Tres trovadores en un mismo patio

Tres trovadores en un mismo patio

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Músicos, trova, UNEAC, Ciego de Ávila
  • La trova es el tipo de género que llega al público. Foto: Vasily M. P.
    La trova es el tipo de género que llega al público. Foto: Vasily M. P.
  • La trova es el tipo de género que llega al público. Foto: Vasily M. P.
    La trova es el tipo de género que llega al público. Foto: Vasily M. P.
  • La trova es el tipo de género que llega al público. Foto: Vasily M. P.
    La trova es el tipo de género que llega al público. Foto: Vasily M. P.
  • La trova es el tipo de género que llega al público. Foto: Vasily M. P.
    La trova es el tipo de género que llega al público. Foto: Vasily M. P.

Noche de viernes en el penúltimo mes de un 2015 que ha traído muchas sorpresas. El suceso ocurre en la ciudad de los portales donde se presentan tres trovadores que celebran 20 años de vida artística: Ihosvany Bernal, Samuel Águila y Diego Cano.

En el programa de gira nacional por gran parte de nuestro territorio nacional, estos trovadores amenizan distintas plazas y deleitan al público con sus canciones. Se adentran en el panorama cultural de esos lugares e inundan con su poesía musical cada recoveco.

Algo por el estilo es lo que hacen en esta noche de noviembre 13 desde el patio de la UNEAC avileña. Quiebran angustias, deshollinan enemistades, abren las puertas de la imaginación e irrumpen en cada coraza que sostiene vivencias y emociones. La trova es el tipo de canción que se hace para llegar a la gente. Y cuando es legítima, lo consigue.

Es el caso de estos cantautores que con tres maneras diferentes de hacer canción, de interpretar la guitarra y de cargar la voz, se unen en un concierto que brilla por originalidad, fuerza dramática y coherencia grupal. Resulta una de las pocas oportunidades que he tenido de presenciar un espectáculo trovadoresco con gracia y jovialidad, con sentido de la dramaturgia y un crescendo argumental que concluye en una ovación ya inevitable.

Todo concuerda. La calidad de las canciones, el orden y la secuencia con la que los trovadores salen a escena, la unión entre ellos mismos y, por sobre todas las cosas, la calidad musical de cada uno. Esto último aviva el interés, atrapa, consuela, permite relajarse para disfrutar de cada texto y de cada melodía.

Así la noche se escapa desde la garganta de Ihosvany Bernal con una canción a trío, que recorre las calles de La Habana y soporta el peso de su cultura, arquitectura y manera de ver la vida que es muy distinta —a pesar mío— del resto del país.

Tres voces que se unieron a la perfección y dieron con el tono exacto, además la calidad en cada melodía, permite que se interpreten como mejor ha de hacerse, desde el alma y a camisa quitada. Aún en los textos duros de Samuel Águila (La Habana 1974) como en Todo cae, el lirismo que transmite ahoga toda crítica para volverla reclamo.

Lo contrario ocurre en Diego Cano (Cayo Hueso, La Habana, 1970) quien posee maestría para usar a fondo su herramienta principal: la voz, y hace gala de los recursos y la técnica como matices, dinámicas, aire, entre otros. Por lo que podemos escuchar textos muy delicados, pero con una fiereza que raya en la estridencia.

 ¿Así es el alma de este trovador? Todo el arte se parece a nosotros.

Esto se traduce en altas y bajas en la cadencia interpretativa de la canción. Momentos de apenas susurrar melodías, acto seguido para caer en un tono más intimista y así ir pasando de estado en estado. Con gusto, viene la gracia y el carisma. Y es que Diego Cano ya tiene años de experiencia. Sabe hacer lo que quiere con su voz y con su lira. Domina sus debilidades y permite que la canción vuele con luz propia, como todo trovador inteligente sabe hacer.

La lírica de Ihosvany Bernal es otra cosa. Si bien se diferencia de los otros en humanidad, delicadeza, en lirismo, no es menos cierto que sus melodías giran en torno a la conversación a la manera de Vicente Feliú, de Noel Nicola y de aquellas conversacionales de Silvio Rodríguez de quien bebe todo, a mi juicio.

Sabe dibujar lo que vive, lo que sueña, aquello que aún está por suceder o que no tiene sustento. Es un poeta también con sabor coloquial. Y domina las seis cuerdas a la que le saca partido para agradar a quien lo escucha, como a nosotros en esta noche del penúltimo mes.

Pero Ihosvany Bernal tiene algo que lo hace destacarse entre todos los trovadores de su generación bombardeada por la influencia de Silvio, y es que su canción pareciera como mecánica, con menos asidero en el alma. No es que no sea sufrida, no creo que exista una obra artística que no deje de serlo, si no que le falta, a mi entender, la belleza, esa “triste” que para Edgar Allan Poe y muchos otros significaba tanto.

Es algo demoniaco, lo sé, pero supongo que lo triste es sinónimo de belleza, o que hay belleza en lo triste. Es como un mal necesario en toda canción de autor. Aunque sí existe melancolía en el tono de voz, en la manera de respirar entre frases, en el sonido que sale de pulsar las seis cuerdas. Y es todo a la manera de Ihosvany Bernal quien, como todo humano, ha sufrido y ha vivido.

Una noche de lujo que por desgracia no se hace acompañar por más trovadictos. El patio de la UNEAC avileña aguardaba a tantos y tantos… Si llega a faltar uno más no cabe, como escribió Macedonio Fernández. Y eso es asignatura que sigue pendiente. Quizás sea necesario un cambio de alma para que esa mayoría de artistas avileños de vanguardia acudan a su escenario y disfruten de momentos únicos como este.

La trova vive y con ella la identidad cubana, ese vino que somos y que desborda todas las copas.