Sin olvido, crímenes en La Higuera

Sin olvido, crímenes en La Higuera

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  • Che, su ejemplo vive en obra de buena voluntad.
    Che, su ejemplo vive en obra de buena voluntad.

El crimen es cobarde.
 José Martí.

El 9 de octubre de 1967, hace exactamente 48 años, el comandante Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967), fue víctima de un vil asesinato, en la escuelita pública de La Higuera, en la intrincada selva boliviana, donde operaba la guerrilla que a sus órdenes, combatía a la oprobiosa dictadura militar prevaleciente en la hermana nación suramericana.

Para evocar dignamente esa efeméride, les ofrezco a los lectores la reseña que le hiciera al libro Sin olvido crímenes en La Higuera, de los historiadores e investigadores Adys Cupull y Froilán González. Ese volumen fue publicado por la Editora Política, y presentado en nuestro archipiélago, así como en otros países de la América continental. 

Ese texto, escrito con apego a la verdad histórica y afecto entrañable a la legendaria figura del Guerrillero Heroico se sustenta en una exhaustiva pesquisa histórica y periodística que duró varios años. Y se estructura en una serie de valiosísimos testimonios obtenidos mediante entrevistas a militares, intelectuales, profesionales de la prensa, médicos forenses, sacerdotes y ciudadanos bolivianos.

Personas pertenecientes a los más disímiles estratos sociales, que estuvieron implicados —de una u otra forma— en los hechos que culminaron con la ejecución a sangre fría del mítico combatiente argentino-cubano, y que, en una primera indagación efectuada in situ por los también escritores y periodistas, se negaron a revelar su verdadera identidad.

¿Por qué razón? Sencillamente, porque sobre ellos pesaba la “ley del silencio” (al estilo de la mafia siciliana), ya que la orden de eliminar al Che salió de la Casa Blanca ¿De dónde, si no?

Esa orden, recibida a través de los agentes de la CIA radicados en la nación andina, se transmitió al general René Barrientos (1919-1969) y a un selecto grupo de oficiales, para que se cumpliera sin excusa ni pretexto. Lo que ignoraban, tanto en Washington, como en el cuartel boliviano de la CIA y en la cúpula militar gobernante, era que ese monstruoso crimen le abriría la puerta ancha de la historia, y por ende de la inmortalidad, al héroe de la batalla de Santa Clara.

Ahora bien, los entrevistados accedieron a revelar sus nombres, direcciones, profesiones y demás datos generales que permiten su identificación, ya que esa página sangrienta en los anales de la historia del hermano país suramericano quedó sepultada para siempre.

En las páginas de esa obra se muestra el dossier de los asesinos directos e indirectos del Che: el sargento del ejército boliviano Mario Terán, quien fuera el ejecutor material. Los cubano-americanos Félix Rodríguez, cuya orden fue “(…) que debía dispararle por debajo del cuello, porque tenía que parecer muerto en combate (…)”, Julio Gabriel García, quien le mutiló las manos al cadáver, y Gustavo Villoldo Sampera, quien maltrató de obra y de palabra al revolucionario herido, lo despojó de muchas de sus pertenencias personales, que cuatro décadas después subastó en Miami, capital de la mafia terrorista anticubana.

Los agentes de la CIA (el poder oculto), consideraban intelectualmente inferiores a los bolivianos, así como al resto de los hijos de Nuestra América. Actitud prepotente, que el Apóstol recoge en una de sus frases antológicas: “(…) solo desdeña a los demás quien en el conocimiento de sí halla razón para desdeñarse a sí mismo.”

Con apoyo en fuentes documentales y en informes aportados por los legítimos protagonistas de Sin olvido…, se demuestra la autenticidad de los restos del invicto Comandante de América. Desde 1997, duermen, el martiano sueño de los justos, en el monumento escultórico erigido en su honor en la indómita ciudad de Santa Clara.