Sindo, en las entrañas de la trova

Sindo, en las entrañas de la trova

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Músicos, Homenaje, Aniversario
  • Sindo Garay.
    Sindo Garay.

Tenía 101 años al morir, en 1968, el centenario Antonio Gumersindo Garay y García, conocido en el mundo artístico de su patria y del planeta como Sindo Garay, cuyo aniversario 150 de nacido conmemoramos este 12 de abril.

Dejó para la posteridad más de 600 obras y un aporte indeleble a la trova nacional.

La cancionera e investigadora Marta Valdés escribió de su figura: “Es difícil pensar en Sindo sin adentrarse en los dominios del mito. No hay mejor forma de corresponderle, que compartir ese vuelo que él emprendió en cada acto de creación. Sindo ha sido la fuente, el mito necesario”.

Y ese mito comenzó a cocinarse desde bien pronto. De niño fue enlace en la tropa de José Maceo, el León de Oriente; y tuvo el honor de estrecharle la mano a José Martí, en Dajabón —en medio del exilio dominicano—, muy poco antes de su caída en Dos Ríos. En su repertorio incluyó el poema-canción Semblanza de Martí, realizado a partir del recuerdo de aquel encuentro.

Analfabeto, ciertas fuentes sostienen que aprendió a leer en las etiquetas de las botellas de aguardiente de los bares santiagueros; otras, que en los carteles publicitarios.

Su infancia estuvo indisolublemente conectada a la trova, a las tertulias hogareñas al compás de tonadas, a la presencia habitual en su casa de ese maestro de la música cubana llamado Pepe Sánchez, “…Pepe fue un gran cantautor y cubanizó la canción. Tiene que figurar como precursor de la trova cubana. Él fue el único maestro que tuve en mi vida. ¡Lo digo yo: Sindo Garay”, expresó. En fin, la afición por la música la adquirió de tanto escucharla a su vera. Aprendió a apreciarla de tal manera, que no le hizo falta academia alguna a este dotado autodidacta para reconocer sus artes, misterios, revelaciones; también sus trucos, sus esquemas…

Su mítica y extensa trayectoria vital lo vio acercarse a la mar de oficios, y a pasajeras —o perdurables— labores. Actor, payaso, maromero de circo, nadador, tabaquero, trapecista, estos y otros muchos Sindo subyacen bajo el principal de ellos: el gran músico, tan proclive a la bohemia, “en virtud de la cual fue desgranando por los pueblos y ciudades del país incontables composiciones, muchas de las cuales quedaron registradas en discos por él mismo y sus hijos (…), y son hoy parte de lo mejor del repertorio de cantantes de ahora, aunque otras muchas ya se nos hayan quedado fuera de la memoria”, como indicara el crítico e investigador Vladimir Zamora en su ensayo Sindo, el mito necesario.

Desde finales del siglo XIX, viajó por diversos países de la región, y a comienzos del XX lo hizo por Europa. Para 1906 se asentó definitivamente en La Habana. Garay, al paso de los años y de la adquisición de experiencias y sensibilidad autoral, se convirtió en un excepcional compositor que, por si fuera poco, también era una excelente voz segunda y poseía singular impronta en su estilo de acompañamiento con la guitarra.

El maestro Vicente González-Rubiera asevera en el texto Sindo Garay: memorias de un trovador, de la autoría de Carmela de León (Letras Cubanas, 1990), que “(…) siempre lo vi actuar como guitarrista acompañante y segunda voz. No poseía una voz de barítono bien timbrada, como pude apreciar en otros trovadores de aquella época, catalogados como segundos, pero las evoluciones que inventaba para armonizar la voz prima, eran de tal magnitud y belleza, que todos sus compañeros lo calificaron como el más grande segundo que ha tenido la trova tradicional en todos los tiempos”.

Federico García Lorca le acuñó un epíteto que quedaría conectado a sí para siempre: “el gran faraón de Cuba”.

Su trabajo constituyó un fiel espejo de los más acendrados resortes de la cubanía, visto ello en textos que imantan por su acercamiento a las raíces patrias, su descripción de nuestros paisajes, el país que lo vio nacer y crecer, sus leyendas, bellas mujeres, los intensos amores que se sucedieron y suceden bajo su sol crujiente.

Una de las tantas muestras de la pasión por las esencias que profesaba este hombre es que puso a sus hijos nombres indocubanos como Guarina, Guarionex y Hatuey. Mujer bayamesa, Amargas verdades, La tarde, Retorna, Perla Marina, La Baracoesa, Guarina o Tormento fiero representan tan solo algunas de las tantísimas piezas imperecederas suscritas por el creador, en las cuales trasunta afectos tales.

Quizá, a la altura de la contemporaneidad, algunas de sus letras puedan verse como extemporáneas, demodé, incluso hasta cursis, según la apreciación del cinismo posmoderno; pero lo cierto es que existen momentos de majestuosidad sentimental, estampidas de emociones, galopes sentimentales en no pocos de sus bellísimos textos.

En su inmortal La tarde, por ejemplo, concilia líneas tan hermosa como las que siguen: La luz que en tus ojos arde/ si los abres amanece,/ cuando los cierras parece/ que va muriendo la tarde;/ cuando los cierras parece/que va muriendo la tarde.

El estudioso Joaquín Ordoqui García consideró que “lo mejor de todo es que (…), a pesar de moverse casi siempre alrededor de los motivos convencionales del romanticismo tardío o del modernismo inherentes a casi todo nuestro cancionero trovadoresco —ojos verdes profundos como el mar, alma sufriente, etcétera—, se las arreglaba casi siempre para convertir lugares comunes en asombrosos. En los intersticios entre las intenciones y el verbo se esconde la poesía. Muchos la buscan sin encontrarla; otros, la encuentran sin buscarla. Sindo Garay la hacía aparecer desde los lugares más inesperados”.