Oro, sudor y lágrimas

Oro, sudor y lágrimas

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  • El documental Oro, sudor y lágrimas reafirma que para triunfar un deportista son necesarios los sacrificios.
    El documental Oro, sudor y lágrimas reafirma que para triunfar un deportista son necesarios los sacrificios.

Triunfar implica sacrificio. Ahora bien, el precio que se debe pagar para vencer es: derramar abundantes lágrimas, mucho sudor como consecuencia de la intensa preparación física, así como experimentar un gran dolor moral y espiritual ante las pérdidas de cualquier tipo. Ese es, al parecer, el mensaje ético-humanista que la realizadora brasileña Helena Furiati Sroulevich le enviara al público a través del documental Oro, sudor y lágrimas, incluido en la cartelera del 37 Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano.

Mientras la intelectual carioca explora la intimidad y los bastidores de las selecciones masculina y femenina de voleibol brasileño durante los entrenamientos, así como en los coliseos deportivos nacionales y foráneos, dicho audiovisual va narrando por boca de entrenadores y atletas de los dos sexos las emociones positivas o negativas generadas por las victorias y las derrotas, tanto en el patio como en el exterior.

El documental recoge —desde una óptica eminentemente estético-artística— la historia de la década de oro de ese deporte en el gigante suramericano mediante revelaciones no conocidas hasta ahora e imágenes de archivo, conservadas en el “baúl de los recuerdos” de los entrenadores y atletas que integraran las respectivas selecciones de voleibol.

Por otra parte, se describe el estado anímico de los deportistas antes de enfrentarse a un equipo contrario; cómo deben, primero, conocerse a sí mismos, y después al adversario, para tener un conocimiento exacto y preciso de su fortaleza y debilidades, y finalmente, utilizar dicha información para poder vencerlo en la arena. Dos de los factores básicos indispensables para lograr el triunfo es, según los testimonios aportados por los entrenadores de los equipos masculino y femenino de voli, alcanzar la unidad dentro del grupo y percibirse como una gran familia, donde ellos desempeñan la función afectivo-espiritual de padres de todos y cada uno de los jugadores y las jugadoras. Elemento esencial para poder disfrutar la victoria y llorar los reveses que, inevitablemente, se producirán durante el desarrollo de las competencias en las que participarían.

Los entrevistados precisan que unidad no es, en modo alguno, sinónimo de pensar y sentir exactamente igual que el otro o no yo, y mucho menos jugar de idéntica forma, lo cual anularía la creatividad y la individualidad, sino —por el contrario— saber escuchar y comprender las opiniones ajenas, no solo en lo que concierne a la técnica deportiva, sino también porque, en la diversidad de criterios, reside la anhelada unidad en el seno del equipo.

Ese material muestra, con singular realismo, cuán hondo es el dolor que provoca en los atletas (hombres y mujeres) estar separados de sus seres queridos, sobre todo en aquellos y aquellas que son padres y madres, y como lacera la mente y el alma de los miembros del equipo cuando un atleta muy querido y respetado, por razones técnicas o de otra índole, el entrenador tiene que asumir la responsabilidad del yo padre, y por consiguiente, eliminarlo del grupo, porque su presencia —sea cual sea el motivo— perjudica la unidad monolítica que debe caracterizarlo.

Así las cosas, entre victorias y fracasos, llegaron a los Juegos Olímpicos de Londres 2012, donde el equipo masculino obtuvo Medalla de Plata, lo cual devino un rotundo fracaso para ellos, mientras el equipo femenino alcanzó el ansiado título de oro. Los chicos lloraron la pérdida de la presea dorada y las chicas saborearon el triunfo. En ese momento, los varones olvidaron por un instante las sabias enseñanzas de su entrenador: “cuando ustedes salen a jugar, tienen que estar preparados psicológica y espiritualmente para ganar o para perder”. Ese es, con pocas palabras, el principio fundamental que rige cualquier deporte.