Sarduy nos dejó su foresta a plumilla

Sarduy nos dejó su foresta a plumilla

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  • Fue un maestro en la doble acepción de quien hizo y dejó una obra plástica impresionante, auténtica y extendida. Foto del autor
    Fue un maestro en la doble acepción de quien hizo y dejó una obra plástica impresionante, auténtica y extendida. Foto del autor

Hace pocos días falleció a los 88 años en Santa Clara, su ciudad natal, Arnaldo Sarduy Guedes, uno de los auténticos maestros de las artes plásticas de la región central de Cuba.

Fue un maestro en la doble acepción de quien hizo y dejó una obra plástica impresionante, auténtica y extendida y quien además fue un riguroso  y fructífero formador de varias generaciones  en la Academia Leopoldo Romañach, de la que él fue fundador. Allí enseño artes plásticas pero con su ejemplo también educó en la ética y la sencillez dos valores que lo caracterizaron siempre.

Quiso el azar que muriera el 14 de febrero, Día del Amor, alguien que amó tanto en su vida, no solo a sus familiares y amigos, sino al arte al que le dedicó su vida en la que siempre se declaró un martiano y fidelista convencido.

Sarduy, como le llamaban, fue siempre un artista callado y profundo, grabador y pintor tremendo y también un dibujante excepcional, que nos legó un paisaje cubano recreado desde la difícil técnica de la plumilla que dejaba, deja, admirado a todos.

No se pueda hablar de Sarduy sin mencionar a la también extraordinaria artista y profesora Adela María Suarez, su viuda, quien fue primero su alumna y después, por más de 40 años, su compañera en la vida y en muchos proyectos artísticos que han dejado huellas en las artes plásticas de la región central cubana porque tienen alumnos: lo mismo en Villa Clara, que en Cienfuegos, Sancti Spiritus y Ciego de Ávila.

Con toda esa rica y larga trayectoria nunca Sarduy se creyó lo que realmente era: una personalidad de las artes plásticas cubanas. Andaba por ahí trabajando y enseñando con una modestia tremenda.

Si algo duele, ahora que no lo tenemos físicamente, es que Villa Clara no le otorgó la Distinción Zarapico que es la más alta condecoración cultural de la provincia, ni tampoco le dieron la Distinción por la Cultura Nacional, reconocimientos ambos que mereció con creces. Muchos dirán que era por su sencillez pero hay olvidos que dañan.

Quedan como consuelo las cientos de personas que asistieron a su sepelio  porque lo admiraban, entre ellos decenas de jóvenes alumnos y, sobre todo, queda su doble magisterio, el de los trazos, colores y plumilla y el del talento que ayudó a germinar desde la sabiduría del artista y la valía del ser humano.