Pedro Juan Gutiérrez y las antropofagias literarias de un animal urbano

Pedro Juan Gutiérrez y las antropofagias literarias de un animal urbano

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Escritores, crítica literaria, Pedro Juan Gutiérrez, narrativa cubana
  • Ediciones UNIÓN ha publicado varios títulos de este consagrado narrador.
    Ediciones UNIÓN ha publicado varios títulos de este consagrado narrador.

La reciente publicación de dos relatos del narrador cubano Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1948) en la revista La Gaceta de Cuba, me hizo releer algunos libros del autor más conocido –según muchas casas editoriales extranjeras– del llamado realismo sucio en español. Las mismas casas en las que publica Pedro Juan Gutiérrez (PJG) desde la década del 90 del pasado siglo y que promocionan su obra como “una de las revelaciones más impactantes de la literatura latinoamericana reciente” en voz de “una especie de caribeño Bukowski o de habanero Henry Miller...”, aunque existan otros representantes de la versión hispanoamericana del realismo sucio, como el venezolano Argenis Rodríguez (1935-2002), los españoles Karmelo C. Iribarren (1959) y Roger Wolfe (1962) y los cubanos Zoe Valdés (1959) y Fernando Velázquez Medina (1951), ambos residentes en el extranjero, en Francia y Estados Unidos, respectivamente.

Este realismo sucio es un desprendimiento hispanoamericano del realismo sucio estadounidense que, a la vez, nos remite al realismo europeo de la segunda mitad del siglo XIX, con autores “no tan sucios” como Flaubert, Dickens, Tolstoi, Ibsen y Pérez Galdós. Esto daría pie al naturalismo, con los franceses Émile Zola y Anatole France al frente, y luego se desprenderían otras “derivaciones” del realismo, como lo son, en literatura, el verismo italiano, el épico, fantástico, mágico, socialista... O en cine, el neorrealismo italiano y el cinema verité... Y claro, el sucio o dirty realism, surgido en Estados Unidos hacia 1970, que en términos generales pretendió reducir la narración, esencialmente el relato corto, a sus términos esenciales y básicos. Tiene antecedentes en la obra de los norteamericanos O. Henry (1862-1910), Henry Miller (1991-1980) y J. D. Salinger (1919-2010), con su clásica novela El guardián entre el trigal, y se relaciona, además, con la llamada generación beat norteamericana.

Sus “padres fundadores” y máximos exponentes son los norteamericanos Charles Bucoswski (1920-1994) y Raymond Carver (1938-1988), aunque destacan, además, Jhon Fante (1909-1983), Richard Ford (1944) y Chuck Palahniuk (1962). La autenticidad de la obra de Charles Bucoswski, su estilo soez y desprejuiciado, y su condición de escritor maldito se evidencia en clásicos como La máquina de follar, Pulp, Cartero, Escritos de un viejo indecente, Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones. De la autoría de Raymond Carver son las obras: Catedral, Elefantes, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Ultramarino, entre otras.

Pero volvamos al caso que nos interesa: el realismo sucio insular, el animal urbano y social en Pedro Juan Gutiérrez: sus miradas a La Habana resquebrajada y, muchas veces, en penumbras. Pedro Juan publicó en 1998 su Trilogía sucia de La Habana (Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer y Sabor a mí), con la que atrajo la atención de la prensa y del público. Un editor de la experiencia y olfato de Jorge Herralde, director de la Editorial Anagrama, decidió publicar, en un mismo volumen, estas tres colecciones de cuentos de PJG.

Entre 1998 y 2003 publicó los cinco libros del llamado Ciclo de Centro Habana, además de Trilogía sucia de La Habana, lo conforman: El Rey de La Habana (1999), Animal tropical (2000), El insaciable hombre araña (2002) y Carne de perro (2003). Y las novelas policiales Nuestro GG en La Habana y El nido de la serpiente. Además, ha escrito los libros de poesía: Espléndidos peces plateados, La realidad rugiendo, Fuego contra los herejes, Yo y una lujuriosa negra vieja, Lulú la perdida y otros poemas de John Snake.

Según el ensayista cubano Jorge Fornet, en Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo al siglo XXI, publicado por la editorial Letras Cubanas, en 2007, “Gutiérrez llevó al límite el tipo de literatura que los nuevos escritores comenzaron a proponer desde finales de los ochenta. Su éxito, además, contribuyó a convertirlo en una especie de epítome de la literatura de esos años. Como sus jóvenes colegas, el autor creó una ciudad extraordinariamente similar a otras del continente, pero que usufructuaba el valor de su nombre”.

“Pero el hallazgo que Gutiérrez capitalizó —continúa Jorge Fornet— fue el de fijar su mirada en el escorzo de la ciudad; esencialmente en un barrio, de Centro Habana (...) no se trata de una pobreza cualquiera, que a fin de cuentas puede encontrarse en cualquier barrio de la urbe, sino en una imagen muy precisa de ella, es decir, la decadencia, porque Centro Habana fue en un momento de su historia un sitio opulento en el que habitaron las grandes fortunas del país. Su atractivo para la literatura (...) radica precisamente en que allí, en esos palacetes y grandes mansiones derruidas, se resume una historia de decadencia y caída. Es el sitio ideal para representar esa retórica de la demolición que se ha adueñado del imaginario nacional en los últimos años”.

Su “mundo literario” lo compone un inframundo urbano hecho de la peor miseria material y espiritual: su subsuelo hambreado, alcoholizado, promiscuo, drogado y violento conforman esa “retórica de la demolición” de la que hablaba Fornet; aunque ya antes, en la literatura cubana de la primera mitad del siglo XX, se había escrito sobre el lado más “oscuro” de la sociedad: basten Hombres sin mujer, novela de Carlos Montenegro, recientemente reeditada por Letras Cubanas, y algunos de los relatos de Lino Novás Calvo. Pero es en el realismo sucio de los años 90 donde las páginas se saturan –también en la obra de Pedro Juan– de jineteras y pingueros, proxenetas, vividores, pícaros, traficantes de todo lo traficable, borrachos, drogadictos, balseros, tipos agresivos y feroces, veteranos de la guerra en África, locos, expresidiarios, y también otros que, quizá en otras sociedades, no serían marginales, o al menos no tanto, como los travestis, las lesbianas, los enfermos de Sida, los santeros y practicantes de religiones afrocubanas.

En cuanto a lo formal, la prosa de Pedro Juan, por ejemplo Carne de Perro, publicada por Ediciones UNIÓN, en 2012, es sencilla, concisa, denotativa, casi minimalista –más que de Bukowski o de Henry Miller, en este aspecto podrían rastrearse algunas influencias de Raymond Carver–, y está compuesta por oraciones breves, sin floreos ni juegos con la sonoridad de las palabras, ni adjetivación sorprendente, ni audacias estilísticas de ninguna índole. El tono es en ocasiones irónico, nunca sentimental, a menudo neutro, frío, objetivo, que en ocasiones recuerda a novelas existencialistas, como El extranjero, de Albert Camus, y La náusea, de Jean Paul Sartre.

El tempo es rápido en las narraciones, aquí se advierte al periodista Pedro Juan Gutiérrez en una voz que intenta decir lo más posible en el espacio más reducido y que apenas emplea tiempos verbales compuestos en las subordinaciones. Quizá, por ejemplo, lo más afortunado en un libro como Carne de perro, en lo relativo a la forma, son los diálogos, por su verismo, su ritmo tan auténtico, su fidelidad a los detalles de la jerga popular habanera. Estos diálogos, además, llevan implícita una aceptación, muy sensata, de las convenciones del realismo. Lo que reproducen, o recrean, del habla popular habanera es el léxico y la sintaxis, no así la fonética, a diferencia, por ejemplo, del clásico Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.

Escribe Fornet: “En uno de los cuentos del primer libro de Gutiérrez (el cuento “Yo, revolcador de mierda”) describe en pocas líneas su poética. El texto se inicia al paso de un huracán que desde hace cuatro días antes azotaba el Caribe. En el trayecto del malecón a su habitación en una azotea, el protagonista recorre un panorama deprimente que él narra sin sobresaltos. Este entorno, junto con un cuento en el que viene pensando, le permite concluir su visión de la literatura:

“Lo mejor es la realidad. Al duro. Lo tomas tal como está en la calle. La agarras con las dos manos y la dejas caer sobre la página en blanco. Y ya. Es fácil, sin retoques. A veces es tan dura la realidad que la gente no te cree. [...] Ese es mi oficio: revolcador de mierda. A nadie le gusta. [...] El arte solo sirve para algo si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas y desespero”.

De la misma manera que el lector de los sesenta padecía el inevitable vértigo que lo inclinaba a reconocer a Cuba en la fórmula de la narrativa de la violencia, y que tantos engendros mal afortunados concibió entonces, el lector de los noventa tendía que identificar la realidad cubana en (o a través del prisma de) este llamado realismo sucio con todas sus peculiaridades; y sus protagonistas, cínicos, individualistas, practicantes del insular “sálvese quien pueda”, serían las encarnaciones de la nueva “moralidad cubana” de finales de siglo.

Gutiérrez recurre en su obra a las reglas básicas del pacto autobiográfico: un protagonista que narra en primera persona y que, además, se le acerca tanto biográficamente que puede apropiarse de su nombre. En Carne de perro, por ejemplo, el narrador es un periodista que trata de escribir una novela, ha tenido éxito editorial, visitado Europa y vive, además, en Centro Habana, cerca del malecón habanero... La estrategia contribuye a tejer la confusión entre verdad y ficción, entre personajes y autor real, aquello que el brasileño Rubem Fonseca (1925) nombrara el “síndrome de Zuckerman”, un fenómeno en virtud del cual los lectores identifican a determinados escritores con sus personajes.

Añade Fornet que “este recurso del realismo extremo, que volverá a aparecer de manera explícita en otros de sus libros, no como procedimiento estético, sino como fuente reveladora de la verdad, no deja de resultar ingenuo. (...) En verdad, el interés de Gutiérrez por las situaciones extremas corresponde a esa discutible ideología del modernismo (continuada en el posmodernismo) según la cual, nos recuerda Eagleton, es por medio de ellas que los seres humanos son más reveladores. (...) De modo que la obra de PJ se inserta en esa reiterada tradición”.

En Viejo loco, publicado por la Editorial Oriente, en 2014, Pedro Juan reúne quince cuentos, algunos inéditos y otros tomados de sus libros anteriores, donde, como se lee en las notas finales, “en cada una de las historias lo social surge del entorno físico y psicológico de los personajes, sin moralejas ni juicios preconcebidos”. Mientras en Carne de perro, la contraportada del libro nos adelanta y nos advierte que encontraremos “sexo, sordidez y develamiento de las zonas más oscuras de un entorno que el autor delimita en los años más difíciles del período especial, son el componente de estas historias (o historia) que poseen la virtud de ese estilo directo y un tanto desvergonzado con que el autor ha cimentado su oficio su marca de escritor. Este libro no dejará indiferente a los lectores ante las provocaciones de un singular y excelente escritor”.

Recientemente PJG publicó en Cuba El nido de la serpiente (Ediciones UNIÓN, 2016) y Animal tropical (Editorial Oriente, 2016). En estos libros, como en toda su obra, la palabra cruda es cruda realmente, sin artilugios ni cortapisas, y lo vulgar puede ser normal y cotidiano. Erotismo rozando a la pornografía, o pornografía rozando al erotismo. Sexo desmedido y brutal, palabras soeces. Gutiérrez sabe desprenderse de ciertas zonas manidas en nuestra literatura insular, no sin dejar de usarlas, como el período especial y su retahíla de prostitutas y balseros, que en otros casos podría resultar repetitiva y cansona; sin embargo, de ahí saca la levadura para cocer su literatura.

Pedro Juan se (re)construye como narrador-personaje en un mundo de marginados tristes y desarraigados, malvividos y perdedores, tan cubanos como él mismo, como su gente de Centro Habana. Todo resulta brutal pero vívido, aquello que le (nos) toca vivir cotidianamente: “Más que marginales o excéntricos, más que esos outsiders que no encuentran su espacio en el mundo, estos personajes son auténticos desperdicios humanos, detritus sociales que se mueven en espacios ruinosos, carcomidos por el tiempo, el abandono, los derrumbes y la mugre. La suya no es esa decadencia estetizada que capta el ojo de Wim Wenders en Buena Vista Social Club, sino la degradada; no la de la nostalgia, sino la del asco”, escribe finalmente Fornet en su libro.

En los cuentos publicados en La Gaceta de Cuba, “Instrucciones de Julio Cortázar para hacer bailar a una mosca” y “Encuentro de Gregorio Samsa y Max Brod en Praga”, PJG rinde homenaje a la estética de los escritores que influyeron en su obra, en este caso Cortázar y Kafka, pero sin abandonar su hálito característico.

Además, añade a manera de introducción de los relatos: “En algún momento, hace años, leía y releía la Autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein, y no resistí la tentación de escribir un texto breve, al modo autoritario, mandón y dictatorial de la señora Stein. Lo escribí. Describí los preparativos para una cena en la casa parisina de la Stein, en 1922. Y me divertí con aquel juego. Después hice un texto al modo de Borges, otro a lo Norman Mailer. Y así seguí con relecturas y reescrituras. Ya tengo un libro de unas doscientas páginas. Se ha construido solo, jugando, sin pretensiones. No aspiro a nada. Solo a jugar. Otros escritores lo han hecho antes. Recuerdo las versiones de la muerte de Trotski escritas por Cabrera Infante al modo de diversos escritores. Es genial. Estos dos textos (Cortázar y Kafka) son especialmente importantes para mí porque son dos escritores que me influyen siempre. Y me influyen demasiado. Es un adelanto del librito de reescrituras que ya está intentando caer en las manos de un editor y darme la espalda, como debe ser”.

Esperemos, entonces, esas reescrituras que adelanta el irreverente Pedro Juan Gutiérrez y otras obras suyas, parte de un delirante universo de narraciones que ha llegado a suplantar al real: las perversiones, imaginarias o reales, nunca sabremos, de un animal urbano en Centro Habana.