Raros y valiosos

Raros y valiosos

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Músicos, Leo Brouwer, Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís
  • Roberta Rust, pianista de sobrados méritos. Foto: Cortesía del autor.
    Roberta Rust, pianista de sobrados méritos. Foto: Cortesía del autor.

No es frecuente en nuestro medio que los programas de música de concierto incluyan obras de autores de Estados Unidos.

Asoman de cuando en vez Leonard Bernstein, George Gershwin (1898-­1937) y si acaso Aa­­ron Copland (1900-1990) y el Ada­gio, de Samuel Barber (1910-1981). Otras presencias resultan es­po­rá­di­cas. De ahí que cuando el conservatorio de la Universidad Lynn, de la Florida, concretó un intercambio pro­­fesional con el maestro Leo Brou­wer, este propusiera dedicar una sesión en La Habana a difundir la huella de algunos de los más prominentes com­­positores estadounidenses del siglo pasado. Copland y Ger­shwin en el programa, pero  también John Ca­ge (1912-1992), Robert Sta­rer (1924-­­2001), George Rochberg (1918-2005), Robert Ward (1917-­2013) y John Co­ri­­gliano (1948); más dos singularidades; un mulato británico, Samuel Coleridge Taylor (1875-1922) que se inspiró en la impronta afronorteamericana y un clásico de la música popular, Errol Garner (1923-977).

Leo avanzó para el concierto, ofrecido en la Basílica Menor de San Francisco, un título a la medida: North American rarities (Rarezas norteamericanas). Música de cámara de al­tísima calidad interpretada por artistas al nivel de la música.

El cello ocupó buena parte del festín sonoro: Manuel Capote develó al público en Fancy on a Bach Air (1996) cómo Corigliano recrea un tema de quien fuera piedra angular de la es­cuela barroca alemana, mientras Da­vid Cole, en compañía de la pianista Sheng Yuan Kuan, nos puso en la pista de una pasión a punto de desbordarse, encauzada por el joven Barber en su Sonata en Do menor op. 6 (1932).

Pero en el centro de la entrega camerística, también con el respaldo de Sheng Yuan Kuan, estuvo la violinista Carol Cole, experimentada pe­dagoga e intérprete que ha colaborado con grandes artistas de nuestro tiempo como los pianistas Rudolf y Peter Serkin y sus colegas Isaac Stern y Yehudi Men­uhin y ha trabajado bajo las órdenes de Riccardo Mutti, Claudio Abbado, Daniel Barenboim, Pierre Boulez y Neville Mariner.

Al ejecutar Appalachian ditties y danzas para violín y piano (1991), la Cole puso por primera vez en conocimiento de un auditorio cubano una de las más reconocidas piezas de la producción tardía de Ward, en la que, más que la cita folclórica, emerge la vitalidad de una región cultural (la de la parte sur de la cordillera que recorre el este de la nación) conformada por los aportes de galeses, irlandeses y escoceses que desde los albores del siglo XVIII hasta las primeras décadas de la pasada centuria fomentaron estilos musicales muy particulares.

En la misma línea de mostrar cuánto le deben los clásicos norteamericanos a la cultura popular, la Cole interpretó Deep river, de la serie 24 melodías negras, de Coleridge Taylor, basada en un negro spiritual que impresionó al músico inglés cuyo padre provenía de Sierra Leona; Hoe down, de Copland; y, fuera de programa, la virtuosa Banjo y fiddle, de William Kroll (1901–1980).

La velada se completó con una solista convincente por su inteligencia y recursos técnicos, la pianista Ro­berta Rust. Descendiente de po­bla­dores originarios de Nortea­mé­rica, esta tejana posee un amplio rango comprensivo del pianismo de nuestra época.

Hay que escuchar su sentido del ritmo y el color en Cinco preludios, de Starer; el toque distintivo que le im­primió a Blues, de la suite Car­ni­val mu­sic, de Rochberg, y la tamizada at­mósfera y precisa articulación con que ejecutó una de las obras maestras de John Cage, In a landscape. De Cage compartió asimismo la inefable 4’33’ (1952), absolutización del silencio co­mo valor musical que coincidió mágicamente con el co­mien­zo de un pertinaz aguacero en La Habana Vieja.

Ni mandado a pedir por Cage. Al estrenarse 4’33’, el compositor, ante el desconcierto del auditorio, dijo; “No entendieron su objetivo. No existe eso llamado silencio, porque no sabían cómo escuchar, estaba lleno de sonidos accidentales. Podías oír el viento golpeando fuera durante el primer movimiento. Durante el se­gundo, gotas de lluvia comenzaron a golpetear sobre el techo, y du­rante el tercero la propia gente hacía todo tipo de sonidos interesantes a medida que hablaban o salían”.

Pero la Rust nos hizo saber, además, que la vanguardia de su  país no habita solo en estancias experimentales, sino también en la médula de la genuina expresión popular. Cómo no gozar al Gershwin de Tres preludios y The man I Love, o al Garner de la ine­fable Misty. En todos los dominios, la Rust estuvo impecable.

Tomado de Granma