Parque de las leyendas camagüeyano: un sitio para la contemplación

Parque de las leyendas camagüeyano: un sitio para la contemplación

Etiquetas: 
Camagüey
  • En la instalación cultural se inscriben siete leyendas de la Ciudad de los Tinajones. Fotos del autor
    En la instalación cultural se inscriben siete leyendas de la Ciudad de los Tinajones. Fotos del autor

Muy próximo al Casino Campestre, en la otrora Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, se localiza, tranquilo y acogedor, el Parque de las Leyendas, cuyo mural es fruto de la mano del artista de la plástica Joel Jover, entre otros miembros de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

En la instalación cultural se inscriben siete leyendas de la Ciudad de los Tinajones. La más conocida, tanto en Cuba como en el extranjero, es la que advierte: “Del tinajón salían las aguas que tomaban lugareños y visitantes. Decía la tradición que el forastero que las bebiera siempre volvería al territorio”.

Entre las muchas leyendas de la ciudad hay varias relacionadas con Tínima, la hija de un famoso cacique de la zona de principios del siglo XVI. Según una de estas leyendas, Tínima fue obligada a desposarse con un conquistador; ella, infeliz con su vida, se arrojó a las aguas del río, que tomó su nombre y que es el mismo que hoy día cruza por la ciudad y nombra una marca de cervezas.

De acuerdo con otra de las leyendas, el padre de la bella indígena camagüeyana, el cacique Camagüebax, acogió amablemente a los conquistadores, pero ellos, llenos de ingratitud, le dieron muerte y lanzaron su cuerpo desde el cerro Tuabaquey en Cubitas. Su sangre volvió eternamente roja la tierra de la zona.

Otra de estas leyendas tiene que ver con la muerte en un duelo del hijo de Don Manuel Agüero y Ortega, una persona importante en la sociedad camagüeyana de la época y quién, a consecuencia de este desdichado suceso, se hizo fraile y con parte de sus bienes dotó a la Iglesia de la Merced de numerosas alhajas, entre ellas el Santo Sepulcro.

Cuenta una que hacia 1679, el filibustero Michel de Granmont invadió Puerto Príncipe y raptó 14 mujeres por las cuales los vecinos debieron pagar un elevado rescate; otra habla de la hermosa Dolores Rondón, quién rechazó el amor del barbero y poeta Agustín de Moya y prefirió casarse con un oficial español. Esta murió en la pobreza… un célebre epitafio sobre su sepultura la inmortaliza.

Aquí Dolores Rondón finalizó su carrera.

Ven, mortal, y considera

las grandezas cuales son:

el orgullo y presunción,

la opulencia y el poder,

todo llega a fenecer,

pues solo se inmortaliza

el mal que se economiza

y el bien que se puede hacer.

La más conocida, sin embargo, es la del Aura Blanca, inmortalizada por la poetisa camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda. Según la leyenda creada por el pueblo, el religioso franciscano José de la Cruz Espí (1763-1838), conocido como el Padre Valencia, gozaba del cariño del pueblo principeño: brindaba toda clase de servicios, mediaba en disputas y aconsejaba a quien necesitara de él.

Con su empeño el Padre Valencia construyó un hospital lazareto que llegó a ser el orgullo de la ciudad, pero a su muerte la escasez y el hambre hicieron presa de los míseros leprosos, y las auras tiñosas ―buitre americano― recorrían ya el abandonado huerto del hospital, en espera de los cuerpos de los famélicos enfermos. Entonces, según la leyenda en el mes de Mayo, apareció de repente un ejemplar albino de la especie. El aura blanca se dejó atrapar mansamente, y hasta dicen que parecía querer acariciar las llagadas manos de sus captores; al día siguiente todo Puerto Príncipe comentaba que el alma del Padre Valencia, tantas veces invocada en medio de los sufrimientos de los lazarinos, había bajado a ellos.

El captor del aura blanca, el doctor José Ramón Simoni Ricardo, director honorífico del hospital, la expuso en la Casa de Gobierno durante el siguiente mes de Junio y, ante el interés general que provocó el ave, se hizo una exposición pública cobrándose la entrada y destinando lo recaudado a aliviar las perentorias necesidades del hospital. Posteriormente y con igual propósito, el ave fue paseada por el país y, para incrementar la recaudación, también fue rifada y así llegó a Matanzas donde la adquirió —en perfecto estado de salud— para su zoológico personal el sabio naturalista Don Francisco Ximeno.

Finalmente, el aura blanca murió en Matanzas y allí se realizó el trabajo de taxidermia en 1864. Ximeno la mantuvo entre los ejemplares de su colección hasta 1884, cuando la vendió al Museo de Historia Natural del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, donde estuvo casi un siglo, y luego pasó a la librería El Pensamiento. Hoy se puede ver en el Museo Provincial de la Atenas de Cuba, en el Palacio de Junco. Este ejemplar albino de la especie Cathartes aura es uno de los exponentes más antiguos de Cuba.