde la picaresca y el sano juicio, sino que objeto y expongo a la constante y tendenciosa campaña destinada a borrar del mapa cada obra humanista de la Revolución. ¿Por qué no reconocer que, aun en pandemia, se ha apretado más el bloqueo de EE. UU.? ¿Por qué no referir la persecución de buques que traen el combustible que garantiza la estabilidad energética de hogares y hospitales?

Cuando analizo tales mensajes y campañas, noto el interés extremo en que se desconozcan las leyes y se llame al caos, que se contravengan disposiciones y marcos jurídicos y cundan la anarquía y la ingobernabilidad. No se trata del derecho a la libertad de expresión, como argumentan, sino de una aberración a rebelarse todos y ante todo, y a propiciar un ambiente de fisura política, donde el anexionismo restaure protagonismos a favor de una revolución de colores milimétricamente dibujada y diseñada para unos pocos, minando así la institucionalidad y la tranquilidad ciudadana, al poner en tela de juicio todo ápice de robustez política en Cuba.

Mi comentario en redes sociales alcanzó en pocos días inusitadas cifras que aún hoy me enorgullecen: 25 000 personas interactuaron en sus diferentes modalidades (las menos fueron adversas, apenas 30) y fue compartido 12 640 veces, más los «copia y pega» que no se registran. Me place el debate que se libra en tales plataformas por diversos sectores de la sociedad cubana: estudiantes, cuentapropistas, cristianos, comunidad LGTIBQ+, intelectuales y más, la inmensa mayoría defendiendo el país perfectible que somos; donde, al decir de Tony Ávila: haremos los cambios que nuestra casa necesita, sin derrumbar los cimientos.

(Tomado de Granma)